
«Una escuela enseña durante unas horas. Un internado termina convirtiéndose en una familia«
Eso ya lo sabemos. En Santiago de Chiquitos, aquella pequeña escuela había comenzado con apenas ocho alumnos.
Lo que Jorge y Elena todavía no podían saber era que algunos de los siguientes alumnos no llegarían únicamente con deseos de aprender.
Llegarían también para quedarse a vivir.
En 1933, un creyente de Santa Corazón, don Ángel Bravo, les hizo una petición que iba a cambiar poco a poco la dimensión de aquella pequeña escuela.
Quería enviar a su hija Manuela a Santiago para que pudiera estudiar.
Pero había un problema.
La distancia.
En aquellos años no existían los desplazamientos diarios que hoy nos parecen normales. Para muchos niños que vivían lejos de Santiago, estudiar significaba algo mucho más complicado:
tenían que abandonar temporalmente su casa.
Manuela necesitaba un lugar donde vivir.
Y Jorge y Elena abrieron el suyo.
Poco después, Horacio Robinson les pidió lo mismo para sus hijas Mittie y Aurora.
También fueron aceptadas.
Y después llegaron otros.
Uno detrás de otro.
Sin ceremonia de inauguración, sin grandes edificios y probablemente sin que nadie pudiera señalar el día exacto en que ocurrió, estaba naciendo el internado.
Cuando la escuela entró en casa
Hasta entonces, enseñar significaba recibir a los alumnos, dar las clases y verlos regresar después con sus familias.
Ahora era diferente.
Algunos ya no se marchaban al terminar la jornada.
Había que alojarlos.
Alimentarlos.
Cuidarlos.
Y al día siguiente volver a empezar.
El documento de Elena es sorprendentemente sencillo al contarlo. No presume de aquella tarea ni la convierte en una hazaña. Simplemente deja constancia de que, con los años, llegaron a tener alrededor de treinta alumnos internos, además de muchos otros alumnos externos.
Treinta.
Conviene detenerse un momento en esa cifra.
Porque treinta internos no eran solamente treinta alumnos.
Eran treinta personas que necesitaban comer y dormir cada día.
Treinta muchachos lejos de sus familias.
Treinta responsabilidades.
Y detrás de cada uno de ellos había unos padres que habían confiado a Jorge y Elena algo mucho más importante que su educación:
les habían confiado a sus hijos.
No conocemos por este documento todos los detalles de aquella convivencia. Elena no nos cuenta qué comían cada día, dónde dormía cada niño ni cómo se organizaban las noches. Y sería un error inventarlo.
Pero sí sabemos lo esencial.
La pequeña escuela había desbordado sus paredes.
Había entrado en la casa.
Una fotografía empieza a cambiar
Hay algo especialmente hermoso cuando se observan las fotografías que Elena conservó.
En la imagen de 1932 vemos aquella primera clase diminuta.
Después aparece la escuela de 1934.
Ya no son ocho.
La fotografía comienza a llenarse de niños.
Y unos años después, hacia 1938, la Escuela Dominical presenta una imagen completamente diferente: muchachos, jóvenes y adultos ocupan el espacio que unos años antes había comenzado con apenas un pequeño grupo.
Las fotografías no necesitan explicar demasiado.
Basta colocarlas una detrás de otra.
1929.
1932.
1934.
1938.

Y mirar.

Algo estaba creciendo en Santiago de Chiquitos.

Paso por paso
Elena dejó escrita una frase que explica mejor que cualquier discurso cómo ocurrió todo aquello.
Al recordar aquellos primeros años reconoció que tuvieron dificultades y sacrificios, pero que fueron avanzando:
«paso por paso».
Quizá esa sea la mejor manera de entender lo que estaban construyendo.
No existió un día en el que Jorge y Elena se levantaran por la mañana y dijeran:
—Hoy vamos a fundar un gran colegio.
Primero hubo unos niños.
Después ocho alumnos.
Después llegó Manuela.
Después Mittie y Aurora.
Después otros.
Y cuando quisieron darse cuenta, además de una escuela tenían algo que no había formado parte del proyecto inicial:
un internado.
Muchos años después vendrían nuevas aulas, profesores, cursos superiores y un colegio mucho mayor.
Pero todavía no.
Estamos en los años treinta.
Y Jorge y Elena aún tenían por delante algunas de las páginas más difíciles de su vida en Santiago de Chiquitos.
Porque mientras la escuela crecía y los niños llegaban…
fuera de Santiago comenzaba otro mundo.
Un mundo de caminos casi inexistentes, selva, aislamiento y territorios que muy pocos se atrevían a recorrer.
Y don Jorge estaba a punto de internarse en ellos.
Continuará.