
Las grandes casas de Potosí eran, en esencia, pequeñas ciudades encerradas entre gruesos muros de piedra; fortalezas donde la vida latía con un ritmo febril y autónomo.
Desde el primer destello del amanecer hasta bien entrada la madrugada, decenas de personas iban y venían por sus corredores interminables. Unos cuidaban las caballerizas con devoción casi militar; otros administraban las despensas, vigilaban los fríos almacenes de plata, mantenían las lámparas de aceite encendidas o reparaban tejados, balcones y acequias.
Cada rincón tenía un responsable y cada tarea, por ingrata que fuera, encontraba unas manos dispuestas a realizarla.
Pero si había un lugar donde latía el verdadero corazón de aquellas mansiones, no eran los salones de recepción ni las bibliotecas.
Era la cocina.
Allí reinaban las criadas.
El manuscrito las describía con una agudeza antropológica fascinante. Las había llegadas de la vieja Europa, mujeres que habían desembarcado en América huyendo de un pasado que preferían sepultar bajo el polvo andino. Algunas escapaban de la miseria; otras, de vidas difíciles sobre las que el manuscrito apenas se atrevía a levantar el velo.
También las había negras, de piel lustrosa y cantos tristes, descendientes de quienes habían sido arrancados de África para servir en un mundo gélido que jamás habrían imaginado. Y estaban las indígenas, silenciosas observadoras de un universo extraño que había irrumpido en sus montañas sagradas y trastocado para siempre el orden de sus vidas.
Con el paso de los años había germinado, además, una nueva generación que parecía resumir en su propia carne el destino trágico y hermoso de América.
Las hijas del mestizaje.
Mujeres en cuyas venas convivían la sangre española, la indígena y la africana. Aquella mezcla inaudita había dado lugar a hombres recios y a mujeres de una belleza difícil de catalogar. No respondían a un único canon. Precisamente su embrujo residía en reunir, en un solo rostro, el misterio y la luz de varios mundos.
Entre la veintena de criadas que servían en la Casa de los Balcones existía un pequeño grupo privilegiado.
Apenas media docena.
Eran las preferidas del señor.
Pero aquel privilegio no obedecía únicamente a simpatías o caprichos. Cada una había llegado a dominar un oficio distinto dentro de la casa.
Una conocía los secretos de los pesados guisos castellanos. Otra preparaba dulces conventuales con almendra y miel capaces de arrancar lágrimas de nostalgia a cualquier español recién llegado. Una tercera interpretaba las especias y las hierbas curativas de los Andes como si leyera un antiguo pergamino. Otra era experta en el cuidado de los vinos y las conservas. Y había quien sabía bordar sábanas, perfumar las estancias con lavanda o disponer una mesa con la elegancia de una dama de la corte.
Y luego estaba ella.
Su nombre aparecía escrito con una delicadeza anómala en el manuscrito.
Isabel.
Me sorprendió que el cronista anónimo hubiera detenido el trazo de su pluma para dibujar aquellas seis letras con un esmero casi reverencial.
Hasta ese momento había descrito edificios, fortunas, minas y ambiciones con la fría precisión de un notario. Sin embargo, al llegar a Isabel, la caligrafía parecía curvarse, suavizarse, como si la propia tinta hubiera querido acariciar su recuerdo antes de secarse sobre el papel.
Había empezado a notar un detalle inquietante.
El manuscrito no escribía igual sobre todo el mundo.
Con algunos personajes era frío, casi administrativo. Los nombres aparecían, cumplían su función y desaparecían unas páginas después.
Pero cuando aparecía Isabel, la letra parecía respirar de otra manera.
Era una impresión absurda, lo sabía.
Sin embargo, cuanto más avanzaba en la lectura, más convencido estaba de que también la tinta podía enamorarse.
Isabel no era la mujer más hermosa de la casa.
Era algo mucho más peligroso.
Poseía esa belleza que solo se descubre despacio. La que aparece al escuchar cierta cadencia en la voz, al sostener durante unos segundos la mirada de unos ojos oscuros o al compartir un silencio sin sentir la urgencia de llenarlo.
Nadie permanecía indiferente a su presencia.
Cuando cruzaba los patios de la Casa de los Balcones, el bullicio de los mozos, las criadas y el ir y venir de quienes trabajaban en la casa parecía atenuarse durante unos instantes. No necesitaba levantar la voz ni adornarse para llamar la atención.
Era la atención la que acudía, dócil, a ella.
Me detuve en aquella página y dejé que el peso de la revelación se asentara en la habitación a oscuras.
Todavía ignoraba por qué el manuscrito concedía tanta importancia a una mujer cuyo lugar parecía demasiado modesto para ocupar tantas páginas de aquella historia.
Pero comenzaba a sospecharlo.
Quizá las grandes fortunas no fueran lo verdaderamente importante.
Quizá tampoco lo fueran la plata, las minas, los virreyes ni los hombres que se enriquecían bajo la sombra inmensa del Cerro Rico.
Porque la verdadera historia de aquella casa —y quizá también la perdición de aquel apuesto andaluz de la guitarra— no iba a escribirse alrededor de las oscuras galerías de las minas de plata.
Iba a comenzar allí.
Entre el vapor de los pucheros y el fuego de la cocina.