El hombre del retrato

Retrato de un hombre de cabello blanco, vestido de negro, junto a documentos y un globo terráqueo.
Un rostro del pasado abre una nueva incógnita en la historia familiar.

Capítulo X

Después de leer lo ocurrido en la galería, dejé el manuscrito abierto sobre la mesa.

Aquel hombre había construido un camino bajo tierra para llegar hasta una mujer. Ahora alguien más lo recorría. Volví a las páginas anteriores buscando un nombre, una advertencia que hubiera pasado por alto.

Fue entonces cuando recordé a mi tío.

Había dedicado buena parte de su vida a reconstruir el árbol genealógico de la familia. Podía permanecer horas inclinado sobre una partida de bautismo, siguiendo con el dedo una línea que para mí no era más que una sucesión de manchas.

Una tarde, muchos años antes de que yo encontrara el baúl, me enseñó la fotografía de un retrato.

—Míralo bien, Antonio.

La imagen era pequeña y estaba oscurecida. Apenas distinguí a un hombre vestido de negro.

—Cuando lo tengas delante comprenderás por qué digo que eres su vivo retrato.

Le pregunté quién era.

—Eso intento averiguar.

Yo había olvidado aquella conversación. Mi tío, en cambio, conservó hasta el final una carpeta dedicada al cuadro.

La busqué entre los papeles que nos había dejado.

Dentro encontré cartas, fotocopias de documentos y varias fotografías del mismo lienzo. Según sus anotaciones, el retrato había pertenecido a una rama de la familia y se conservaba en una antigua casa cuyos propietarios habían permitido que lo examinara.

En una hoja había escrito:

«Capel. ¿Apellido original o nombre adoptado?»

Debajo aparecía otra palabra, subrayada dos veces:

«Inglés.»

Me quedé mirando aquella nota.

El manuscrito hablaba siempre de un andaluz. Un caballero de buena familia, instruido en leyes, recibido en las mejores casas de Potosí.

Busqué una explicación en el resto de la carpeta. Mi tío había seguido el rastro de un hombre llegado a España por mar. Las referencias eran escasas y contradictorias. En una figuraba como marinero extranjero; en otra, como intérprete al servicio de un comerciante gaditano.

Una copia incompleta mencionaba su separación de un barco.

No aclaraba si había desertado o si lo habían desembarcado por orden del capitán.

Mi tío había añadido al margen:

«La familia decía que fue pirata. No he encontrado prueba.»

Aquella observación me hizo sonreír. Incluso cuando una historia lo entusiasmaba, se resistía a dar por cierto lo que no podía demostrar.

Entre sus papeles estaba también la dirección de la casa.

Días después fui a ver el retrato.

La propietaria me condujo hasta una sala estrecha. El cuadro colgaba entre una consola y una ventana, en un lugar donde la luz apenas alcanzaba la parte inferior del lienzo.

Reconocí enseguida la fotografía de mi tío.

El hombre vestía de negro, con una golilla blanca que destacaba sobre el rostro moreno. Tenía una mano apoyada junto a unos documentos; la otra descansaba sobre el pomo de una espada. Sobre la mesa había un mapa parcialmente desplegado.

Me acerqué.

El cristal comenzó a devolver mi reflejo.

Moví ligeramente la cabeza y mi rostro quedó superpuesto al suyo.

Los ojos. La frente. La línea de la nariz.

Incluso aquella inclinación del cuello que tantas veces me habían señalado en las fotografías.

Retrocedí un paso.

—Su tío hizo lo mismo —dijo la mujer.

Me volví hacia ella.

—¿Qué hizo?

—Acercarse, apartarse y volver a mirar. Estuvo aquí casi una hora.

Le pregunté si sabían algo del hombre.

—En casa siempre lo llamaron el inglés. Aunque mi abuelo decía que venía de Cádiz.

Miré de nuevo el cuadro.

Hasta entonces solo había visto su cara. Ahora reparé en la mano apoyada sobre los documentos. En el dedo pequeño llevaba un anillo oscuro.

Me incliné para distinguirlo mejor.

El pintor había reproducido una piedra verde atravesada por una veta clara.

Sentí que recordaba haber leído algo semejante.

Pedí permiso para fotografiar el detalle.

Aquella noche, de regreso en casa, recorrí otra vez el manuscrito. Encontré la referencia en el margen de una hoja anterior a la emboscada. La había tomado por una descripción sin importancia: el caballero hacía girar, mientras escuchaba a sus invitados, un anillo de piedra verde.

La anotación incluía un detalle que entonces no había entendido.

«Lo conservaba de sus años de mar.»

Puse la fotografía junto al papel.

El parecido podía ser una sugestión. Un anillo semejante podía haber pertenecido a muchos hombres. Sin embargo, por primera vez tenía algo que buscar más allá de mi propia impresión.

Seguí leyendo.

Entre dos folios había una hoja doblada, más pequeña que las demás. Una mancha de humedad había borrado buena parte de la escritura, pero el centro aún era legible.

Hablaba de Cádiz.

De un extranjero acogido en casa de un comerciante.

De años aprendiendo la lengua, llevando cuentas y escribiendo cartas para hombres que negociaban con las Indias.

Allí había oído hablar de Potosí.

Los mercaderes discutían sobre cargamentos, préstamos y fortunas ganadas al otro lado del océano. Él escuchaba. Sabía de barcos y de puertos; empezó a aprender también de deudas, apellidos y recomendaciones.

Cuando partió hacia América llevaba dinero prestado y una carta de presentación.

El manuscrito no decía de dónde había obtenido ninguna de las dos cosas.

Tampoco explicaba cuándo comenzó a presentarse como andaluz.

La última línea conservaba una corrección. Quien la escribió había tachado una palabra y colocado otra encima.

Acercando la hoja a la lámpara pude leer ambas.

Donde ahora decía «caballero», antes había dicho «marinero».

Permanecí un rato con el papel entre las manos.

Pensé en su facilidad para conversar, en la atención con que escuchaba a los poderosos, en aquel cuidado por ocupar siempre el lugar adecuado. Empecé a preguntarme cuánto había aprendido y cuánto había tenido que inventar para llegar hasta allí.

Volví a la carta de la galería.

Las huellas seguían al final de la página. Grandes, profundas, ajenas a los amantes.

Hasta esa noche había supuesto que quien las dejó buscaba descubrir a una mujer.

Ahora miraba la fotografía del retrato.

Aquel hombre había cruzado un océano y cambiado de vida. Quizá también de nombre.

Y alguien, en Potosí, podía haberlo reconocido.