Volando bajo

Los sábados con Jesús tenían la regularidad de una costumbre. Éramos pilotos, pero también disfrutábamos de la libertad de no seguir siempre una ruta prevista.

Salíamos a volar y nos dejábamos llevar por los valles, las montañas y, cuando el tiempo lo permitía, la costa. Uno de los dos llevaba el GPS y el otro seguía el rumbo. La radio permanecía abierta entre nosotros.

Aquel día el GPS me tocaba a mí.

Y se agotaron las pilas.

No estábamos perdidos, pero nuestra posición en el mapa se había vuelto imprecisa. Cuando nos ocurría algo parecido, buscábamos una carretera despejada y descendíamos lo suficiente para leer los carteles de los pueblos, las direcciones y las distancias.

Fue entonces, mientras sobrevolábamos unos trigales espesos, cuando desde un pequeño claro subió un estampido.

Nos habían disparado una perdigonada.

No alcanzó al avión, pero el susto nos hizo ganar altura y rodear la zona para averiguar qué había ocurrido. En medio de aquel mar verde distinguimos un coche blanco. Cerca del vehículo, una mujer parecía vestirse apresuradamente y recoger una manta del suelo.

Jesús y yo nos hablamos por radio.

La prudencia aconsejaba alejarnos, pero la curiosidad pudo más.

Desde arriba seguimos el coche. Distinguimos el modelo y anotamos la matrícula. Sus ocupantes no parecían saber que los observábamos. El vehículo terminó conduciéndonos hasta el pueblo del que procedía.

Después hicimos algunas preguntas.

Según nos contaron, el hombre era el alcalde y la mujer, una concejala. En el pueblo se decía que mantenían una relación escondida.

El asunto acabó convirtiéndose en un escándalo, pero no porque nosotros lo hubiéramos contado. El disparo había alertado a una cuadrilla de cazadores de perdices que se encontraba cerca. Fueron ellos quienes empezaron a divulgar lo sucedido.

Y entonces apareció la ironía de la historia.

El marido de la concejala formaba parte de aquella cuadrilla. Cuando supo quién era el hombre que había estado con su mujer, comentó que, si lo hubiera sabido en aquel momento, no habría disparado al avión: habría apuntado directamente al alcalde.

Años después, Jesús y yo seguimos sin saber qué fue más extraño: si el romance descubierto entre los trigales o que unas simples pilas agotadas nos llevaran, por casualidad, hasta un secreto que terminó recorriendo todo el pueblo.