Después de Harvard… habló Ramón Arcusa

Cuando la ciencia y toda una vida dedicada a la música llegan a la misma conclusión.

Hace apenas unos días publiqué el relato «Mi amigo de Harvard volvió a llamarme». En él contaba cómo un profesor de Harvard, tras leer mis reflexiones sobre la música, la memoria y el Alzheimer, coincidía plenamente con una idea que llevo muchos años defendiendo: las emociones asociadas a la música no desaparecen; permanecen escondidas en algún rincón del cerebro esperando ser despertadas.

Pensé que aquella conversación cerraba el relato.

Me equivocaba.

Pocas horas después recibí un mensaje que terminó de completar el puzle.

Esta vez no procedía del ámbito universitario, sino de alguien que ha dedicado toda su vida precisamente a crear emociones a través de la música.

Ramón Arcusa.

Sí, el mítico integrante del Dúo Dinámico. Uno de los grandes pioneros del pop español. Compositor, productor de Julio Iglesias durante décadas y descubridor o impulsor de artistas como Ángela Carrasco, Manolo Otero, Los Chunguitos, Vino Tinto y muchos otros.

Después de leer mi relato me escribió:

«Maravilloso de arriba abajo y real: estabas en lo cierto. Y debo añadir que eso no sucede solo con los Beatles o El lago de los cisnes. A lo largo de nuestra vida artística hemos escuchado emocionados testimonios parecidos con nuestras canciones. Actualmente tenemos el caso de una fan valenciana que padece Alzheimer y que reacciona, y de qué manera, cuando escucha nuestras canciones o le enseñan fotos de sus años de fan.»

Poco después añadió otro mensaje que terminó de emocionarme todavía más:

«Han sido muchísimos los testimonios parecidos. También te diré que nos han pedido permiso —realmente no era necesario— cantidad de asociaciones de Parkinson y de Alzheimer para utilizar nuestro «Resistiré» como himno, y se la hacen cantar cada mañana después de desayunar. Cosas que hacen saltar las lágrimas.»

Y remató con una frase que, viniendo de alguien que ha dedicado más de seis décadas a emocionar a millones de personas, tiene un enorme valor para mí:

«Gracias por ese quasi científico documento.»

Confieso que tuve que leer aquellas líneas varias veces.

No porque necesite que nadie me dé la razón.

Después de casi sesenta años observando personas —como profesional de la medicina, piloto, escritor y simple curioso de la condición humana— uno aprende a confiar en lo que ve con sus propios ojos.

Pero cuando esa observación coincide con la experiencia de un profesor de Harvard y, además, con la de un músico que ha emocionado durante toda una vida a varias generaciones, uno comprende que probablemente no estaba siguiendo una intuición, sino describiendo un fenómeno profundamente humano.

Los científicos estudian los mecanismos.

Los artistas contemplan los resultados.

Y quienes hemos tenido la fortuna de escuchar miles de historias de nuestros pacientes intentamos tender un puente entre ambos mundos.

La música posee una capacidad extraordinaria para atravesar los años sin pedir permiso.

Podemos olvidar nombres, fechas o lugares.

Pero una melodía asociada a la juventud, a un primer beso, a una despedida o a un verano inolvidable permanece agazapada, esperando el instante preciso para volver a despertar.

Quizá por eso una persona con Alzheimer puede no reconocer a quienes la rodean y, sin embargo, comenzar a cantar una canción aprendida sesenta años antes.

No es un milagro.

Es la memoria emocional haciendo su trabajo.

Y si todavía hiciera falta una prueba más, ahí está Resistiré, convertida espontáneamente en himno de numerosas asociaciones de Parkinson y Alzheimer, sonando cada mañana para insuflar ánimo, despertar recuerdos y arrancar sonrisas donde tantas veces solo parecía quedar silencio.

Por eso sigo convencido de que la música no solo entretiene.

También conserva.

Protege.

Reconstruye.

Y, en ocasiones, consigue abrir durante unos minutos una ventana hacia una persona que parecía haberse perdido para siempre.

Gracias, Ramón, por compartir experiencias tan íntimas y tan valiosas.

Porque hay personas que olvidan una vida entera.

Pero hay canciones que jamás olvidan el camino de regreso.

© antonio capel riera


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