
La ruta era sencilla: Murcia a Garrucha.
Debajo, la huerta pasaba tranquila, un tapiz de verdes y ocres que conozco de memoria. Volaba en visual, sin instrumentos, confiando en lo que mis ojos veían, como se volaba antes, cuando el piloto y el pájaro eran uno solo.
Y de pronto, la traición.
El cielo se cerró de golpe. No fue una nube lejana que se acerca; fue como si el mundo se hubiera envuelto en algodón sucio. Una niebla densa, sólida, impenetrable.
Me quedé ciego.
Ahí arriba, sin referencias, el tiempo se estira. Empecé a desesperarme. Por mi cabeza pasaron imágenes de mi vida a la velocidad de una cinta de cine antigua que se rompe. No era miedo técnico; era la certeza física del final.
Pensé:
—Hasta aquí hemos llegado.
Y me sorprendió que, en ese momento, no pensara en el avión… sino en la gente que iba a dejar atrás.
Tenía la boca seca, como si llevara horas tragando polvo.
Entonces, un milagro… o una casualidad.
Una grieta.
Un pequeño agujero azul entre las nubes.
No lo pensé. Me lancé en picado, como un halcón herido, rezando para que el hueco no se cerrara antes de que yo pasara por él. El motor rugió, el aire silbó… y de repente, el suelo.
Estabilicé el avión a pocos metros de la tierra, sobre un camino rural rodeado de plantaciones. El corazón se me salía del pecho.
Y allí estaban ellos.
Un grupo de trabajadores del campo, sentados, con el almuerzo a medio morder, mirando con los ojos muy abiertos aquel pájaro metálico que acababa de caer del cielo.
Aterricé como pude, levantando polvo y adrenalina. Cuando bajé de la cabina, me temblaban hasta las pestañas. Y notaba las manos torpes, como si no fueran del todo mías.
Se acercaron, entre asustados y curiosos.
—¿Qué ha pasado, muchacho? ¿Estás bien?
En ese momento, la verdad era demasiado grande para contarla.
No puedes decirle a unos desconocidos que acabas de volver de la muerte.
Así que hice lo que hacemos los hombres cuando queremos salvar el tipo:
Mentir.
—Nada, nada —dije, sacudiéndome un polvo imaginario de la chaqueta—. Es que os he visto desde arriba y he bajado a saludar a un amigo que trabaja por aquí.
Obviamente, el amigo no existía.
Ellos asintieron. Volvieron a su pan y a su vino.
Y yo me quedé allí, respirando el aire sucio y maravilloso de la vida.
Aquel día aprendí dos cosas:
que la niebla no perdona…
y que el miedo, a veces, nos convierte en los mejores embusteros del mundo.
Y, a veces también, en los más agradecidos de seguir aquí.