
Hace unos días cayó en mis manos un libro que ha causado un auténtico fenómeno en Japón. Se titula «Superar la barrera de los ochenta años», del psicólogo Hideki Wada.
En pocas semanas vendió cientos de miles de ejemplares. No me extraña.
Sus recomendaciones parecen sencillas, pero encierran una enorme sabiduría.
- Camina todos los días.
- Mantente en movimiento.
- Respira hondo cuando te enfades.
- Bebe agua.
- Mastica despacio.
- No dejes nunca de aprender.
- Haz lo que te gusta.
- No te encierres en casa.
- Rodéate de personas con las que estés a gusto.
- Habla de lo que sientes.
- Sonríe.
- Mira la vida con optimismo.
- Agradece.
- Acepta la edad sin dejar de vivir.
Mientras leía aquellas páginas, no podía evitar recordar mis más de cuarenta años de ejercicio profesional y los más de 150.000 pacientes que pasaron por mi consulta.
Comprendí que muchas de esas ideas yo las había visto funcionar cientos de veces.
A muchos pacientes diabéticos no solo les recetaba medicación. Les «prescribía» caminar.
Pero no de cualquier manera.
La distancia dependía de su edad, su estado físico y, sobre todo, de la glucemia que presentaban.
En cada revisión ajustábamos ese recorrido igual que un médico ajusta un tratamiento.
Un poco más si el azúcar seguía alta.
Un poco menos si descendía demasiado.
Y una y otra vez comprobé que el movimiento era una medicina extraordinaria.
Con los años descubrí otra forma de caminar.
La del cerebro.
Siempre he admirado a los músicos.
Muchos creen que solo mueven los dedos.
No.
Mientras interpretan una obra, el cerebro trabaja a una velocidad extraordinaria.
Piensan el siguiente compás antes de tocarlo.
Recuerdan la melodía.
Anticipan la armonía.
Controlan el ritmo.
Escuchan al resto de músicos.
Y, si además cantan, coordinan letra, respiración, afinación y emoción.
Eso también es ejercicio.
Quizá uno de los más completos que existen.
Por eso cada vez estoy más convencido de que el cerebro envejece peor cuando deja de trabajar.
La memoria no siempre desaparece por culpa de la edad.
Muchas veces se apaga porque dejamos de utilizarla.
Hideki Wada termina transmitiendo una idea preciosa: después de los sesenta la vida no termina; simplemente cambia de ritmo.
Yo añadiría una más.
Llegar a viejo ya es un privilegio.
Muchos amigos nuestros nunca tuvieron esa oportunidad.
Por eso no admiro especialmente a los jóvenes.
Todos hemos sido jóvenes.
Admiro a quienes siguen levantándose antes del amanecer para pescar, caminar, buscar setas o viajar.
Admiro a quienes todavía se peinan con cuidado, se ponen unos zapatos limpios y salen a la calle con ganas de vivir.
Admiro a quienes siguen aprendiendo.
A quienes todavía hacen planes.
A quienes sonríen.
A quienes no han dejado que la edad les robe la curiosidad.
Porque ser joven es un regalo de la naturaleza.
Llegar a viejo… es un privilegio.
Y mantenerse joven por dentro, quizá sea el mayor triunfo de todos.
©antonio capel riera