El doctor Coro y su récord inolvidable

Tuvimos un compañero en la Facultad que no encajaba en el molde habitual del estudiante de Medicina. No era un muchacho joven con sueños por estrenar, ni alguien que buscara un futuro brillante en quirófanos o congresos internacionales. Era un militar jubilado, coronel, con bigote serio, recto como una orden y una mirada que mezclaba orgullo, disciplina… y una vieja espina clavada: toda su vida había querido ser médico.

Y lo consiguió tarde, pero lo consiguió.
Estudió con nosotros, aprobó con nosotros, se licenció con nosotros… y cuando llegó la hora de convertirnos en residentes hospitalarios, a él también lo aceptaron. Pero el destino nunca deja de tener sentido del humor. O de crueldad.

Por su edad ya no podía hacer especialidad. No iba a ser cirujano, ni internista, ni pediatra. El hospital, práctico como siempre, decidió aprovechar que tenía el título médico… pero no para curar, sino para firmar. Firmar partes. Firmar despedidas. Firmar el último documento que acredita que alguien deja de estar en el mundo.

Y así, nuestro coronel convertido en médico terminó ocupando el puesto más triste del hospital: era el responsable de firmar los certificados de defunción.

Nosotros, que éramos jóvenes, inconscientes y llenos de bromas crueles —porque la juventud también se ríe de lo que duele—, empezamos a llamarlo el doctor Coro, diminutivo de Coronel. Y cuando lo veíamos atravesar los pasillos con aquel bigote marcial y su paso firme, todos sabíamos que no iba a curar a nadie… iba a confirmar que ya no había nada más que hacer.

Era inevitable: surgieron chistes, comentarios, ironías de guardia.
—Ahí va el Guinness —decíamos—, el hombre que más gente ha mandado al cementerio en la historia del hospital.
Y él, con humor más británico que español, respondía:
—Los sepultureros nunca se quedarán sin trabajo… conmigo están tranquilos.

Y no exagerábamos: fue, sin duda, el médico que más partes de defunción firmó en la historia del hospital. Ese fue su destino médico. Ese fue su récord.

En la cafetería siempre había alguien que preguntaba:
—Coro… ¿cuántos te has despachado hoy?
Y él sonreía resignado, como quien sabe que la vida le concedió el título… pero le negó la gloria.

Porque el doctor Coro cumplió, sí… pero cumplió siempre al final de la historia. Y no hay récord más amargo que ese.