La suerte del lugar donde nacemos

El cielo sobre el altiplano había amanecido gris, como si durante la noche alguien hubiera apagado el color del mundo.

A más de cuatro mil metros de altura, la llovizna no caía. Permanecía suspendida en el aire frío, pegándose a las piedras, a los tejados de chapa y a las viejas vías del tren que atravesaban la planicie.

La estación ferroviaria parecía abandonada incluso cuando estaba abierta.

Solo de vez en cuando llegaba algún convoy para recoger el mineral arrancado a las montañas.

Después volvía el silencio.

Un silencio inmenso.

De esos que parecen durar siglos.

No habría allí más de treinta personas.

Treinta vidas dispersas entre unas pocas casas de adobe, una escuela humilde, el puesto de salud y la estación.

Nada más.

La escuela era apenas una habitación de paredes cuarteadas donde el viento encontraba siempre alguna rendija por la que colarse.

Cuando sonó la salida, apareció la niña.

Tendría ocho o nueve años.

Llevaba unas trenzas negras sobre la espalda y una mochila de lona demasiado grande para su tamaño.

Pero lo primero que llamaba la atención eran sus ojos.

Grandes.

Despiertos.

Curiosos.

Ojos de niña que todavía no había aprendido a resignarse.

Caminó despacio por el sendero de tierra hasta el pequeño puesto sanitario.

Le gustaba ir allí.

El médico siempre la saludaba.

Era un voluntario extranjero.

Nadie sabía exactamente cuánto tiempo llevaba en aquel rincón perdido ni cuánto tiempo permanecería.

Con los meses había aprendido que en el altiplano las preguntas importantes rara vez obtenían respuesta.

El médico estaba sentado junto a la puerta.

Observaba las montañas.

A veces pensaba que eran hermosas.

Otras veces pensaba que eran una cárcel.

Probablemente ambas cosas eran ciertas.

Al verla acercarse sonrió.

—¿Otra vez tú?

La niña asintió.

—Solo venía a mirar.

Y era verdad.

Le gustaba mirar.

Los mapas clavados en la pared.

Los libros.

Las fotografías.

El fonendoscopio.

Los dibujos anatómicos.

Los nombres extraños escritos en las cajas de medicamentos.

Lo observaba todo con la misma fascinación.

Como si cada objeto escondiera una puerta hacia otro mundo.

A lo lejos apareció la figura de su madre.

Conducía unas pocas llamas por la ladera.

Avanzaba despacio, envuelta en su poncho, inclinada contra el viento.

Más lejos todavía, junto a una vivienda de barro, dormía el padre.

Otra vez.

El médico lo había visto muchas veces.

Nunca preguntó.

Con los años comprendió que algunas personas beben por costumbre.

Otras para olvidar.

Y otras para no pensar demasiado en aquello que no pueden cambiar.

La niña seguía observando los mapas.

De pronto levantó la mano.

—¿Eso es Europa?

El médico siguió la dirección de su dedo.

—Sí.

—¿Está muy lejos?

Tardó unos segundos en responder.

—Muchísimo.

Ella sonrió.

Una sonrisa limpia.

Luminosa.

—Algún día iré.

El médico no contestó.

Simplemente la observó.

Y sintió una tristeza difícil de explicar.

Porque aquella niña poseía algo que él había visto pocas veces.

Curiosidad.

Inteligencia.

Hambre de aprender.

La clase de mirada que suele abrir puertas.

La clase de mirada que cambia destinos.

La niña se despidió con la mano y volvió a emprender el camino.

Su figura fue alejándose poco a poco entre la niebla.

Primero desapareció la mochila.

Después las trenzas.

Finalmente, solo quedaron las montañas.

El médico permaneció largo rato inmóvil.

Había conocido niñas parecidas en Madrid.

Con la misma curiosidad.

Con la misma inteligencia.

Con las mismas ganas de aprender.

La diferencia era que aquellas crecían rodeadas de bibliotecas, colegios, hospitales y oportunidades.

Esta había nacido allí.

Junto a unas vías oxidadas.

A cuatro mil metros de altura.

Sin haber cometido otro error que llegar al mundo en el lugar equivocado.

Luego se levantó y regresó al interior del consultorio.

Sobre la pared seguía colgado el mapa.

Europa estaba exactamente en el mismo sitio.

La niña también.

©antonio capel riera