Carta IV

«Hay personas que conquistan ciudades con los ejércitos. Otras lo hacen con una sonrisa.»
La historia oficial, casi siempre trazada con brocha gorda, nos ha convencido de que en las bodegas de los galeones que cruzaban el Atlántico solo viajaban soldados, aventureros y hombres desesperados por encontrar fortuna.
El manuscrito me obligó a abandonar aquella idea.
Orígenes de la aristocracia migrante
También cruzaron el océano miembros de antiguas familias de la aristocracia española. Hombres cultos, juristas, comerciantes y nobles que vieron en América una oportunidad para comenzar una nueva vida.
Además, muchos procedían de Andalucía, atraídos por la riqueza del Cerro Rico, llevando consigo no solo sus blasones y su fortuna, sino también una forma de entender la vida que acabaría impregnando la propia Villa Imperial.
Fue entonces cuando apareció él.
El autor seguía resistiéndose a escribir su nombre.
Solo dejaba entrever que pertenecía a una antigua familia andaluza, emparentada con la nobleza del sur de España. Su padre y su abuelo habían dedicado la vida al estudio de las leyes y él mismo había pasado por la Universidad, donde recibió una educación poco frecuente para su tiempo. Leía a los clásicos, conocía el Derecho, disfrutaba de la poesía y podía hablar con la misma naturalidad de filosofía, de música o de navegación.
No era el aventurero impulsivo que tantas veces nos presenta la historia.
Era un caballero ilustrado.
El manuscrito dejaba caer un detalle intrigante.
Antes de embarcar hacia las Indias comenzaron a circular rumores en Sevilla. Algunos hablaban de un alto militar dispuesto a lavar su honor. Otros aseguraban que todo había empezado por el amor de una mujer casada. También se mencionaba un duelo que nunca llegó a celebrarse.
Nada aparecía confirmado.
Solo una frase escrita al margen.
«A veces el océano no separa continentes. También separa a los hombres de su pasado.»
Nunca sabré cuánto había de verdad en aquella historia.
Pero comprendí que, cuando embarcó rumbo a América, quizá no solo buscaba la riqueza del Cerro Rico.
Tal vez también intentaba dejar atrás una vida que ya no podía recuperar.
El manuscrito describía su llegada a Potosí.
Después de semanas de viaje contempló por primera vez el Cerro Rico. La montaña dominaba el horizonte con una presencia casi sobrenatural. Miles de hombres ascendían y descendían por sus laderas como si toda la ciudad respirara al ritmo de aquella inmensa mole de piedra.
Fue entonces cuando comprendió que había llegado al lugar donde el destino de medio mundo se escribía con plata.
La noticia de la llegada del joven aristócrata se extendió rápidamente entre las familias más influyentes de la Villa Imperial.
Pocos días después recibió su primera invitación.
Aquella noche, los grandes salones estaban repletos de comerciantes, magistrados, militares, clérigos y miembros de las familias más poderosas del Alto Perú.
Todos querían conocer al recién llegado.
Unos por curiosidad.
Otros por interés.
Y algunos porque ya intuían que aquel hombre estaba destinado a ocupar un lugar destacado en la ciudad.
No tardó en llamar la atención.
No únicamente por su fortuna.
En Potosí había hombres tan ricos como él.
Lo que verdaderamente lo distinguía era otra cosa.
Escuchaba antes de hablar.
Nunca levantaba la voz.
Sabía hacer sentir importante a cualquiera que se cruzara en su camino.
Podía conversar con un oidor de la Audiencia sobre cuestiones jurídicas y, unos minutos después, detenerse a preguntar por la familia del muchacho indígena que acababa de abrirle el portón de la casa.
Poseía ese carácter luminoso tan propio del sur.
Era alegre sin resultar frívolo.
Elegante sin caer en la arrogancia.
Generoso con quien lo necesitaba.
Y dueño de un sentido del humor que desarmaba cualquier tensión.
Pero existía otra cualidad que terminó convirtiéndolo en una leyenda.
La música.
Cuando las conversaciones comenzaban a apagarse, alguien le acercaba una guitarra.
Él sonreía con cierta timidez, como quien acepta una petición demasiadas veces repetida.
Y entonces dejaba sonar un viejo fandango o una seguidilla aprendida en su juventud andaluza.
El bullicio desaparecía.
Las conversaciones se detenían.
Hasta los criados parecían olvidar durante unos minutos el trabajo que tenían entre las manos.
El manuscrito describía una escena que me emocionó.
Un anciano conquistador, que llevaba más de treinta años sin regresar a España, no pudo contener las lágrimas.
Al terminar la canción, el joven aristócrata se acercó preocupado.
—¿Os encontráis bien, don Alonso?
El viejo levantó lentamente la mirada.
—No lloro por la música… lloro porque, por un instante, he vuelto a escuchar la voz de mi madre.
Cerré unos segundos los ojos.
Comprendí entonces que aquellas canciones no hablaban únicamente de Andalucía.
Hablaban de la nostalgia.
De la tierra que muchos nunca volverían a pisar.
La Casa de los Balcones terminó reflejando perfectamente la personalidad de su dueño.
Sus patios con fuentes, las galerías de madera tallada y los balcones de inspiración mudéjar evocaban constantemente la tierra que había dejado atrás.
En sus salones se servían vinos llegados de Jerez, sonaban guitarras y vihuelas, y las veladas se prolongaban entre romances, poesía y conversaciones donde se mezclaban el refinamiento europeo con el alma mestiza que comenzaba a nacer en aquellas montañas.
Las jóvenes de las mejores familias suspiraban por recibir una invitación para aquellas reuniones.
Las damas casadas encontraban siempre algún pretexto para prolongar una conversación con él.
Las criadas sonreían discretamente cuando lo veían atravesar el patio.
Y hasta los comerciantes más severos parecían olvidar durante unos minutos el peso de sus negocios cuando compartían su mesa.
No había conquistado únicamente una fortuna.
Había conquistado la devoción absoluta de toda una ciudad.
Aquella noche, mientras el manuscrito describía una de aquellas veladas, apareció de nuevo un nombre que ya comenzaba a resultarme familiar.
Isabel de Mendoza.
No hablaba.
No reía.
Observaba desde uno de los balcones interiores mientras él interpretaba una vieja melodía andaluza.
El manuscrito no decía si llegaron a cruzar una sola palabra.
Solo anotaba una frase.
«Hay miradas capaces de cambiar una vida antes incluso de que nazca la primera conversación.»
Pero la admiración siempre arrastra a su gemela más oscura.
La envidia.
Con el paso de los meses comenzaron a surgir los primeros comentarios.
—Ese andaluz terminará creyéndose dueño de Potosí —murmuró una noche un rico comerciante.
Otro respondió sin apartar la vista de la copa.
—Lo peor no es eso…
—Lo peor es que parece caerle bien a todo el mundo.
El manuscrito no añadía nada más.
No hacía falta.
Aparté lentamente la vista de aquellas páginas.
Comprendí entonces que las grandes tragedias rara vez nacen del odio.
Casi siempre empiezan porque alguien comete el único error que los mediocres jamás perdonan.
Brillar demasiado.
Continuará…