DON JORGE HAIGHT · EPISODIO 12 — Tras el rastro de los cinco misioneros desaparecidos

Tenían nombres, rostros y familias que los esperaban. En 1944, Jorge Haight salió a buscarlos.

LA CARRETA DE BUEYES

Pie de foto: Viajar entonces era otra cosa. Carretas tiradas por bueyes, caminos difíciles y jornadas en las que recorrer unos pocos kilómetros podía llevar horas.

Hubo un tiempo en que Santiago de Chiquitos parecía estar al final de todos los caminos.

Para Jorge Haight, sin embargo, algunos caminos empezaban precisamente allí.

Durante sus primeros años en Santiago recorrió establecimientos y poblaciones alejadas. Tenía habilidad para resolver problemas prácticos y con frecuencia lo llamaban desde lugares distantes. Durante la Guerra del Chaco mantuvo contacto con soldados santiagueños heridos y colaboró durante un tiempo con la Cruz Roja local. 

Pero había algo que despertaba especialmente su interés.

Más allá de los lugares conocidos se extendían territorios habitados por los ayoreos, un pueblo con el que entonces apenas existía contacto estable.

Jorge quería llegar hasta ellos.

Y comenzó a organizar expediciones.

No eran viajes como hoy entendemos un viaje.

Había lugares sin carreteras, jornadas a caballo o en carretas tiradas por bueyes, campamentos improvisados y largas marchas por el monte.

A veces el camino no estaba allí.

Había que encontrarlo.

En La mano guiadora de Dios, doña Elena recuerda expresamente el interés de don Jorge por llegar hasta los ayoreos y señala que realizó varias expediciones acompañado por hombres de la región. 

El propio documento conserva fotografías bajo un título que hoy adquiere un significado especial:

«Expediciones a los Ayorés».

EXPEDICIÓN SOBRE LAS ROCAS

Una de aquellas expediciones por el territorio oriental boliviano. Los documentos y fotografías conservados permiten imaginar las dificultades de unos desplazamientos realizados por lugares prácticamente incomunicados.

Cinco hombres entraron en el monte

En 1943 otra expedición avanzaba por aquella misma región.

Pertenecían a New Tribes Mission, una organización misionera fundada poco antes en Estados Unidos.

Eran cinco.

Y esta vez conocemos sus nombres:

Cecil Dye, Robert “Bob” Dye, Dave Bacon, George Hosbach y Eldon Hunter.

Existe una fotografía de ellos tomada antes de la tragedia.

Son jóvenes.

Sonríen.

Y eso es quizá lo que más impresiona al contemplarla hoy.

Ellos todavía no sabían lo que nosotros sabemos.

LOS CINCO MISIONEROS

Retratos de los cinco misioneros desaparecidos en territorio ayoreo en 1943: Cecil Dye, Bob Dye, Dave Bacon, George Hosbach y Eldon Hunter, de izquierda a derecha.

Los cinco misioneros que no regresaron. Cecil Dye, Robert “Bob” Dye, Dave Bacon, George Hosbach y Eldon Hunter. La fotografía conserva sus rostros antes de internarse en territorio ayoreo.

Habían decidido intentar establecer contacto con los ayoreos.

Antes de internarse definitivamente dejaron una instrucción muy sencilla:

si transcurría aproximadamente un mes sin recibir noticias, debían salir a buscarlos.

El mes pasó.

No regresaron.

Y entonces comenzó la espera.

Las que quedaron atrás

Tres de aquellos hombres estaban casados.

Mientras ellos avanzaban hacia un territorio del que apenas llegaban noticias, sus mujeres permanecieron esperando.

Al principio todavía existía una explicación posible.

Un retraso.

Una dificultad en el camino.

Una enfermedad.

Cualquier cosa que permitiera pensar que seguían vivos.

Pero fueron pasando los días.

Después las semanas.

Y seguían sin regresar.

Una de aquellas mujeres, Jean Dye, escribiría años después la historia en un libro titulado God Planted Five Seeds —Dios plantó cinco semillas—.

Su testimonio permitiría conservar una parte de aquella historia que difícilmente habría llegado hasta nosotros.

LAS MUJERES

Dorothy Dye, Jean Dye y Audrey Bacon, de izquierda a derecha, esposas de tres de los misioneros desaparecidos en territorio ayoreo en 1943.

Mientras unos se internaban en el monte, otros esperaban. Para las familias, el silencio convirtió primero la ausencia en preocupación y después en una angustiosa búsqueda de respuestas.

Entre aquellas mujeres estaba Audrey Bacon.

Y su historia tenía una circunstancia especialmente dolorosa.

Estaba embarazada.

Su marido había elegido ya el nombre de la niña que esperaban.

Avis Marie.

Dos fotografías históricas restauradas y coloreadas: retrato de una mujer a la izquierda Audrey Bacon  y una mujer con un bebé en brazos al aire libre a la derecha. Avis Marie.

La pequeña nació el 9 de marzo de 1944.

Su padre nunca llegó a conocerla.

No añadiría nada más.

Esa frase necesita espacio.

Don Jorge sale a buscarlos

La desaparición acabó siendo conocida también en Santiago de Chiquitos.

Y aquí nuestra historia vuelve a encontrarse directamente con Jorge.

Elena lo dejó escrito.

En 1944, Jorge encabezó dos expediciones para averiguar qué había sucedido con aquellos cinco hombres.

La segunda penetró todavía más profundamente en territorio ayoreo.

CAMPAMENTO DE TELA

El monte obligaba a improvisarlo casi todo. Refugios de tela, equipo reducido y largas jornadas lejos de cualquier población formaban parte de aquellas expediciones.

Ahora sabemos por qué esta parte de la vida de Jorge merece ser contada.

No salió para conocer un lugar nuevo.

Salió porque había cinco hombres que no habían vuelto.

Las partidas penetraron en el territorio buscando alguna señal.

Se encontraron indicios de que los desaparecidos habían estado allí, pero sus cuerpos no aparecieron.

Durante un tiempo nadie pudo responder con certeza a la pregunta que atormentaba a quienes esperaban:

¿qué les había sucedido?

El testimonio de Elena resume el desenlace con muy pocas palabras.

Finalmente se confirmó que habían muerto.

Y ahí conviene detenernos.

Porque conocer cómo murieron llevaría mucho más tiempo.

El pueblo al que querían llegar

También sobrevivieron fotografías de los ayoreos de aquellos años.

Contempladas hoy necesitan respeto y contexto.

No eran simplemente «el pueblo que encontraron los misioneros».

Tenían su territorio, su cultura, sus conflictos y sus propios motivos para contemplar con desconfianza a quienes penetraban en su mundo.

AYOREOS

Composición de tres fotografías coloreadas del pueblo ayoreo: un hombre con tocado de plumas, un poblado con chozas y el retrato de un hombre mayor.

Los ayoreos y su mundo. Durante aquellos años el contacto con personas procedentes del exterior estuvo marcado por el aislamiento, el desconocimiento mutuo y, en ocasiones, por la violencia.

Y después ocurrió algo inesperado

Podríamos terminar esta historia con la muerte de cinco hombres.

Pero sería contar solamente la mitad.

El contacto no terminó con aquella tragedia.

Con los años, otros continuaron acercándose a las comunidades ayoreas.

Aprendieron su lengua.

Vivieron entre ellos.

Y algunas de las propias mujeres que habían sufrido aquella pérdida continuaron vinculadas a esa misión.

Las fotografías posteriores muestran algo que, visto desde 1943, habría resultado difícil de imaginar.

Personas de ambos mundos reunidas.

Hablando.

Conviviendo.

Y niños que podían sonreír juntos sin cargar todavía con la historia que había separado a sus mayores.

LOS NIÑOS Y LA REUNIÓN

Años después, el encuentro. El paso del tiempo acabaría dejando imágenes muy diferentes a las de aquellas primeras expediciones. Quizá ninguna lo explique mejor que la de dos niños sonriendo juntos.

Dos veces

Grupo de personas ante una construcción en Santiago de Chiquitos, Bolivia
Don Jorge Haight y la vida misionera en Santiago de Chiquitos.

Don Jorge regresó a Santiago.

Después continuaron la escuela, la iglesia, los viajes, doña Elena, los niños y la vida cotidiana.

Pero entre todos aquellos recuerdos quedó también esta historia.

La de cinco hombres que se internaron en el monte y no regresaron.

Y la de quienes salieron después intentando averiguar qué había sido de ellos.

Por eso aquellas viejas fotografías ya no parecen simples imágenes de expediciones.

Sabemos lo que había detrás.

La distancia.

La incertidumbre.

La espera.

Y el miedo de unas familias que no sabían si volverían a ver a los suyos.

Cuando pasó el tiempo convenido y nadie recibió noticias, Jorge Haight salió a buscarlos.

No una vez.

Dos veces.

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