DON JORGE · Episodio 6 · Doña Elena

La mujer al otro lado de las cartas

Antes de compartir una casa, compartieron cartas.

Y aquellas cartas no viajaban deprisa.

Entre Bolivia y los Estados Unidos podían pasar semanas, hasta el punto de que una pregunta y su respuesta llegaban a estar separadas por casi dos meses. Tiempo suficiente para imaginar, para esperar y también para equivocarse.

Doña Elena reconocería muchos años después que durante aquel noviazgo hubo malentendidos.

No es difícil comprenderlo.

George Thomas Haight estaba al otro lado de un continente, abriéndose camino por un país que apenas conocía. Helen Weld seguía en Estados Unidos. Entre los dos no había teléfono ni ninguna de las facilidades que hoy convierten la distancia en unas horas.

Había papel.

Había tinta.

Y había espera.

Hasta que una de aquellas cartas llegó desde Bolivia con una pregunta que iba a cambiar sus vidas.

Jorge le pedía que se casara con él.

Pero para comprender por qué una joven norteamericana estuvo dispuesta a responder a aquella proposición y, más tarde, atravesar medio mundo para encontrarse con el hombre que la esperaba en Sudamérica, hay que regresar algunos años atrás.

Antes de ser doña Elena, fue Helen Weld.

Pie de foto: Elena con un año de edad y, años después, durante su adolescencia.

Una muchacha de Michigan que tenía familia, trabajo y una vida que podía haber transcurrido sin grandes sobresaltos.

Durante años trabajó como estenógrafa. Los documentos conservados de aquella época hablan de una joven responsable y apreciada en su empleo. Podía haber seguido aquel camino.

Pero eligió otro.

La fe había ido ocupando un lugar cada vez más importante en su vida y Helen tomó una decisión que terminaría alejándola de todo lo conocido.

Quería prepararse para servir como misionera.

Su camino la llevó a Chicago y al Moody Bible Institute. Allí trabajó, estudió y profundizó en su formación bíblica. Y allí sucedió algo que acabaría uniendo para siempre su nombre al de un hombre que, muchos años después, todo Santiago de Chiquitos conocería como don Jorge. George Thomas Haight estaba terminando sus estudios cuando, durante una cena, conoció a aquella joven de Michigan.

La propia Elena lo contaría años después con una sencillez que casi desarma:

Comenzó un enamoramiento.

No tuvieron demasiado tiempo para vivirlo como cualquier otra pareja.

Jorge tenía un destino.

Bolivia.

Y se marchó.

Entonces las cartas ocuparon el lugar de los encuentros.

Atravesaban países y fronteras. Había que escribirlas sabiendo que la respuesta tardaría semanas. Había que leerlas y releerlas, interpretar una frase y convivir con una duda porque no existía la posibilidad de preguntar al instante qué había querido decir el otro.

Así continuó aquel noviazgo a miles de kilómetros de distancia.

Con esperas.

Con algún malentendido.

Y con una decisión cada vez más cercana.

Hasta que llegó aquella carta.

Desde Bolivia, Jorge le proponía matrimonio.

Helen Weld tuvo entonces que responder a algo mucho mayor que una petición de boda.

Aceptar a Jorge significaba aceptar también Bolivia. La distancia. La misión. Un país desconocido. Una vida de la que apenas podía imaginar su verdadera dimensión.

Pero había algo que Jorge no necesitaba pedirle.

Helen ya había elegido el camino misionero.

Faltaba saber adónde la llevaría.

Y un día, aquel lugar remoto que hasta entonces solo había conocido a través de mapas, noticias y cartas dejó de ser únicamente un nombre escrito sobre el papel.

Bolivia empezaba a convertirse en su destino.

Y al otro lado del camino, esperándola, estaba Jorge.

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