
En aquel hospital público, donde el olor a lejía peleaba cada día contra el olor viejo de la enfermedad, los médicos se dividían en dos tipos: los que llegaban corriendo… y los que ya estaban allí cuando los demás llegábamos.
Don Julián era de los segundos.
Nunca le vi correr por los pasillos de baldosas verdes. Nunca le vi sudar.
Simplemente estaba.
Su especialidad no era clínica.
Era el tiempo.
Vivía cinco minutos antes que el resto del mundo.
Antes del pase de visita.
Antes del primer café.
Antes incluso de que los problemas decidieran empezar.
Al principio, con la soberbia tranquila que da la juventud, pensé que era una manía.
Una costumbre de hombre mayor.
Con los años entendí que no era manía.
Era miedo.
No miedo a equivocarse en un diagnóstico.
Ni a la burocracia que lo ahogaba todo.
Era el miedo a no estar cuando alguien lo necesitara.
Una mañana de noviembre, mientras la lluvia ensuciaba los cristales de la sala de espera, me atreví a preguntarle:
—Don Julián… ¿por qué llega usted siempre tan pronto?
Me miró por encima de las gafas, con esa mirada cansada de quien ha visto demasiados finales.
—Porque la enfermedad nunca llega tarde, hijo.
Y si tú llegas justo… ya vas perdiendo.
No era un médico de congresos ni de revistas.
Era mejor que eso.
Recordaba que la paciente de la 304 tenía una hija llamada Lucía.
Que su marido era tornero.
Que venían de un pueblo donde el aire olía a romero.
Recordaba vidas, no solo enfermedades.
Una tarde, mientras el sol caía sobre las sábanas de la planta, me dijo algo que ya no he olvidado nunca:
—Un médico no debería acostumbrarse a ver sufrir.
El día que te acostumbras… te vuelves funcionario del dolor.
Y empiezas a llegar tarde, aunque llegues pronto.
Se jubiló como había vivido.
Sin homenajes.
Sin placas.
Sin discursos.
Un día, simplemente, dejó de estar allí a las seis y cincuenta y cinco.
Pero durante años, en aquel hospital, mucha gente vivió un poco más tranquila.
Hubo familias que durmieron mejor.
Hubo pacientes que sintieron menos frío.
Porque un hombre discreto decidió, hacía mucho tiempo, regalar cinco minutos de ventaja contra el destino.
Por si acaso.
Con los años entendí algo.
En la medicina, como en la vida,
los cinco minutos más importantes
son los que nadie ve.