DON JORGE · Episodio 5 · El hombre que hacía de todo

Pie de foto: Primera Escuela Dominical de Santiago de Chiquitos, septiembre de 1929. Los niños aparecen sentados en el banco construido por don Jorge Haight.


El primer banco lo hizo con sus propias manos. Y una vieja fotografía ha conservado aquel momento.

Es septiembre de 1929.

Un pequeño grupo de niños aparece sentado sobre un sencillo banco de madera. No hay pupitres, ni aulas, ni grandes instalaciones. Nada en aquella imagen hace pensar que estemos contemplando uno de los primeros pasos de una historia que acabaría teniendo una enorme importancia para Santiago de Chiquitos.

Pero así fue.

Era la primera Escuela Dominical de Santiago.

Y el banco sobre el que estaban sentados aquellos niños lo había construido don Jorge Haight.

Había llegado a Santiago unos meses antes, en abril de 1929, después de un larguísimo viaje desde Canadá que lo llevó por Nueva York, Brasil y Puerto Suárez antes de alcanzar aquel pequeño pueblo de la Chiquitania.

Santiago había sido fundado por los misioneros jesuitas en 1754 y, según dejó escrito doña Elena, llevaba alrededor de cincuenta años sin sacerdote residente. El cura de Puerto Suárez acudía periódicamente para atender a la población católica.

Don Jorge comenzó de una manera que, con el tiempo, acabaría definiendo buena parte de su vida en Santiago.

Haciendo cosas.

Hacían falta bancos.

Los construyó.

Hacían falta algunos muebles para una pequeña capilla.

Los hizo también.

Pero un banco vacío no servía de mucho.

Había que llenarlo.

Y don Jorge encontró una manera muy sencilla de acercarse a los muchachos del pueblo: jugar con ellos al béisbol durante sus horas libres.

No sabemos cuántos partidos hicieron falta para que aquellos jóvenes comenzaran a confiar en aquel canadiense llegado de tan lejos. Lo que sí sabemos, porque doña Elena lo dejó escrito, es que para el primer domingo Jorge había terminado un banco.

Y hubo suficientes muchachos para llenarlo.

Después hicieron falta más bancos.

Fueron llegando más niños y, poco a poco, también adultos. Aumentaron las comodidades y aumentó el número de asistentes. Doña Elena cuenta que algunos de aquellos hombres, mujeres y niños escucharon allí el mensaje evangélico y recibieron a Jesucristo como Salvador.

Aquella fotografía de septiembre de 1929 cobra entonces otro significado.

No estamos viendo solamente a unos niños sentados sobre una tabla de madera.

Estamos viendo un comienzo.

Don Jorge todavía estaba solo.

Elena llegaría después.

Se casarían en Puerto Suárez el 29 de mayo de 1930 y emprenderían aquel viaje de bodas de ocho días a caballo y mula que contamos en el episodio anterior.

Cuando llegaron juntos a Santiago, comenzó otra historia.

Una casa donde siempre cabía alguien más

La vida del matrimonio estuvo marcada desde el principio por la escasez de dinero.

También encontraron oposición entre algunos católicos más fanáticos. Pero había algo en don Jorge que poco a poco fue derribando barreras: su hospitalidad.

Su casa estaba abierta, especialmente para los más humildes.

A lo largo de los años se sirvieron allí miles de comidas y encontraron alojamiento innumerables personas. Doña Elena recuerda una escena doméstica que dice mucho de cómo era su marido.

A veces Jorge invitaba a alguien a entrar y tomar algo.

Y Elena comenzaba a preocuparse.

No porque no quisiera recibirlo, sino porque ni siquiera sabía si había algo en casa que poder ofrecerle.

Don Jorge parecía resolver aquel problema de otra manera:

primero abría la puerta.

Después ya verían qué podían poner sobre la mesa.

Cuando no había dentista

En aquellos años, don Jorge realizó numerosos viajes por los establecimientos y pueblos de los alrededores. Algunas veces Elena lo acompañaba.

No había médico ni dentista de manera permanente. Alguno podía visitar ocasionalmente la zona, pero el dolor no entiende de calendarios.

Y don Jorge tenía habilidad con las manos.

Así que comenzó también a extraer dientes.

La imagen resulta casi sorprendente: aquel hombre había cruzado medio mundo para ser misionero y ahora podían ir a buscarlo porque alguien llevaba varios días sin dormir por culpa de una muela.

Pero aquella era la realidad de Santiago.

Y don Jorge parecía haber entendido muy pronto una regla que probablemente nunca estuvo escrita en ningún manual:

cuando alguien necesita ayuda, importa menos cómo se llama tu profesión que lo que eres capaz de hacer por él.

Los muchachos que se fueron a la guerra

Después llegó la Guerra del Chaco.

Algunos de aquellos jóvenes santiagueños tuvieron que marcharse lejos de sus familias.

Don Jorge mantuvo contacto con ellos. Les escribía cartas de aliento y les enviaba noticias de sus casas. Y mientras aquellos hombres combatían, procuraba ayudar también a las familias que habían quedado en Santiago.

Durante un tiempo colaboró con la organización local de la Cruz Roja, ayudando a atender a los más necesitados.

Era otra forma de estar cerca.

A unos les ofrecía una comida.

A otros les sacaba una muela.

A quienes estaban lejos, les mandaba una carta.

De una senda a un camino

Y todavía quedaba otro enemigo: el aislamiento.

Entre Santiago y Roboré existía una senda.

Don Jorge dedicó durante años tiempo y energía a mejorarla hasta convertirla en un camino por el que pudieran circular vehículos. Después continuó colaborando en su mantenimiento.

Quizá por eso resulta difícil definir a aquel hombre con una sola palabra.

Fue misionero.

Pero también carpintero cuando hicieron falta bancos.

Dentista cuando dolían las muelas.

Anfitrión cuando alguien tenía hambre.

Compañero de juegos cuando había que acercarse a los muchachos.

Amigo de los soldados cuando estaban lejos de casa.

Y hombre de caminos cuando Santiago necesitaba estar menos aislado.

Don Jorge parecía no distinguir demasiado entre predicar y ayudar.

Para él, probablemente, ambas cosas formaban parte de la misma misión.

Y mientras todo aquello sucedía, alrededor de aquel primer banco de madera estaba germinando algo que terminaría siendo mucho más grande.

Cada vez había más niños.

Había que enseñarles.

Había que proporcionarles un lugar.

Había que pensar en su futuro.

Hasta que aquel hombre que había comenzado construyendo un banco comprendió que Santiago necesitaba algo más.

Necesitaba una escuela.

Pero esa es otra historia.

Y merece su propio capítulo.

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