Los que oyen, los que escuchan y los que hacen música

Aquella tarde presencié una escena que no he conseguido olvidar.

La Liverpool Band acababa de terminar un concierto. Mientras recogían los cables y guardaban los instrumentos, un hombre que había permanecido sentado durante toda la actuación se acercó a uno de los músicos y le dijo:

—No entiendo cómo podéis pasar tantas horas tocando. Yo me aburriría a los cinco minutos.

El guitarrista sonrió.

No respondió.

Siguió guardando cuidadosamente su guitarra en el estuche.

Aquella frase me acompañó durante todo el camino de regreso.

No era la primera vez que la escuchaba.

A lo largo de mi vida he conocido personas para quienes la música no significa absolutamente nada. No la rechazan. Simplemente, no la necesitan.

Pueden conducir durante horas en silencio. Entran en un restaurante y apenas perciben la melodía que suena de fondo. No recuerdan cuál fue la primera canción que bailaron con quien después sería el amor de su vida.

No creo que sean personas menos sensibles.

Es solo que cada ser humano encuentra una puerta distinta para regresar a sus recuerdos.

Algunos vuelven a la infancia con el olor de un guiso familiar.

Otros necesitan mirar una vieja fotografía.

Y hay quienes solo necesitan escuchar cuatro compases para retroceder cincuenta años de golpe.

Después descubrí un segundo grupo.

Los que aman la música, aunque no toquen ningún instrumento.

Cuando suena una determinada canción en una cafetería, dejan de hablar.

De pronto ya no están allí.

Han regresado al primer beso.

Al servicio militar.

A los pasillos de la universidad.

Al nacimiento de un hijo.

O a ese último abrazo del que nunca pudieron despedirse.

Pero todavía existe un tercer grupo.

Los músicos.

Ellos no solo escuchan la música.

La construyen.

Durante muchos años creí que tocar un instrumento consistía, simplemente, en mover bien los dedos.

Hasta que empecé a observarlos de verdad.

Mientras nosotros escuchamos una canción…

ellos ya están viviendo la siguiente.

Su cerebro ha leído el compás antes de que las manos lleguen a las cuerdas.

Calculan el tiempo.

Prevén el siguiente cambio de acordes.

Escuchan al resto del grupo.

Corrigen pequeñas desviaciones.

Respiran.

Y, si además cantan, recuerdan la letra, afinan y transmiten una emoción.

Todo ocurre al mismo tiempo.

Entonces comprendí que interpretar música obliga al cerebro a realizar una de las coordinaciones más complejas que existen.

No basta con mover los dedos.

Hay que pensar.

Recordar.

Anticipar.

Escuchar.

Sentir.

Y convertir todo eso en una sola acción perfectamente coordinada.

Con demasiada frecuencia escucho decir que aprender música es una pérdida de tiempo.

Cada vez que oigo esa frase, sonrío.

Me pregunto si sabrán que Albert Einstein encontraba en su violín el lugar donde ordenar los pensamientos que las ecuaciones se resistían a resolver. Tocaba también el piano y confesó que interpretar a Mozart y a Bach le ayudaba a pensar.

O que Max Planck, padre de la física cuántica, era un excelente pianista, organista y cantante. Cuentan que, en más de una ocasión, Einstein y Planck dejaban a un lado las fórmulas para sentarse a tocar juntos. Dos gigantes intentando comprender el universo conversando a través de un pentagrama.

Me pregunto si saben que Werner Heisenberg, otro premio Nobel, era un magnífico pianista.

Que Richard Feynman disfrutaba tocando los bongós con la misma pasión con la que estudiaba los misterios de la física.

Que William Herschel, antes de descubrir el planeta Urano, fue músico profesional y compositor.

Que Alexander Borodin nunca quiso elegir entre la química, la medicina y la música.

O que Thomas Jefferson viajaba siempre con un pequeño violín porque no concebía la vida sin música.

Y también pienso en personas mucho más cercanas.

Pienso en mi amigo Ramón Arcusa.

A sus 89 años no ha dejado de crear.

Hace apenas unos meses compusimos juntos un rock dedicado a Carlos Alcaraz y, casi al mismo tiempo, presentaba un nuevo libro.

Mientras muchos hablan de jubilación, él sigue escribiendo canciones, recordando historias y emprendiendo nuevos proyectos.

Pienso en Paul McCartney, llenando estadios después de haber superado los ochenta años.

Pienso en Tom Jones, cuya voz sigue emocionando a varias generaciones.

Pienso en Mick Jagger, Keith Richards y Ronnie Wood, recorriendo el mundo con los Rolling Stones como si el calendario hubiera decidido hacer una excepción con ellos.

No creo que sea casualidad.

Llevan toda una vida haciendo trabajar a su cerebro.

Calculando tiempos.

Recordando letras.

Anticipando acordes.

Escuchando a sus compañeros.

Coordinando manos, voz, respiración y emoción.

Aquella reflexión me llevó, inevitablemente, a recordar mis más de cuarenta años de medicina y los más de 150.000 pacientes que pasaron por mi consulta.

Muchos eran diabéticos.

Esperaban salir con una receta.

Y la recibían.

Pero junto a ella casi siempre encontraban otra prescripción.

Caminar.

No una caminata cualquiera.

La distancia dependía de su edad, de su estado físico y de sus cifras de glucosa.

En cada revisión ajustábamos ese recorrido igual que se ajusta la dosis de una pastilla.

Un poco más.

Un poco menos.

Hasta conseguir el equilibrio.

Lo comprobé miles de veces.

El movimiento es una medicina extraordinaria.

Con los años comprendí que también existe otra forma de caminar.

La del cerebro.

Leer.

Escribir.

Conversar.

Aprender.

Resolver problemas.

Y hacer algo que obliga al cerebro a coordinar memoria, atención, emoción y movimiento:

interpretar música.

Hace unos días cayó en mis manos un libro del psicólogo japonés Hideki Wada.

Mientras lo leía no podía dejar de asentir.

Mantenerse activo.

Seguir aprendiendo.

Rodearse de personas con las que uno se siente bien.

Tener proyectos.

Sonreír.

Muchas de aquellas recomendaciones coincidían exactamente con lo que yo había observado durante toda mi vida profesional.

Pero hubo una frase que me hizo detenerme:

«La memoria no se desvanece por la edad, sino por la inactividad.»

Y creo que tiene razón.

Porque el cerebro se parece mucho a un músculo.

Lo que no se utiliza…

termina debilitándose.

Con el tiempo he llegado a distinguir tres maneras de vivir una canción.

Están quienes únicamente la oyen.

Están quienes la escuchan y dejan que forme parte de su vida.

Y están quienes la interpretan.

Desde entonces admiro a los músicos de otra manera.

No solo por la belleza de una melodía.

Sino porque, cada vez que levantan un instrumento, están haciendo exactamente lo mismo que la vida nos exige todos los días.

Pensar.

Recordar.

Anticipar.

Coordinar.

Sentir.

Y seguir aprendiendo.

Quizá tocar un instrumento no convierta a nadie en un genio.

Pero sí obliga al cerebro a trabajar como pocas actividades humanas consiguen hacerlo.

Por eso, cuando alguien me dice que aprender música es una pérdida de tiempo…

No discuto.

Simplemente sonrío.

Porque ser joven es un regalo de la naturaleza.

Llegar a viejo es un privilegio.

Pero mantenerse joven por dentro…

quizá dependa de no dejar nunca de caminar.

Unos lo hacen con las piernas.

Otros con los libros.

Otros escribiendo.

Otros viajando.

Y los músicos llevan toda una vida caminando con el cerebro.

(c)antonio capel riera

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