
Episodio II · El niño que tuvo que aprender a estar solo
Antes de ser don Jorge hubo un niño llamado George Thomas Haight.
Nació el 21 de enero de 1895, en Corson’s Siding, Ontario, Canadá. Era el cuarto de siete hermanos, hijo de Hiram Haight y Georgina Corson Haight.
Su vida pudo terminar casi antes de empezar.
Durante su infancia estuvo una vez al borde de la muerte. Según dejó escrito doña Elena muchos años después, logró recuperarse después de que su madre suplicara a Dios por su vida.
Pero aquella madre que había temido perder a su hijo sería precisamente quien desaparecería demasiado pronto.
Jorge tenía siete años cuando murió su madre.
Dos años después murió también su padre.
Tenía nueve años y ya era huérfano.
Los siete hermanos fueron criados por tíos y tías. La hermana mayor tuvo que asumir buena parte de la responsabilidad de cuidar a los pequeños.
Cuando leo ahora estos datos pienso inevitablemente en el hombre que yo conocí tantos años después en Santiago de Chiquitos.
Hay rasgos de una persona que quizá empiezan a construirse mucho antes de que nadie pueda advertirlos.
Don Jorge era un hombre acostumbrado a resolver.
A hacer.
A no esperar demasiado de los demás.
Quizá algo de aquel carácter empezó a formarse entonces.
No puedo asegurarlo.
Y no quiero hacerlo.
Porque esta historia no pretende inventar lo que los documentos no cuentan. Quiero contar a don Jorge desde lo que conozco, desde mis recuerdos y desde los testimonios que han sobrevivido.
Y lo que sí sabemos es que tuvo que abandonar demasiado pronto la infancia.
Siendo todavía muy joven dejó los pasatiempos propios de su edad para asumir responsabilidades. Trabajó en la provincia de Ontario y fue aprendiendo algunos oficios que, muchos años después y a miles de kilómetros de allí, terminarían resultándole extraordinariamente útiles.
En verano trabajaba como campesino.
En invierno cazaba acompañado por sus perros.
Entonces no podía imaginar que aquella capacidad para desenvolverse con sus propias manos acabaría siendo tan importante en otro continente.
Porque todavía le esperaba otra prueba.
Y esta vez no sería solamente suya.
Sería la de toda una generación.
La guerra
En 1916 Europa llevaba dos años en guerra.
Y a Jorge le llegó el turno.
Tenía veintiún años cuando se alistó en las Fuerzas Expedicionarias Canadienses.
Atrás quedaban los campos de Ontario, los inviernos de caza y aquella infancia que había terminado demasiado pronto.
Delante estaban Francia y Bélgica.
Tres años y medio de guerra.
Cuando miro ahora aquella fotografía suya vestido de militar, me cuesta encontrar al don Jorge que yo conocí en Santiago.
El uniforme.
La postura.
El rostro de muchacho.
Todavía no estaba allí el maestro.
Ni el director de la escuela.
Ni el hombre que años después recorrería caminos bolivianos, atravesaría lugares casi inaccesibles y dedicaría buena parte de su existencia a enseñar.
Y, sin embargo, era él.
En marzo de 1919, terminada la guerra, fue desmovilizado en Toronto. Su hermano menor, Juan, también había servido durante dos años en aquellos campos de batalla.
Jorge regresó a Canadá.
Había sobrevivido.
Pero todavía no había encontrado el rumbo que terminaría definiendo su existencia.
Una noche de 1922
Hay fechas que pasan inadvertidas mientras ocurren y que, sin embargo, terminan dividiendo una vida en dos.
Para Jorge una de ellas fue el 5 de febrero de 1922.
Hasta entonces, según cuenta doña Elena, sabía poco sobre la salvación que después ocuparía el centro de su vida.
Aquella noche escuchó la predicación de la Palabra de Dios.
Después regresó a su habitación.
Allí, junto a su cama, se arrodilló y tomó una decisión que cambiaría el resto de su existencia: recibió a Jesucristo como su Salvador.
Tenía veintisiete años.
A la mañana siguiente ocurrió algo que, leído más de un siglo después, me parece revelador.
Sintió que tenía que contárselo a alguien.
Y salió a hacerlo.
Todavía no era misionero.
No había estudiado para serlo.
No sabía que acabaría en Sudamérica.
Mucho menos podía imaginar Santiago de Chiquitos.
Pero algo había cambiado.
Meses después, el 9 de julio de 1922, fue bautizado en la fe evangélica.
Y entonces tomó otra decisión.
Quería estudiar.
El Instituto Bíblico Moody
Jorge solicitó ingresar en el Instituto Bíblico Moody de Chicago.
Había un problema.
No tenía suficiente dinero.
Pensaba trabajar mientras estudiaba, pero finalmente fue aceptado y pudo continuar su formación.
Aquí vuelvo a reconocer al hombre que conocí muchos años después.
Cuando había una dificultad, don Jorge buscaba la manera de resolverla.
En agosto de 1925 terminó sus estudios en Moody.
Podría haber regresado a Canadá.
Podría haber construido allí su vida.
Pero durante aquellos años ocurrió algo que acabaría empujándolo hacia un lugar situado a miles de kilómetros.
En el instituto escuchaba hablar a misioneros que regresaban de distintos lugares del mundo.
Uno de ellos contó sus experiencias viajando por una zona del oriente de Bolivia.
Bolivia.
Aquel nombre debió de sonar extraordinariamente lejano para un joven canadiense de comienzos del siglo XX.
El misionero habló de lugares apartados, de poblaciones dispersas y de personas que, según sus convicciones, necesitaban escuchar el mensaje cristiano.
Y Jorge comenzó a plantearse una posibilidad que hasta entonces no había formado parte de sus planes.
Ser misionero.
Solicitó ingresar en una organización misionera y fue aceptado.
Pero apareció otra vez el mismo obstáculo.
El dinero.
No disponía de fondos suficientes para emprender el viaje. Una mujer cristiana de la Iglesia Moody de Chicago aportó una parte y el resto se reunió mediante pequeñas contribuciones.
Poco a poco, aquel viaje imposible empezó a convertirse en realidad.
Y cuando pienso en aquel momento resulta difícil no mirar hacia atrás.
El niño que había perdido a su madre a los siete años.
El huérfano de nueve.
El muchacho que trabajaba en los campos de Ontario.
El joven que había pasado tres años y medio en la guerra.
El estudiante que no tenía dinero suficiente para pagarse sus estudios.
Ahora preparaba una maleta.
Su destino era Sudamérica.
Todavía no conocía Santiago de Chiquitos.
Todavía no conocía a doña Elena.
Y probablemente ni siquiera podía imaginar dónde terminaría aquel viaje.
Pero el camino que acabaría llevándolo hasta nosotros ya había comenzado.
Al otro lado del continente americano lo esperaba Bolivia.
Y en la vida que acababa de elegir también aparecería una joven llamada Elena Weld.
Pero esa ya es otra parte de la historia.
Continuará.