
Hay escuelas que comienzan con un edificio, un patio, varias aulas y una placa en la puerta.
Esta comenzó con ocho alumnos.
Y con una maestra.
Se llamaba Elena.
Cuando Jorge y Elena llegaron juntos a Santiago de Chiquitos en junio de 1930, después de aquella insólita luna de miel a caballo y en mula, encontraron un pueblo pequeño, aislado y con muchas cosas todavía por hacer.
Jorge ya lo conocía.
Había llegado allí por primera vez en 1928 y, al año siguiente, había comenzado a reunir a algunos muchachos.
La primera Escuela Dominical de Santiago nació en septiembre de 1929.
La fotografía todavía existe.
Unos pocos niños aparecen sentados sobre un sencillo banco construido por el propio Jorge.
No parece gran cosa.
Pero a veces uno contempla una fotografía antigua sabiendo lo que ocurrió después y descubre que está mirando algo mucho más importante de lo que quienes aparecen en ella podían imaginar.
Aquel banco fue una semilla.
Pero la historia que quiero contar hoy ocurrió unos años después.
Una escuela de verdad
En 1930 llegaron a Bolivia unos quince frailes católicos de la orden franciscana, procedentes de Europa.
Uno de ellos, fray Luis María Offner, fue destinado a Santiago de Chiquitos.
Y aquí aparece uno de esos pequeños detalles que hacen más humana la historia.
Fray Luis y don Jorge pensaban de manera diferente en cuestiones religiosas.
Pero se hicieron amigos.
Elena cuenta que ambos eran hombres íntegros y que compartían el amor por la naturaleza y los animales. Incluso salían juntos a caballo por los alrededores y, cuando conversaban, el camino parecía hacerse más corto.
A comienzos de 1932, fray Luis abrió una escuela para los hijos de sus feligreses.
Aquello hizo pensar a los miembros de la congregación evangélica.
¿Y sus hijos?
Ellos también necesitaban una escuela.
Pidieron que se hiciera lo mismo.
Y entonces volvió a ocurrir algo que empezamos a conocer bien en don Jorge.
Si hacían falta bancos, él los construía.
Si hacían falta muebles, también.
Y si hacía falta una maestra, allí estaba Elena.
El 2 de mayo de 1932 abrió sus puertas la Escuela Evangélica Particular de Santiago.
Tenía exactamente ocho alumnos.
Y su primera profesora fue Elena.
Ocho
Me gusta detenerme en ese número.
Ocho.
Hoy puede parecernos insignificante.
Pero alguien tuvo que enseñar al primero.
Alguien tuvo que construir el primer banco.
Alguien tuvo que comenzar una obra sin saber hasta dónde llegaría.
Y existe una fotografía de aquella primera clase.
Los niños están sentados juntos.
No hay grandes instalaciones.
No hay nada que anuncie todavía lo que aquello llegaría a ser.
Hay ocho alumnos y una maestra.
Y hay una idea:
que aquellos niños también debían tener la oportunidad de aprender.
La escuela fue creciendo.
En 1933, un creyente de Santa Corazón, don Ángel Bravo, pidió que recibieran a su hija Manuela para que viviera con ellos y pudiera estudiar. Poco después, Horacio Robinson hizo lo mismo con sus hijas Mittie y Aurora.
Sin haberlo buscado, Jorge y Elena se encontraron también al cuidado de alumnos internos.
Y fueron llegando más.
La fotografía de 1934 ya muestra otra imagen.

Más niños.
Más rostros.
Más futuro.
Las fotografías conservadas permiten contemplar aquel crecimiento: la primera clase de 1932, la escuela en 1934 y, muchos años después, el Colegio Evangélico en 1960.
Pero eso vendría después.
Yo prefiero regresar por un momento a aquella primera fotografía.
A los ocho.
A Elena, su primera maestra.
Y a unos bancos hechos por las manos de don Jorge.
Porque las grandes obras casi nunca saben que van a ser grandes cuando empiezan.
A veces empiezan simplemente con ocho niños, una maestra y unos bancos hechos a mano.
Y en Santiago de Chiquitos, aquella pequeña escuela acababa de comenzar su historia.
Continuará.