
En más de cuarenta años de profesión aprendí que el calendario no solo sirve para contar días. También avisa. Hay fechas que llegan con la puntualidad de un viejo enemigo, sin necesidad de cita previa. Una de ellas, invariable, es el día después de Nochebuena.
Durante meses el consultorio permanece casi en silencio. Pacientes invisibles, diabéticos discretos, hipertensos de perfil bajo, colesteroles que se hacen los dormidos. No molestan. No preguntan. No vienen. Uno podría pensar que han mejorado, que la medicina ha hecho su trabajo o que, milagrosamente, el cuerpo humano ha decidido portarse bien.
Pero llega diciembre. Y con él, la mesa.
Ese día el centro de salud se llena como si regalaran algo. Caras conocidas reaparecen con la misma naturalidad con la que reaparecen los villancicos en los supermercados. Vienen doloridos, mareados, hinchados, asustados. El cuerpo ha hablado de golpe, sin diplomacia, después de haber sido sometido a una ofensiva que ni en los peores asedios medievales.
La causa es siempre la misma. El exceso. Exceso de comida, de azúcar, de grasa, de sal, de alcohol. Y a eso se suma otro detalle que muchos prefieren ignorar: los alimentos ya no son lo que eran. Todo está procesado, ultraprocesado, barnizado de química amable y promesas falsas. Una bomba de relojería envuelta en papel de regalo.
Lo curioso no es que les ocurra. Lo inquietante es que lo saben.
Lo saben cuando se les explica durante el año.
Lo saben cuando se les advierte antes de diciembre.
Lo saben incluso en la mesa, cuando alguien —una esposa, un hijo, un amigo con algo de conciencia— les dice que se están pasando, que van a explotar, como si el cuerpo fuera un petardo chino y no un mecanismo delicado con memoria larga.
Y aun así, con el tenedor en alto y la dignidad en retirada, responden:
—Dame un trozo más y apártate.
Ahí aparece el matiz humano que tanto desconcierta. No es ignorancia. Es desafío. Una forma rudimentaria de rebeldía: comer como si el cuerpo no pasara factura, como si el tiempo no existiera, como si la biología fuera una opinión discutible.
Tal vez no han comido así nunca.
Tal vez sí, pero ahora lo hacen con más ganas.
Tal vez es gratis, abundante y nadie quiere ser el primero en decir basta.
O tal vez —y esto es lo más probable— prefieren pagar mañana lo que hoy les hace sentirse vivos.
Al día siguiente, cuando cruzan la puerta del consultorio, ya no hay bravatas. El cuerpo ha hablado con la claridad que solo tiene cuando se cansa de ser ignorado. Entonces escuchan. Preguntan. Prometen.
Yo los atiendo. Con oficio, con paciencia, con la ironía justa para no perder la ternura ni el respeto. Porque sé que volverán a desaparecer durante meses, hasta que el calendario vuelva a señalar la fecha.
La bomba siempre explota el mismo día.
Y aun así, cada año, nos pilla a todos como si fuera la primera vez.
Vivir para ver.