Carta novena · La galería prohibida

Carta IX

Aquella caligrafía temblorosa no era fruto del frío implacable de los Andes, sino de la lucidez.

En los folios siguientes, el manuscrito adquiría la textura íntima de una confesión dictada a media voz, como si quien escribió aquellas páginas temiera que el eco de sus propias palabras despertara a los fantasmas que aún habitaban la Villa Imperial.

Pronto comprendí que ocultaba una verdad que apenas se atrevía a insinuar.

Aquel aristócrata andaluz había dejado de ser simplemente un hombre distinguido. Con el paso de los años se había convertido en una auténtica leyenda de Potosí.

No existía recepción, velada literaria, representación teatral, concierto, corrida de toros o fiesta organizada por la aristocracia minera en la que no se preguntara primero si asistiría el hidalgo andaluz.

Su presencia bastaba para elevar el prestigio de cualquier reunión.

Los anfitriones competían discretamente por conseguir su aceptación, convencidos de que una celebración sin él siempre parecía un poco más pobre.

Las damas de la alta sociedad aguardaban su llegada fingiendo indiferencia. Las más jóvenes aprovechaban cualquier ocasión para cruzarse con él en los corredores o durante los bailes. Incluso las criadas, que conocían mejor que nadie los secretos de aquellas casas, interrumpían por un instante su trabajo cuando escuchaban anunciar su nombre.

Pero el manuscrito dejaba entrever que aquel éxito iba mucho más allá de su apostura.

Sabía escuchar.

Sabía conversar.

Sabía hacer reír.

Y poseía ese extraño talento de conseguir que cualquier persona, durante unos minutos, creyera ser la más importante del mundo.

Tal vez por eso las mujeres terminaban confiándole aquello que jamás confesaban a sus propios maridos.

Conocía sus alegrías.

Sus desengaños.

Las pasiones ocultas.

Los matrimonios desgraciados.

Los hijos que nunca pudieron reconocer.

Y también los deseos que la rígida moral de la época obligaba a esconder detrás de los balcones y los abanicos.

Aquella confianza era un privilegio.

Pero también un peligro.

Porque quien conoce demasiados secretos acaba despertando demasiados enemigos.

Fue entonces cuando advertí algo que hasta ese momento me había pasado inadvertido.

La caligrafía cambiaba cada vez que el manuscrito hablaba de él.

Las letras se apretaban. Algunas palabras parecían escritas con precipitación. Otras habían sido tachadas con tanta fuerza que la tinta había traspasado el papel.

No parecía que quien escribió aquellas páginas quisiera proteger al andaluz.

Parecía que intentaba proteger a quienes habían compartido su vida.

Y, entre todos aquellos nombres silenciados, había uno que el manuscrito se negaba obstinadamente a revelar.

El de una mujer.

Las páginas siguientes abandonaban por unos instantes el tono solemne que había dominado el relato. Quien escribió aquellas líneas dejaba escapar incluso una leve ironía.

Aquel aristócrata, admirado en los salones y celebrado en las fiestas de la Villa Imperial, también sabía vivir con la intensidad de quien ignora que el destino ya ha comenzado a escribir su tragedia.

Fue precisamente durante una de aquellas interminables veladas, entre guitarras, vino de Jerez, risas y viejos cantes andaluces, cuando conoció a un hombre que acabaría cambiando el curso de su vida.

Era un prestigioso ingeniero de minas.

Trabajaba para una de las familias más poderosas de Potosí y conocía como pocos los secretos de las galerías, los drenajes y los sistemas utilizados para arrancar la plata de las entrañas del Cerro Rico.

También había nacido en Andalucía.

La amistad surgió con la rapidez con que suelen reconocerse dos paisanos lejos de su tierra.

Compartían acento.

Compartían recuerdos.

Y compartían esa manera de mirar la vida que solo quienes han crecido bajo el mismo sol son capaces de reconocer.

Una noche, ya avanzada la cena y cuando el vino había aflojado las prudencias, el andaluz le hizo una pregunta entre bromas.

—Decidme una cosa… ¿sería posible excavar una galería desde mi casa hasta otra vivienda sin que nadie llegara a sospecharlo?

El ingeniero dejó escapar una carcajada.

—Si somos capaces de perforar un monte entero para arrancarle la plata, amigo mío… unas pocas decenas de varas bajo esta ciudad serían un simple pasatiempo.

Los dos rieron.

Pero el manuscrito añadía inmediatamente una frase:

Solo uno de ellos estaba bromeando.

El ingeniero nunca preguntó para qué serviría aquella galería.

Quizá en Potosí había aprendido que existían preguntas que un hombre prudente debía evitar.

Semanas después comenzaron unas discretas obras en una importante residencia de la Villa Imperial.

Los maestros albañiles hablaban de grietas.

Los canteros, de unos cimientos fatigados por el tiempo.

Nadie encontró extraño que durante semanas entraran y salieran hombres, herramientas y materiales.

Lo que nadie podía imaginar era que, mientras todos contemplaban la reparación de unos muros, bajo las calles de Potosí avanzaba lentamente otra construcción mucho más silenciosa.

Una galería.

Excavada palmo a palmo.

El manuscrito ofrecía algunos detalles, aunque resultaba imposible saber cuánto pertenecía al relato original y cuánto había sido reconstruido después por quienes conocieron aquella historia.

Hablaba de un pasadizo estrecho, de tierra húmeda, vigas de madera y una oscuridad tan espesa que obligaba a caminar siempre acompañado por la luz vacilante de un candil.

Era una obra admirable.

Y, al mismo tiempo, una auténtica locura.

La primera vez que el andaluz descendió a aquella galería llevaba únicamente un candil de plata y un pequeño ramo de violetas.

A cada paso sentía cómo el silencio se hacía más profundo.

Sobre su cabeza dormía una de las ciudades más ricas del mundo.

Mucho más abajo, miles de hombres continuaban arrancando plata a la montaña.

Y él caminaba entre ambos mundos hacia un destino del que ya no habría regreso.

Al final del pasadizo encontró una pared.

Empujó una de las piedras.

La pared cedió.

Ella ya lo estaba esperando.

No hizo falta pronunciar palabra.

Bastó una mirada.

El manuscrito nunca describía escenas de amor. Prefería dejar que fuera el silencio quien hablara por los amantes.

Ni siquiera decía quién era aquella mujer.

Pero había algo que podía deducirse de las precauciones, de los silencios y de las palabras cuidadosamente evitadas:

no era una mujer a la que aquel hombre pudiera amar sin consecuencias.

Aquellas visitas comenzaron a repetirse.

En la superficie seguían siendo quienes el mundo esperaba que fueran.

Bajo tierra desaparecían los títulos, los privilegios y los apellidos.

Solo quedaban un hombre y una mujer intentando robarle unas horas a un destino que cada día les pertenecía menos.

Durante algún tiempo creyeron haber vencido al mundo.

Hasta que una noche algo cambió.

El andaluz avanzaba por el pasadizo cuando se detuvo.

Levantó el candil.

Una de las vigas parecía haber sido rozada recientemente.

Continuó caminando.

Un poco más adelante encontró tierra removida.

Se agachó.

Acercó la llama al suelo.

Había una huella.

Después otra.

Y otra.

No eran las suyas.

Tampoco pertenecían a los delicados zapatos de la mujer que lo esperaba al otro lado.

Eran más grandes.

Más profundas.

Más firmes.

Alguien había recorrido aquella galería después de ellos.

El andaluz permaneció inmóvil durante unos segundos, sosteniendo el candil mientras la llama temblaba entre sus dedos.

Por primera vez comprendió que aquel refugio ya no les pertenecía.

Alguien conocía el secreto.

El manuscrito terminaba aquella página con una sola frase, escrita con un trazo tan violento que la pluma parecía haber querido rasgar el papel:

«No hay galería tan secreta que la envidia no termine descubriendo.»

Leí aquellas palabras dos veces.

Después cerré lentamente el manuscrito.

Y entonces comprendí algo todavía peor.

Si alguien había entrado en la galería, no lo había hecho para descubrir adónde conducía.

Ya lo sabía.