
Carta I
EL BAÚL DE JACARANDÁ
Siempre he creído que las familias esconden más verdades en sus silencios que bajo el mármol de los cementerios. Los muertos terminan confesando quiénes fueron; los papeles, en cambio, esperan. Aguardan durante generaciones a que alguien encuentre el valor suficiente para desplegarlos y aceptar que el pasado nunca desaparece del todo.
Todo comenzó después de la muerte de mi madre.
Habían transcurrido varios meses, pero todavía me costaba entrar en su dormitorio. Cada cajón que abría parecía una pequeña traición a su intimidad. Sin embargo, comprendía que aquel trabajo era inevitable. La vida continúa incluso cuando uno desearía detener el tiempo unos días más.
Entre fotografías, cartas de felicitación, estampas religiosas y documentos sin importancia aparente, fui reconstruyendo una existencia sencilla, hecha de pequeños recuerdos que solo conservan valor para quienes los vivieron. De vez en cuando aparecía algún objeto que despertaba una emoción inesperada: un perfume casi agotado, unas gafas cuidadosamente guardadas en su funda o una libreta con su letra inconfundible. Entonces me detenía unos minutos antes de continuar.
Fue al fondo de un viejo armario donde descubrí el baúl.
No era grande. Apenas tendría el tamaño suficiente para guardar un puñado de documentos. Estaba fabricado en una madera oscura cuyas vetas rojizas me hicieron pensar en el jacarandá. El tiempo había suavizado sus aristas y el brillo del barniz se había perdido hacía muchos años. No tenía cerradura. Solo un cordel de algodón amarillento, anudado con un cuidado casi ceremonial, como si quien lo hubiera cerrado hubiese querido proteger algo más importante que unos simples papeles.
Lo levanté con ambas manos. Pesaba mucho más de lo que sugería su tamaño.
Mientras deshacía lentamente el nudo no podía imaginar que aquel gesto, aparentemente insignificante, iba a cambiar mi vida. Hoy estoy convencido de que no estaba abriendo un baúl. Estaba rompiendo un silencio que llevaba siglos esperando.
Al levantar la tapa escapó un tenue aroma a madera antigua, polvo y lavanda seca. En el interior descansaban varias fotografías de bordes dentados, un rosario de plata ennegrecida por el tiempo, una peineta de carey y un paquete de hojas cuidadosamente envueltas en una tela de lino. Encima de todo había un pequeño sobre. No llevaba sello, ni dirección, ni fecha. Solo una palabra escrita con una caligrafía elegante y firme:
Familia.
Lo abrí con una mezcla de curiosidad y respeto.
Dentro encontré una hoja doblada en cuatro. Reconocí inmediatamente la firma de mi bisabuela. Su letra era inconfundible. Había visto muchas veces antiguas dedicatorias escritas por ella, pero jamás imaginé que algún día terminaría leyendo aquellas líneas.
Decían simplemente:
«Estas memorias pertenecieron a mi abuela. Guárdalas para quienes aún no hayan olvidado de dónde vienen.»
Nada más.
Ni una explicación.
Ni un nombre.
Ni una fecha.
Solo aquella frase.
Permanecí largo rato contemplando el papel.
Comprendí que mi bisabuela no era la autora de aquellas memorias.
Había sido únicamente su guardiana.
Las había heredado de su abuela.
Y esta, a su vez, de la suya.
Durante generaciones, aquellas cartas habían ido pasando de unas manos a otras, siempre dentro de la misma familia, casi siempre de mujer en mujer, como si cada una hubiera recibido la silenciosa obligación de conservarlas y entregarlas intactas a la siguiente.
Ninguna añadió una sola línea.
Ninguna tachó una palabra.
Ninguna explicó jamás por qué las guardaba.
Simplemente las protegieron.
A veces he pensado que aquellas mujeres no conservaron las cartas para recordar el pasado.
Las conservaron para que alguien, muchos años después, pudiera comprenderlo.
Tal vez, sin saberlo, todas habían trabajado para el mismo destino.
Ignoro quién escribió la primera carta.
Ignoro también quién decidió conservarla por primera vez.
Pero sí sé una cosa.
Si aquellas hojas habían sobrevivido más de cuatro siglos, atravesando océanos, guerras, enfermedades, mudanzas y olvidos, era porque alguien quiso que un día llegaran hasta mis manos.
Respiré hondo.
Volví a desenvolver cuidadosamente la tela de lino.
Había llegado el momento de descubrir por qué.
Comencé a leer.
La primera carta no hablaba de personas. Hablaba de una ciudad capaz de cambiar el destino de cualquiera que se atreviera a vivir en ella.
Y, dentro de aquella ciudad, de una casa.
Las primeras páginas no hablaban de personas.
Hablaban de una casa.
Una gran casona de piedra, con balcones de madera tallada que sobresalían sobre una calle empedrada. Describían un amplio zaguán, un patio central presidido por una fuente y unas galerías donde el eco de los pasos parecía confundirse con el rumor del agua. No se mencionaba el nombre de la ciudad, pero bastaban unas pocas referencias para comprender que aquella vivienda se encontraba en la Villa Imperial de Potosí.
Lo extraordinario sucedió casi sin darme cuenta.
Mientras avanzaba por aquellas páginas, la casa comenzó a levantarse con una claridad sorprendente en mi imaginación. No era la imagen difusa que cualquier lector construye mientras lee una novela. Era algo mucho más preciso. Veía la luz entrando en el patio, intuía la posición de la escalera principal y casi podía recorrer con la mirada las galerías de la planta superior.
Cerré las hojas durante unos instantes.
Intenté convencerme de que era una simple sugestión. Siempre había buscado explicaciones racionales para todo y aquella también debía tenerla. Sin embargo, cuando retomé la lectura, la sensación persistía.
No tenía la impresión de estar imaginando aquella casa.
Tenía la extraña sensación de estar recordándola.
Durante los días siguientes apenas pude concentrarme en otra cosa. Busqué mapas antiguos, fotografías y documentos sobre Potosí. Hasta entonces aquella ciudad había sido para mí un episodio lejano de la historia de España. Ahora empezaba a convertirse en una presencia constante. Cada dato que encontraba aumentaba mi curiosidad.
Una tarde apareció en la pantalla del ordenador la fotografía de una antigua casona colonial. Tenía un gran portón de madera y varios balcones ricamente tallados. Permanecí inmóvil durante varios minutos observándola.
No podía asegurar que fuera la misma casa.
Pero algo, muy dentro de mí, me decía que aquellos balcones no me eran desconocidos.
Cuando fui a guardar de nuevo las cartas advertí que una pequeña hoja había quedado adherida al fondo del baúl. La separé con cuidado. La tinta estaba casi borrada y solo una frase podía leerse con claridad:
«Cuando uno de los nuestros vuelva a cruzar el portón, la casa sabrá reconocerlo.»
Cerré lentamente la tapa.
Aquella noche apenas pude dormir.
Por primera vez en mi vida tuve la certeza de que algunos viajes no comienzan cuando se compra un billete.
Comienzan cuando el pasado llama a la puerta.
Continuará…
©antonio capel riera