
Episodio I · ¿Quién fue don Jorge?
Durante muchos años, para mí fue simplemente don Jorge.
El hombre al que vi levantarse cada mañana para ir a una escuela en un rincón de Bolivia. El maestro, el director, el misionero. Un hombre de pocas estridencias, acostumbrado a resolver los problemas sin hacer demasiado ruido y al que, siendo niño, yo veía como vemos a los adultos que forman parte de nuestro mundo: como si siempre hubieran estado allí.
Pero los niños tardamos muchos años en descubrir que quienes nos rodean tuvieron una vida antes de que nosotros llegáramos.
Yo tardé demasiado.
Mucho después comprendí que aquel hombre que llegó a Santiago de Chiquitos, y que acabaría dedicando buena parte de su existencia a enseñar a generaciones de niños y jóvenes, había sido antes otro niño.
Un niño nacido a miles de kilómetros de Bolivia, en Canadá, al que la vida golpeó muy pronto.
Perdió a sus padres. Conoció la soledad. Y después llegó la guerra.
Cuando hoy miro las fotografías de aquel joven vestido de militar, me cuesta reconocer en él al don Jorge que conocí. Busco en su rostro algún indicio de aquel hombre sereno de Santiago y, sin embargo, encuentro a un muchacho que todavía ignoraba casi todo lo que le esperaba.
No sabía que cruzaría fronteras.
No sabía que un día llegaría a Bolivia.
No sabía que conocería a Elena.
Y mucho menos podía imaginar que, en un pequeño pueblo de la Chiquitania llamado Santiago de Chiquitos, terminaría dejando una huella que sobreviviría muchos años después de su muerte.
Esta es su historia.
O, al menos, la historia de don Jorge tal como yo puedo contarla: desde mis recuerdos y desde los documentos y testimonios que han sobrevivido al paso del tiempo.
No pretendo escribir una biografía académica ni hablar en nombre de quienes también lo conocieron. Esta será mi mirada. La de aquel niño que convivió con don Jorge sin saber todavía que, detrás del maestro que veía cada día, se escondía una existencia extraordinaria.
Una existencia que había comenzado muy lejos de Santiago.
Porque para entender cómo aquel hombre terminó enseñando en un pequeño pueblo boliviano hay que retroceder muchos años y viajar miles de kilómetros.
Hay que volver a Canadá.
Hay que regresar a su infancia.
Y hay que conocer primero a aquel niño que todavía no podía imaginar todo lo que la vida iba a exigirle antes de conducirlo hasta nosotros.
Continuará.