
Era su primera guardia como MIR, un bautismo de fuego en aquel hospital comarcal que se alzaba en el páramo como un transatlántico varado. El edificio olía a lejía y a cansancio antiguo. La jerarquía se respetaba como una religión: el médico adjunto, divinidad ausente, dormía en su habitación mientras los residentes gestionaban la noche con el miedo de quien camina sobre hielo fino.
Existía una ley no escrita que todo novato aprendía pronto: no despertar al adjunto. Hacerlo era admitir torpeza. Un descrédito que te perseguía al café de la mañana.
Pero había algo peor.
Firmar un óbito de madrugada.
Nadie quería lidiar con la burocracia de la muerte cuando el cuerpo pedía tregua, ni soportar la mirada de las enfermeras, veteranas curtidas, que medían al médico por su capacidad para mantener un corazón latiendo hasta el cambio de turno.
—En mi guardia no se muere nadie —repetían algunos, mitad plegaria, mitad soberbia.
En la habitación 304, sin embargo, la estadística llevaba días desafiando a la biología. Lo llamaban el Inmortal. Llevaba más de una semana agonizando. Decían que era pastor, un hombre solo, sin familia, salvo un perro que lo esperaba cada noche en la puerta de Urgencias con una fidelidad que conmovía a las limpiadoras y exasperaba a los celadores.
En la cafetería, bajo la luz mortecina de los fluorescentes, los residentes apostaban cafés y guardias sobre cuándo acabaría todo. La muerte, vista desde la juventud y la bata blanca, se vuelve una idea lejana, casi inofensiva.
Aquella noche le tocó a Julián, el más altivo de la promoción.
—Tengo ganas de conocer al Inmortal —dijo, removiendo el azúcar—. A mí no me va a fastidiar la estadística.
—Le hemos puesto de todo —respondió otro, entre risas—. No sé qué más puedes hacer.
La madrugada avanzó espesa. A las cuatro, el teléfono sonó con ese timbre que nunca anuncia nada bueno.
—Doctor… el Inmortal se apaga —dijo la enfermera, con cansancio mal disimulado—. A ver quién lo amortaja a estas horas.
Julián recorrió el pasillo con una seguridad impostada. Estaba convencido de que la medicina era cuestión de voluntad: una orden más, un fármaco más, y el caos obedecería.
Al entrar, el aire estaba viciado. El anciano yacía entre las sábanas, enjuto, con la nariz afilada y los ojos hundidos. Al verlo, algo cambió en su expresión. Una lucidez final, breve y serena, iluminó su mirada.
El viejo alzó la mano.
—Ahora ya puedo irme… dame un abrazo, hijo mío.
Julián se quedó inmóvil.
La arrogancia se le derrumbó sin ruido.
La enfermera detuvo el carro y los miró a ambos.
—No sabíamos… —susurró—. No sabíamos que era su padre.
Julián quiso decir algo. Negar. Explicar. Pero no encontró palabras. El anciano sonrió, una mueca de paz definitiva, y murió con los brazos abiertos, esperando un contacto que no llegó.
Julián permaneció quieto, como esculpido en mármol.
Frente a él, el cadáver conservaba el gesto del abrazo.
Fuera, en la noche helada, el perro dejó de aullar.