
Durante casi treinta años, Jorge Haight había afrontado la distancia, la enfermedad, la falta de caminos y el aislamiento. Eran dificultades que conocía bien: formaban parte de la vida en Santiago de Chiquitos.
En 1957 tuvo que afrontar una de otra naturaleza: la separación de la organización que había respaldado su obra misionera.
Las razones de aquella ruptura todavía no están suficientemente claras. Sería fácil llenar ese vacío con sospechas, pero una historia como esta merece algo mejor. Lo que podemos contar es lo que vino después.
Don Jorge continuó.
La libertad tenía un precio
Para entonces, Jorge y Elena Haight habían dedicado décadas a levantar una escuela, una iglesia y un internado. Alrededor de aquella obra había crecido una comunidad.
La independencia abría una nueva etapa, pero no aligeraba las obligaciones. Había que mantener los edificios, alimentar a los internos, conseguir material y sostener la enseñanza. En Santiago, la distancia encarecía y complicaba casi todo.
Don Jorge ya no era el joven que había recorrido aquellos caminos a caballo. Y, sin embargo, en esa etapa de su vida se propuso ampliar la obra.
Una secundaria para Santiago
La enseñanza primaria no bastaba. Los alumnos crecían y necesitaban una posibilidad de continuar sus estudios sin abandonar el pueblo.
Crear una secundaria en Santiago de Chiquitos, a finales de los años cincuenta, suponía mucho más que disponer de aulas. Hacían falta profesores, recursos y alguien capaz de asumir la dirección.
En ese punto apareció José María Rico, quien estableció el contacto con un español al que conocía: Antonio Capel, mi padre.
Mi padre estaba terminando la carrera de Medicina cuando la Guerra Civil española interrumpió sus estudios. Le convalidaron la formación cursada y obtuvo el título de Practicante en Medicina y Cirugía. Estaba casado con Isabel Riera, mi madre, que era maestra.
Los dos estaban ya en Bolivia. Su historia en aquel país había comenzado antes de que don Jorge entrara en nuestras vidas.
Una familia dispersada por la guerra

Para explicar cómo llegamos a Santiago hay que retroceder hasta la Guerra Civil española y el exilio de los Riera.
Uno de ellos era José Riera Fernández nacido en Langreo, Asturias, en 1911. Había estudiado Comercio en Gijón, ampliado su formación en Bilbao y cursado estudios en la Universidad de Oviedo. También había trabajado en el periodismo asturiano.
Durante la guerra sirvió en el Ejército republicano y alcanzó el grado de capitán. Después de la derrota pasó por campos de concentración en Francia y llegó a Bolivia en 1939.
Allí reconstruyó su vida alrededor de la enseñanza y la actividad empresarial. Desde 1940 fue profesor de Contabilidad en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz. También dirigió el Instituto Español de Bolivia.
Su trayectoria universitaria fue especialmente destacada. De Sevilla a Gijón, de la Universidad de Oviedo, recoge que llegó a ser catedrático, decano, vicerrector y rector de la Universidad Mayor de San Andrés.
Su relación con Víctor Paz Estenssoro cuenta, además, con una referencia concreta: en julio de 1942 ambos encabezaron una delegación de universitarios bolivianos que visitó Buenos Aires para estudiar cuestiones del intercambio económico entre Bolivia y Argentina.
Décadas después, la prensa de La Paz lo identificaba como miembro de la Academia Boliviana de Ciencias Económicas. El 4 de marzo de 1970, el periódico Presencia anunciaba que pronunciaría el discurso final del acto de incorporación de Humberto Fossati, previsto para el día siguiente en el Salón de Honor de la Universidad Mayor de San Andrés.
Publicó trabajos y manuales de contabilidad y álgebra financiera. En 1973 se doctoró en Economía por la Universidad Complutense de Madrid. Tras su fallecimiento en Oviedo, en 1984, su legado dio origen a la Fundación José Riera Fernández, destinada a apoyar mediante becas la formación de jóvenes en Gijón.
Esa fue su trayectoria pública. En mi vida ocupaba un lugar mucho más cercano: era mi tío y mi padrino.
No tuvo hijos y fue una persona muy importante para mí.
Bolivia se había convertido en el lugar donde los Riera pudieron reunirse de nuevo y comenzar otra vida. Por eso, cuando surgió la propuesta de don Jorge, mis padres no tenían que cruzar el Atlántico. El viaje que les esperaba era hacia el oriente boliviano, hasta un pequeño pueblo al pie de las serranías chiquitanas.
Hacia Santiago

Antonio Capel e Isabel Riera aceptaron la propuesta.
Dejaban atrás el entorno que conocían para incorporarse a un proyecto que exigía mucho de ambos. Mi padre asumiría la dirección de la secundaria; mi madre trabajaría como profesora.
Para don Jorge, aquella llegada abría la posibilidad de dar continuidad a los estudios de sus alumnos. Dos años después de la separación de 1957, la obra de Santiago se preparaba para crecer.
En 1959 comenzó a funcionar la secundaria.
Y mis padres no llegaron solos. Con ellos viajaban sus hijos.
Entre aquellos niños estaba yo.
Todavía no podía comprender el lugar que aquel pueblo, aquellas montañas y aquellas personas iban a ocupar en mi vida.
Donde empiezan mis recuerdos
Hasta aquí, buena parte de esta historia ha tenido que reconstruirse con documentos, fotografías y testimonios. A partir de nuestra llegada a Santiago, a esas fuentes se suman mis propios recuerdos.
Recuerdos de don Jorge y de mis padres. De la escuela y de los enfermos que llegaban buscando a mi padre. De los ayoreos. De juegos, sustos y escenas que entonces no comprendía y que todavía hoy permanecen en mi memoria.
En el próximo episodio comenzaré a contar aquel Santiago desde la mirada del niño que fui.
Porque, desde ese momento, la historia de don Jorge se cruza con la mía.
Yo estuve allí.
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