
Abril de 1929.
Elena Weld se marchó.
Esta vez no había una carta de Jorge sobre la mesa ni una respuesta que tendría que esperar durante semanas.
Esta vez era ella quien iba hacia él.
Dejó atrás Estados Unidos para emprender un viaje que hoy cuesta imaginar en toda su dimensión. No era solamente la distancia. Era el tiempo, la incertidumbre y aquella enorme geografía que separaba su mundo conocido de un lugar llamado Bolivia.
Elena no viajaba sola.
La acompañaban dos matrimonios misioneros que regresaban a sus destinos en Brasil y otras seis jóvenes que, como ella, emprendían aquel viaje por primera vez.
Todas marchaban hacia una vida nueva.
Pero Elena llevaba además una historia pendiente.
En algún lugar de Sudamérica estaba Jorge.
El camino que ya había recorrido Jorge
Dos años antes, en abril de 1927, Jorge había hecho aquel mismo largo camino hacia Bolivia.
Había salido de Nueva York en vapor rumbo a Río de Janeiro. Después atravesó parte de Brasil en ferrocarril y continuó por el río Paraguay hasta alcanzar Corumbá, en la frontera brasileña.
Desde allí había seguido hacia Puerto Suárez.
Ahora Elena recorría aquella inmensa distancia.
Jorge había partido hacia una misión.
Elena también.
Pero, al final del camino, a ella la esperaba además el hombre con quien había compartido durante meses algo tan frágil y tan poderoso como unas cartas.
En aquellos años una carta podía necesitar semanas para llegar a su destino. Entre una pregunta y su respuesta podían pasar hasta dos meses.
Durante mucho tiempo fueron las palabras las que viajaron entre ellos.
Ahora viajaba Elena.
Hacia Sudamérica
El viaje continuó.
El océano quedó atrás y apareció ante ella la inmensidad de Brasil.
Cada jornada la alejaba un poco más de Michigan y la acercaba a una tierra que terminaría convirtiéndose en su hogar.
No sabemos lo que pensó durante aquellas jornadas.
Y no debemos inventarlo.
Lo que hizo basta para conocerla.
Había aceptado convertirse en misionera. Había reunido los recursos necesarios para realizar el viaje y había dejado atrás su país para dirigirse hacia uno de los rincones más apartados de Sudamérica.
Todavía no conocía Santiago de Chiquitos.
Todavía no había entrado en aquella primera escuela.
Todavía no había enseñado a sus niños.
Y todavía nadie la llamaba doña Elena.
Todo eso vendría después.
Por ahora era Helen O. Weld, una joven de Michigan que había decidido cruzar el mundo.
Hasta que llegó el día.
16 de abril de 1929.
El grupo alcanzó Corumbá.
Allí los esperaban varios misioneros.
Hubo saludos, presentaciones, equipajes que descargar y rostros desconocidos.
Y entre todos ellos había uno que Elena conocía.

Jorge Haight estaba allí.
La propia Elena, al recordar muchos años después aquel momento, lo dejó escrito con una sencillez que no necesita adornos.
De todos los misioneros que habían ido a recibirlos, el más importante para ella era Jorge.
Después de tantos meses y tantos kilómetros, aquel hombre ya no era una firma al final de una carta.
Estaba delante de ella.
Compartieron el almuerzo con los demás misioneros y, después, Elena y otra joven, Alicia Nyboer, continuaron hacia Puerto Suárez acompañadas por Jorge y los Decker.
El viaje aún no había terminado.
Pero algo había cambiado.
Elena ya no viajaba hacia Jorge.
Ahora viajaba con él.
Todavía faltaba más de un año para la boda.
Faltaba Santiago.
Faltaban caminos que recorrer a caballo y en mula.
Faltaba una escuela que comenzaría con apenas unos niños.
Y faltaba casi toda una vida.
Pero aquel 16 de abril de 1929, en Corumbá, terminó una espera.
Durante meses habían sido las cartas las que cruzaban la distancia.
Ahora podían caminar juntos.
Elena había cruzado el mundo.
Y su verdadera aventura apenas acababa de comenzar.
Continuará…