El intruso de mediodía

El amor de abuelo

La reja del colegio tenía ese color verde industrial que el ayuntamiento reserva para las jaulas y los parques públicos. Para Ernesto, sin embargo, era la frontera de un país al que le habían revocado el visado.

Eran las dos menos diez del mediodía. El sol caía vertical, sin clemencia, pero Ernesto se colocó en su esquina habitual, lejos del grupo principal de padres que esperaban ansiosos la hora de comer, camuflado tras la sombra densa y ancha de una morera. Llevaba las manos en los bolsillos de la gabardina, apretando con la mano derecha un pequeño huevo de chocolate envuelto en papel brillante. Sabía que probablemente volvería a casa con él, derretido por el calor de su propia ansiedad, pero llevarlo era su única forma de ejercer de abuelo en la clandestinidad.

Ernesto no era un visitante cualquiera. Él había calentado los biberones de esa niña. Él le había enseñado a caminar en el pasillo de su casa mientras su hija —la madre, la ahora jueza y verdugo— trabajaba turnos dobles en el hospital. Él había sido el padre, la madre y el refugio durante cinco años. Pero luego llegó el divorcio, esa guillotina moderna. Y Ernesto cometió el imperdonable crimen de no odiar a su yerno.

—Si no estás contra él, estás contra mí —había sentenciado su hija, con la lógica implacable de los heridos de guerra.

Y así, Ernesto pasó de ser el patriarca a ser el traidor. La condena: el exilio.

Sonó la sirena de las dos. El estruendo de trescientos niños liberados hacia el almuerzo rompió la calma chicha de la hora punta. Ernesto estiró el cuello, buscando entre la marea de uniformes y mochilas de ruedas. El corazón le golpeaba las costillas con la fuerza de un martillo viejo pero constante.

—Ahí está —susurró.

Alba salió la última, arrastrando los pies, pequeña y frágil bajo el peso de una mochila rosa. Buscó con la mirada. No buscaba a su madre; buscaba la sombra protectora de la morera.

Sus ojos se encontraron.

En ese instante, el tiempo se detuvo con una crueldad cinematográfica. Ernesto vio cómo la cara de su nieta se iluminaba con esa alegría pura, biológica, que no sabe de rencores adultos. Alba dio un paso para correr hacia él, impulsada por el instinto de cinco años de amor acumulado.

Pero entonces, se frenó en seco.

Ernesto vio el cambio bajo la luz cruda del mediodía. Fue un detalle minúsculo, una observación terrible: la niña miró hacia atrás, hacia la puerta, hacia el coche de su madre que estaba en doble fila con el motor en marcha. En los ojos de Alba, de siete años, no había solo amor; había miedo. El cálculo rápido de las consecuencias. Si voy, mamá se enfada. Si lo abrazo, habrá gritos en la comida.

Es la mayor injusticia de la naturaleza: obligar a un niño a ser diplomático en la guerra de sus mayores.

Aprovechando que la madre miraba el móvil dentro del coche, Alba corrió. Fue una carrera corta, furtiva, como la de un preso que roba un momento de sol. Llegó hasta Ernesto y se abrazó a sus piernas, hundiendo la cara en la gabardina que olía a tabaco de pipa y a seguridad.

—Abuelo… —susurró ella, rápido, urgente.

Ernesto posó su mano grande y manchada por la edad sobre la cabeza de la niña. Acarició su pelo fino. Quiso decirle que la quería, que no era culpa suya, que el huevo de chocolate estaba en su bolsillo. Pero no había tiempo.

—Vete, mi vida —dijo Ernesto, con la voz rota, empujándola suavemente lejos de él—. Que te ven. Corre a comer.

Alba se separó. Le lanzó una última mirada, una mezcla de disculpa y adoración, y corrió de vuelta hacia la fila justo cuando su madre bajaba la ventanilla para llamarla, ciega a la tragedia que acababa de ocurrir a tres metros de distancia.

Ernesto se dio la vuelta antes de que su hija pudiera verlo, para evitarle el castigo a la niña. Caminó calle abajo, solo, bajo el sol implacable de las dos de la tarde, sintiendo cómo el huevo de chocolate se deshacía en su bolsillo, pegajoso e inútil.

Era martes. Faltaban siete días para volver a mendigar un abrazo. Y mientras se alejaba, Ernesto pensó que las guerras mundiales terminan con tratados de paz, pero las guerras familiares no terminan nunca; simplemente se heredan. Y Alba, su pequeña Alba, ya estaba pagando las reparaciones de guerra.

Antonio Capel Riera