Todo empezó en Santiago

Hay lugares de los que uno se marcha. Y hay lugares que, por muchos años que pasen, jamás se marchan de uno.

Santiago de Chiquitos es uno de esos lugares.

Cuando cierro los ojos y regreso a mi infancia, no recuerdo un pueblo perdido y alejado del mundo. Recuerdo mi mundo entero.

Las calles de tierra. El calor. Los árboles. Las noches inmensas. Los amigos. La escuela. Y, sobre todo, recuerdo a aquellas personas mayores que para un niño parecían saberlo todo.

Con los años comprendí que no lo sabían todo.

Pero sabían algo mucho más importante: cómo despertar en nosotros las ganas de aprender.

Y algunos tenían nombre y apellido.

Estaba don Humberto Etcheverry.

Estaba don Noel Menacho.

Estaba don Juan Moreno.

Y estaba doña Florita, con su piano.

Hoy pienso en aquel piano y comprendo que sus teclas enseñaban mucho más que música. Para un niño de un pequeño pueblo chiquitano, cada nota era una ventana. Detrás de aquellas teclas existía Bach, existía Mozart, existían canciones que habían atravesado océanos y existía un mundo que nosotros todavía no conocíamos.

Doña Florita quizá no podía imaginar hasta dónde viajarían algunas de aquellas notas dentro de mí.

Muchos años después, la música continuaría acompañándome. Compondría canciones, conocería músicos, viviría historias extraordinarias relacionadas con ella y acabaría dedicando una parte importante de mi vida a preservar la memoria de quienes hicieron música.

Pero antes de todo aquello estuvo un piano en Santiago de Chiquitos.

Y estuvo doña Florita.

También recuerdo a personas como don Napoleón, don Camilo y el italiano don Carlos Ragone.

No todos fueron maestros en el sentido académico de la palabra. Algunos fueron maestros de otra asignatura que no figuraba en ningún programa escolar: la vida.

Porque un niño no se educa solamente con libros.

Se educa escuchando cómo hablan los mayores.

Observando cómo tratan a los demás.

Descubriendo quién cumple su palabra y quién ayuda cuando nadie está mirando.

Aprendiendo qué significa el respeto.

Aquellas personas fueron impregnando mi personalidad sin que yo me diera cuenta.

Algo de don Humberto, de Noel, de Juan Moreno, de doña Florita, de don Napoleón, de don Camilo, de don Carlos Ragone y de tantos otros que ahora mi memoria no consigue nombrar fue quedándose dentro de aquel muchacho.

Y aquí quiero pedir perdón por anticipado.

Sé que me faltan nombres.

Han pasado demasiados años y sería injusto que un olvido de mi memoria pareciera un olvido del corazón.

Por eso me gustaría que quienes lean estas palabras en Santiago me ayudaran a recuperarlos.

Decidme sus nombres.

Contadme quiénes fueron aquellos profesores, vecinos y personajes que educaron a nuestra generación. Recordadme una anécdota, una frase, una costumbre.

Porque quisiera escribir sobre ellos.

Uno por uno.

No quiero que desaparezcan cuando desaparezcamos quienes todavía podemos recordarlos.

La distancia que no conocíamos

Cuando yo era niño no sabía que algún día cruzaría el océano.

No sabía que estudiaría en la universidad.

No sabía que dedicaría décadas a una profesión sanitaria, que escribiría libros y relatos, compondría canciones, volaría aviones o conocería y trataría con personas de distintos países.

Yo no sabía nada de eso.

Era simplemente un muchacho que crecía en Santiago de Chiquitos.

Pero alguien me había enseñado a leer.

Otro me había enseñado a pensar.

Alguien había puesto música delante de mí.

Y entre todos habían conseguido algo formidable:

hacerme creer que aprender merecía la pena.

Por eso, si alguna vez he alcanzado cierta responsabilidad profesional o he podido desarrollar proyectos médicos, culturales, literarios o musicales, una parte de esos logros no me pertenece completamente.

Pertenece a quienes educaron a aquel niño.

Y pertenece a Santiago.

Porque la distancia entre un pequeño pueblo y una universidad, un hospital, un escenario o cualquier puesto de responsabilidad del mundo no se mide solamente en kilómetros.

Se mide en educación.

Y un buen maestro puede acortar miles de ellos.

Ahora quiero volver

Han pasado muchos años.

Y últimamente siento una necesidad que cada vez es más difícil ignorar.

Quiero volver a Santiago una temporada.

No quiero regresar buscando mi infancia, porque sé que la infancia es el único país al que nadie puede regresar verdaderamente.

Quiero volver para agradecerla.

Caminar otra vez por aquellas calles.

Sentarme a conversar con los mayores.

Escuchar a los jóvenes.

Preguntar por los que ya no están.

Y recuperar sus historias antes de que sea demasiado tarde.

Pero también quisiera devolver algo.

Durante mi estancia me gustaría organizar talleres gratuitos de literatura, escritura y música, abiertos a los estudiantes de Santiago y también a cualquier adulto que quiera participar.

Escribir recuerdos.

Contar historias.

Hablar de música.

Quizá componer juntos.

Y aprovechar algo que nosotros no tuvimos: la tecnología.

Desde aquel pequeño rincón de Bolivia podemos hoy abrir una pantalla y conversar por videoconferencia con escritores, músicos, médicos, profesores y profesionales situados al otro lado del océano.

Me gustaría que los jóvenes de Santiago pudieran comprobarlo con sus propios ojos.

Que entendieran algo que aquel niño que fui tardó muchos años en descubrir:

nacer o crecer lejos de los grandes centros del mundo no significa estar condenado a vivir lejos de las grandes oportunidades.

El talento también nace en los pueblos pequeños.

La inteligencia no conoce fronteras.

Y una buena educación puede llevar a un muchacho mucho más lejos de lo que alcanza a ver desde la puerta de su casa.

Yo soy solamente un ejemplo.

No porque haya hecho nada extraordinario, sino porque salí de las mismas aulas, recorrí las mismas calles y miré las mismas serranías que ellos miran hoy.

Por eso, cuando vuelva, no quisiera llegar diciendo:

—Mirad hasta dónde he llegado.

Preferiría poder decir:

Mirad desde dónde salimos.

Porque detrás de cualquier cosa que haya podido conseguir estuvieron primero Santiago de Chiquitos y aquellas personas que me enseñaron.

Don Humberto Etcheverry.

Noel Menacho.

Juan Moreno.

Doña Florita y su piano.

Don Napoleón.

Don Camilo.

Y tantos otros cuyos nombres espero que mis paisanos me ayuden ahora a rescatar.

Quiero escribir sobre ellos.

Quiero que sus hijos y sus nietos sepan que alguna palabra, algún consejo, alguna nota de piano o algún gesto suyo atravesó más de medio siglo y todavía permanece vivo en alguien.

Quizá esa sea también una forma de regresar.

Porque algunas de las deudas más hermosas de la vida no se pagan con dinero.

Ni siquiera se pagan diciendo gracias.

Se pagan procurando que aquello que recibimos llegue también a quienes vienen detrás.

Y eso es lo que quisiera hacer en Santiago.

Volver.

Recordar.

Agradecer.

Y, si todavía puedo, sembrar alguna de las semillas que un día otros sembraron en mí.