DON JORGE III · El camino hacia Santiago


Episodio lll. El camino hacia Santiago

Don Jorge todavía no sabía que estaba viajando hacia el lugar donde acabaría dejando, gota a gota, buena parte de su vida.

En septiembre de 1928 salió de Puerto Suárez rumbo a Santa Cruz. No era un viaje como hoy podemos imaginarlo; no había una carretera de asfalto que permitiera devorar los kilómetros, ni el rugido de un motor aguardando para llevarlo a su destino. Había, en cambio, caminos inciertos, bueyes, equipajes, noches al raso y una extensión de Bolivia que, para aquel canadiense, debía de parecer interminable.

Había llegado desde muy lejos.

Había conocido el horror de las trincheras, había regresado vivo de Europa y había estudiado en Chicago. Podría haber elegido una existencia mucho más cómoda. Sin embargo, allí estaba, abriéndose paso por el oriente boliviano con Biblias entre su equipaje y una convicción que terminaría por marcar el rumbo del resto de sus días.

Durante aquel viaje visitaba poblaciones, se detenía donde podía y después continuaba la marcha. Don Jorge y su ayudante iban montados en bueyes, mientras un tercero transportaba las Biblias y las provisiones. La mayor parte de las noches las pasaban al aire libre, con las hamacas y los mosquiteros colgados entre los árboles y las armas a mano para protegerse de los animales silvestres y las víboras. Algunas veces encontraban una estancia donde pasar la noche. Entonces, una humilde casita debía de parecerles un lujo.

Hoy, cuando pienso en internarme yo mismo por el oriente boliviano, me preparo con precauciones. Vacunas, repelentes contra los insectos y todas esas pequeñas seguridades que los hombres de nuestro tiempo damos por hechas.

Y entonces pienso en don Jorge.

En aquellos años no disponía de casi ninguna de las defensas que hoy consideramos elementales. Se adentraba por caminos que apenas podían llamarse caminos, dormía donde podía y se enfrentaba a una naturaleza que no hacía concesiones.

Quizá por eso, ahora que los años me permiten mirar las cosas de otra manera, mi admiración por él es todavía mayor.

De niño solo veía a don Jorge. Hoy, al fin, empiezo a comprender al hombre.

En el viaje de regreso, después de pasar unos días en Santa Cruz, hubo un nombre que quedó prendido para siempre en su memoria.

Santiago.

Don Jorge pasó por Santiago de Chiquitos y aquel pequeño pueblo le impresionó profundamente. Tanto, que pensó que algún día podría establecer allí una misión.

Lo que no podía sospechar era hasta qué punto Santiago terminaría también apoderándose de él.

Yo conocí muchos años después al hombre que había realizado aquel viaje.

Para mis ojos de niño no era el canadiense que había atravesado medio continente, ni el veterano de la Primera Guerra Mundial, ni el hombre formado en un instituto bíblico de Chicago.

Era, simplemente, don Jorge.

El hombre tranquilo que formaba parte del paisaje cotidiano de mi infancia.

Y quizá por eso me resulta tan extraño, y a la vez tan fascinante, reconstruir ahora sus huellas. Porque uno rara vez se detiene a pensar que esas personas que estuvieron a nuestro lado tuvieron una vida mucho antes de que nosotros apareciéramos en la suya.

Mucho menos una vida así.

Todavía faltaba, sin embargo, algo decisivo.

Mientras don Jorge recorría aquellos caminos de Bolivia, a miles de kilómetros de distancia una joven llamada Elena Weld estaba a punto de entrar en su vida.

No se conocían.

Durante sus últimos días en el Instituto Bíblico Moody, don Jorge había encontrado la dirección de una muchacha del estado de Michigan destinada a convertirse en su esposa. Empezó entonces una correspondencia entre dos personas separadas por miles de kilómetros. Hubo cartas, dudas y hasta algunos malentendidos, pero finalmente Elena aceptó viajar como misionera a Bolivia.

Primero fueron las cartas.

Después, Elena emprendió un viaje que la llevaría desde Estados Unidos hasta Brasil y, finalmente, a Bolivia.

Y después llegaría Santiago.

Pero esa ya es otra historia.

Continuará.

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