
Carta II
«Toda casa antigua guarda un secreto. Pero algunas también conservan a quien juró no abandonarla jamás.»
Las primeras páginas apenas hablaban de personas. Describían patios silenciosos, corredores interminables, balcones de caoba oscura y una fuente cuyo rumor parecía medir el paso de las horas. Quien había trazado aquellas líneas mostraba mucho más interés por retratar la casa que a quienes la habitaban. La describía con una precisión casi obsesiva, como si temiera que el tiempo acabara devorándola y solo aquella tinta pudiera sostener sus cimientos.
Continué leyendo con la respiración contenida.
Unas páginas después apareció, por fin, el primer nombre.
Isabel de Mendoza.
No se explicaba su linaje ni el lugar que ocupaba en la familia. El manuscrito únicamente decía que, cada amanecer, salía al balcón principal de la casona para contemplar cómo los primeros rayos del sol deshacían la noche sobre el Cerro Rico de Potosí.
Cerré los ojos unos segundos.
No sé si fue imaginación o si aquellas páginas terminaron prestándome sus propios recuerdos, pero acabé viéndola con claridad.
Era una mujer joven, quizá cercana a los treinta años. Vestía de luto, con una elegancia sobria que contrastaba con la opulencia de la Villa Imperial. Su cabello aparecía cuidadosamente recogido. Una mano descansaba sobre la balaustrada de madera tallada; la otra sostenía un pequeño pañuelo blanco, ya gastado de tanto doblarlo entre los dedos.
No contemplaba el paisaje.
Esperaba.
Las campanas de bronce comenzaron a tañer.
Los mercaderes abrían lentamente sus postigos.
Las recuas de mulas iniciaban el penoso ascenso por las calles empedradas.
Y, dominándolo todo, el inmenso Cerro Rico proyectaba su sombra sobre los tejados rojizos.
Entonces la caligrafía cambió.
Descubrí una frase escrita con un trazo diferente y una tinta desvaída, como si hubiese sido añadida muchos años después por otra mano.
«Cada mañana esperaba a alguien que nunca regresó.»
Nada más.
Ni una explicación.
Ni un nombre.
Permanecí largo rato contemplando aquellas palabras.
Cuanto más avanzaba en la lectura, más comprendía que aquellos manuscritos no pretendían contar una historia. Parecían construidos para obligar al lector a desenterrarla, como si cada generación hubiera decidido revelar únicamente lo imprescindible y confiar el resto al silencio.
Las páginas comenzaron entonces a hablar de la ciudad.
Describían una Potosí deslumbrante y enferma, donde la riqueza obscena y la miseria convivían separadas apenas por el ancho de una calle. Llegaban comerciantes de Sevilla, Lisboa y Génova. Los patios de las casonas rebosaban de actividad mientras, bajo tierra, miles de hombres descendían cada día a las galerías para arrancarle al Cerro Rico la plata que acabaría financiando medio mundo.
Comprendí entonces que la protagonista no era únicamente Isabel.
También lo era Potosí.
Potosí respiraba.
Potosí enriquecía.
Potosí devoraba.
Y aquella casa contemplaba el paso de los siglos desde la inmovilidad de sus balcones.
Levanté la vista del manuscrito.
El contraste entre aquel mundo de plata y polvo y el silencio de mi habitación me desorientó durante unos instantes. Encendí el ordenador. La luz azulada de la pantalla iluminó las páginas amarillentas, revelando las fibras del viejo papel.
Busqué fotografías de la Villa Imperial.
Fueron apareciendo calles angostas, iglesias barrocas y balcones de madera tallada.
Entonces una imagen me obligó a detener el ratón.
Sería absurdo afirmarlo. Tal vez fuera solo una trampa de la imaginación.
Pero uno de aquellos balcones tenía exactamente la misma estructura, la misma balaustrada y la misma presencia que el que llevaba horas viendo en mi cabeza.
Sentí un escalofrío.
Por primera vez tuve la extraña impresión de que no estaba reconstruyendo un recuerdo ajeno.
Era el recuerdo el que parecía haberme encontrado a mí.
Volví al manuscrito.
La siguiente hoja comenzaba con una frase escrita en caracteres mucho mayores que el resto, como si quien la hubiera redactado quisiera impedir que nadie pasara de largo.
«El día que Isabel dejó de acudir al balcón, toda la casa comprendió que la espera había terminado.»
Pasé la página con el pulso acelerado.
Pero la hoja había desaparecido.
Alguien la había arrancado de cuajo.
Solo quedaban pequeños jirones de papel, blancos e irregulares, adheridos al lomo del manuscrito.
Pasé lentamente la yema del dedo por aquellos bordes desgarrados.
Era la única respuesta que aquellas memorias estaban dispuestas a ofrecerme.
Cerré despacio el manuscrito y dejé ambas manos sobre el viejo baúl de jacarandá.
Comprendí entonces que el silencio de mi habitación no era el mío. Era el mismo silencio que, durante siglos, había permanecido sentado junto a Isabel frente a aquel balcón.