
A mi padre le asignaron una casa en Santiago de Chiquitos. Enfrente vivía el comandante del regimiento, cuyo cuartel quedaba calle abajo. Más adelante, aquella casa sería la del profesor don Humberto Etcheverry.
Entre las dos viviendas había un espacio amplio. Para los mayores quizá fuera un terreno sin construir. Para Cecilio Moreno, Elmer Bravo y para mí era un campo de fútbol.
No necesitábamos mucho: una pelota de trapo y que nos dejaran jugar. Lo hacíamos descalzos, incansablemente. Allí nació una afición que todavía me acompaña.
Mientras nosotros disputábamos nuestros partidos, mi padre y el comandante libraban otras batallas ante un tablero de ajedrez.
Recuerdo aquellas tardes interminables. El comandante casi siempre perdía y aceptaba las derrotas con tan poco entusiasmo que acababan pagándolas los soldados. Se cogía un cabreo, mandaba arrestar a media compañía y los hacía correr por el cuartel.
A mi padre le entraba la risa, pero también lo conminaba a deponer aquella actitud. Los soldados no tenían culpa de que él hubiera perdido la partida.
La escena conserva en mi memoria un humor bastante amargo: mi padre le ganaba al ajedrez y la tropa terminaba corriendo. Por lo visto, una mala tarde con los caballos y los alfiles podía tener consecuencias para toda una compañía.
Entonces yo era un niño. Aquel comandante enfadado formaba parte del mundo de los mayores, que a menudo resultaba mucho más difícil de entender que el nuestro.
En el nuestro, las cosas estaban claras. Teníamos una pelota, compañeros y unos cuantos jugadores a los que admirábamos.
Cecilio y yo nos fijábamos especialmente en Cristóbal Centenaro, uno de los grandes futbolistas del colegio. También estaba el Ñapi, que jugaba de arquero. No era alumno; trabajaba allí. Y entre nuestros ídolos figuraban dos profesores: don Noel Menacho y don Humberto Etcheverry.
Además de enseñar, sabían qué hacer con una pelota en los pies, una virtud que para nosotros daba bastante prestigio a un maestro.
Los veíamos jugar y queríamos hacerlo como ellos. Después regresábamos a nuestro terreno y seguíamos dándole a la pelota de trapo, convencidos de que cada tarde jugábamos un poco mejor.
También recuerdo los partidos contra el colegio católico. Eran épicos. Para nosotros, aquellos encuentros tenían una importancia que iba mucho más allá del fútbol. Con la imaginación de los niños, creíamos estar disputando el bien contra el mal, el paraíso contra el infierno.
Naturalmente, el paraíso era nuestro equipo. No recuerdo que sometiéramos aquel reparto a discusión con los contrarios.
En mi memoria quedó la impresión de que casi siempre ganábamos y que, en el peor de los casos, empatábamos. Aunque, pensándolo bien, quizá lo que más se repetía fuera el empate. Han pasado muchos años y tampoco puedo descartar que mi memoria siga jugando a nuestro favor.
El empate dejaba conformes a ambas partes. Hoy me pregunto si alguno estaría pactado. No lo sé; es una sospecha que me ha traído el tiempo. Tal vez los mayores tenían más interés en conservar la paz entre los colegios que en averiguar cuál de los dos contaba con el favor del cielo.
Si hubo algún acuerdo, nosotros nunca nos enteramos. Salíamos a jugar con la solemnidad de quien se dispone a resolver un asunto eterno, aunque el asunto acabara en empate y al día siguiente hubiera que volver a clase.
A fuerza de practicar, Cecilio y yo nos convertimos en unos buenos futbolistas. Decir que éramos unos cracks puede parecer una exageración de viejo, pero tampoco voy a quitarle ahora sus méritos al niño que fui.
Años después me contaron que Cecilio había llegado a ser jugador profesional en un equipo de primera división. Me alegró saber que aquel compañero de partidos descalzos y pelota de trapo había llegado tan lejos.
A mí, cuando llegué a España, me quisieron fichar en el Sporting de Gijón, pero mi padre se opuso y me mandó a la universidad. Él tenía bastante claro por dónde debía encaminar mi vida.
Cecilio siguió con el balón; yo acabé dedicándome a los pies. Alguna relación había.
Quién sabe si habría sido un crack. También es posible que hubiera pasado más tiempo en el banquillo que sobre el césped. La ventaja de aquella carrera que nunca comenzó es que todavía puedo imaginarla como me dé la gana.
Pero eso es otra historia.
La que quiero contar sucede antes: entre dos casas de Santiago, junto a Cecilio y Elmer, cuando una pelota de trapo bastaba para ocuparnos la tarde entera.
Éramos alumnos externos. Al terminar las clases, teníamos todo el pueblo y sus alrededores para nosotros. Así lo sentíamos, al menos. Jugábamos, recorríamos las calles y siempre encontrábamos por dónde prolongar la tarde.
Cuando nos cansábamos de jugar, sudorosos y muertos de sed, nos íbamos al riachuelo a beber agua. Allí compartíamos abrevadero con los burros, sin que ninguna de las partes pusiera objeciones. Nosotros llegábamos después del partido; ellos no tenían que justificar la sed.
Entre aquellos animales había uno especialmente cercano a nosotros. Se llamaba Chico y pertenecía al italiano don Carlos Ragone.
Chico nos seguía a todas partes. Lo llamábamos por su nombre y acudía, una atención que no siempre conseguíamos de nuestros compañeros. El jumento tenía poco de burro: reconocía su nombre y parecía encontrarse a gusto en nuestra compañía.
Don Carlos era su propietario, pero nosotros éramos sus amigos.
En mis recuerdos, Chico tiene un lugar junto a Cecilio, Elmer y aquella pelota de trapo. Éramos tres niños recorriendo Santiago, con un burro detrás. Nunca llegó a jugar al fútbol, pero tenía asegurado su puesto en la pandilla.
Cuando los tres hacíamos alguna gamberrada por el pueblo, nos reñían diciendo que no sabían quién era más «tapau», si el burro o nosotros.
Nosotros nos reíamos. Chico, que nos había seguido hasta allí sin haber tenido arte ni parte en la travesura, también acababa incluido en la reprimenda. El pobre cargaba con una reputación que nos habíamos ganado nosotros.
Y cuando mi madre nos llamaba para merendar, el primero en llegar era él.
Podíamos llamarlo nosotros y venía. Pero, si llamaba mi madre para la merienda, nos ganaba a los tres. Para volver a casa no necesitaba que pronunciaran su nombre: con anunciar que había algo de comer bastaba.
¡Chico era toda una sensación!
Y luego nos preguntaban quién era más «tapau». En asuntos de merienda, al menos, nos llevaba una clara ventaja.
Así era una parte de mi Santiago: una pelota de trapo, los pies descalzos, dos amigos y un burro que se había incorporado a nuestras vidas con toda naturalidad.
Mientras nosotros llenábamos las tardes de partidos y correrías, don Jorge y nuestros padres se ocupaban de sostener el colegio. Yo todavía no alcanzaba a comprender cuánto trabajo hacía falta para que pudiéramos vivir aquellos días con tanta despreocupación.
Mi padre dirigía la secundaria, pero también atendía a los enfermos. A casa llegaban personas buscando su ayuda, y aquel niño que pasaba las tardes jugando al fútbol se encontraba de pronto ante escenas que no siempre sabía interpretar.
Entre esos recuerdos están los ayoreos y sus encuentros con él.
Para contarlos tengo que dejar un momento la pelota de trapo y acercarme al lugar donde mi padre atendía a quienes lo necesitaban.
Allí empiezan otras historias de mi infancia.