DON JORGE HAIGHT· EPISODIO 11 · Los cinco hombres que no regresaron

Grupo de personas ante una construcción en Santiago de Chiquitos, Bolivia
Don Jorge Haight y la vida misionera en Santiago de Chiquitos.

Diciembre de 1943.

Cinco hombres habían desaparecido en el monte.

No regresaban.

En aquellos años, una desaparición en Santiago de Chiquitos no podía resolverse con una llamada telefónica.

Además, una avioneta de rescate o unas coordenadas enviadas desde algún lugar remoto no bastaban.

En la inmensidad de la Chiquitania, cuando alguien se internaba en el monte y dejaba señales, solo quedaba una posibilidad.

Salir a buscarlo.

Y eso fue lo que hizo don Jorge.

Trayectoria desde Santiago de Chiquitos

Además, para entonces llevaba muchos años recorriendo los caminos que salían de Santiago de Chiquitos hacia aldeas y pequeños asentamientos. No viajaba solamente como misionero. Elena cuenta que tenía una gran habilidad práctica y que, cuando alguien necesitaba ayuda, era frecuente escuchar:

—Don Jorge, ¿podría venir?

Había colaborado incluso con la Cruz Roja local y dedicado tiempo y esfuerzo a mejorar y mantener el camino entre Santiago y Roboré. Pero había otro territorio que le atraía especialmente.

El de los ayoreos.

Don Jorge quería llegar hasta ellos y establecer contacto. Para conseguirlo había realizado varias expediciones acompañado por hombres de la zona escogidos precisamente porque conocían el territorio.

No debieron de ser viajes sencillos.

Una de las páginas del relato de Elena conserva tres fotografías bajo un mismo título: «Expediciones a los Ayoréos».

En ellas no hay carreteras.

Hay monte.

Hombres avanzando entre vegetación cerrada.

Equipaje transportado como se podía.

Y una de esas construcciones levantadas con materiales del propio bosque que recuerdan hasta qué punto, una vez dentro, la distancia ya no se medía únicamente en kilómetros. Entonces llegó diciembre de 1943.

Y esta vez el motivo para internarse en aquel territorio era mucho más grave.

Cinco desaparecidos

Familias indígenas en la selva de Bolivia, territorio de las expediciones misioneras

Cinco misioneros de la organización Nuevas Tribus habían desaparecido.

El relato que dejó Elena es escueto. Quizá precisamente por eso impresiona más.

Escribe que don Jorge encabezó dos expediciones en busca de los cinco misioneros.

La primera tenía un propósito muy concreto: averiguar personalmente qué había sucedido. Hay una frase que, leída más de ochenta años después, permite imaginar la incertidumbre de aquellos días.

Había que ir a comprobarlo.

No esperar noticias.

No telefonear.

No preguntar a alguien que estuviera cerca.

Ir.

Adentrarse en el mismo territorio del que cinco hombres no habían regresado.

Y don Jorge fue.

No iba solo. Conocía demasiado bien aquellos caminos para cometer semejante imprudencia. En sus expediciones anteriores había contado con hombres de la región que sabían orientarse en el monte, interpretar los senderos y moverse por lugares donde un extraño podía perderse con facilidad.

Debieron avanzar durante horas, quizá durante días.

Aquí prefiero detenerme.

Porque los documentos que tenemos no dicen cuánto duró aquella búsqueda, qué comieron, dónde durmieron ni qué conversaciones mantuvieron durante el camino.

Y no quiero inventarlo.

Lo que sí sabemos es que hubo una primera expedición.

Y después hubo una segunda.

La noticia que nadie quería encontrar

Finalmente se supo lo ocurrido.

Los cinco hombres habían muerto.

Elena escribe que posteriormente quedó confirmado que habían sido asesinados. Y aquí conviene mirar aquellos acontecimientos desde la distancia de más de ochenta años.

Los documentos misioneros de aquella época fueron escritos desde la perspectiva de quienes intentaban penetrar en territorios indígenas y evangelizar a sus habitantes. Hoy sabemos que el encuentro entre mundos tan distintos fue mucho más complejo de lo que aquellas páginas podían explicar.

Por eso sería injusto convertir esta historia simplemente en un relato de «civilizados contra salvajes».

No sabemos, por este documento, qué ocurrió exactamente durante el encuentro que terminó con la muerte de aquellos cinco hombres.

No conocemos sus palabras.

No conocemos la versión de los indígenas.

Solo conocemos el desenlace que llegó hasta quienes esperaban noticias en Santiago.

Cinco hombres habían salido y no regresarían.

Y don Jorge había formado parte de quienes se internaron en el monte para descubrir qué les había sucedido.

El otro don Jorge

Hasta ahora hemos conocido principalmente al hombre que construía bancos, levantaba escuelas, recibía niños, recorría pueblos y ayudaba a quien llamaba a su puerta.

Pero aquella expedición descubre otro personaje.

El hombre capaz de abandonar la relativa seguridad de Santiago y adentrarse en un territorio difícil porque cinco personas habían desaparecido.

Quizá ahí se entienda mejor algo que aparece repetidamente en los recuerdos de quienes lo conocieron.

Don Jorge no parecía distinguir demasiado entre aquello que le correspondía hacer y aquello que simplemente había que hacer.

Si un camino necesitaba mantenimiento, ayudaba.

Si alguien estaba enfermo, acudía.

Si había que recorrer una aldea, iba.

Y cuando cinco hombres desaparecieron en el monte, salió a buscarlos.

No encontró el final que habría deseado.

Pero regresó sabiendo la verdad.

Y algunas veces, en aquellos años y en aquellos lugares, encontrar la verdad era lo único que podía traerse de vuelta del monte.

Una fotografía para detenerse

Entre las páginas de La Mano Guiadora de Dios quedan aquellas tres pequeñas fotografías.

Los hombres aparecen diminutos frente al bosque.

No hay poses heroicas.

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