La aristocracia del macuto

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En aquellos tiempos, la patria no era una opción. La mili llegaba como una obligación que interrumpía la vida de cualquier joven, dejaba la universidad en suspenso y ponía los noviazgos a prueba.

Al cruzar el portón del cuartel dejábamos de ser personas para convertirnos en números. El primer gesto era el rapado: el pelo caía al suelo y con él una parte de la identidad. Vestidos de caqui, iguales unos a otros, aprendíamos pronto la disciplina más universal del ejército: limpiar. No había fregonas. Se limpiaba de rodillas, con bayeta, recorriendo el suelo del barracón como quien cumple una penitencia antigua. Y si la suerte no acompañaba, aparecía un cabo con vocación de verdugo que te mandaba a provisiones: la cocina, donde pelar patatas para cuatrocientos soldados te hacía perder cualquier resto de épica.

Pero incluso en aquel purgatorio existía una jerarquía secreta. Una casta superior a la que todos aspiraban: ser ordenanza.

El ordenanza era el aristócrata del cuartel. Su uniforme parecía pesar menos. Mientras otros corrían o fregaban, él tenía una misión especial, discreta y privilegiada: acompañar a la mujer del oficial cuando iba a hacer la compra.

Aquellas mañanas se me quedaron grabadas. La escena era siempre la misma. Ella caminaba delante, segura, elegante, dejando tras de sí un rastro de perfume que borraba el olor a rancho. Yo iba detrás, dos pasos más atrás, cargando el macuto o las bolsas de red —los carritos aún no habían llegado—, convertido en un soldado obediente, pero afortunado.

Era la mejor mili posible: una guardia al mes y paseos diarios por la plaza de abastos, lejos de los gritos y las carreras. Pero había algo más que todos comentábamos en voz baja.

Las mujeres de los oficiales eran guapas. No especialmente guapas: guapas de verdad. Entre la tropa circulaba una teoría medio en broma, medio en serio, que atribuíamos a antiguas ordenanzas militares. Decíamos que la mujer del superior tenía que ser siempre más atractiva que la del subalterno.

¿El motivo? Evitar tentaciones peligrosas para la cadena de mando. Que a ningún oficial se le ocurriera mandar a un subordinado quince días de maniobras solo para quedarse con la pista libre.

Así, caminando dos pasos por detrás, cargando tomates y carne, yo sentía que participaba de un orden antiguo y eficaz. Ella representaba el poder protegido; yo, la obediencia silenciosa. Y mientras mis compañeros se dejaban las rodillas en el suelo del cuartel, yo sonreía por dentro, consciente de que, en la extraña lotería de la mili, me había tocado un premio modesto pero real: ser, durante un año, el escudero de la reina.