DON JORGE HAIGHT · EPISODIO 16 – Los Ayoreos, las pozas y la Cueva de Miserandino

En Santiago de Chiquitos, algunas visitas llegaban desde muy lejos.

A veces aparecían en grupos de unos diez; quince, como mucho. Venían de la selva y se acercaban a nuestra casa porque necesitaban ayuda. Mi padre, Antonio Capel, tenía el título de practicante de Medicina y Cirugía, que recibían quienes habían cursado tres años de Medicina. La Guerra Civil española le impidió terminar la carrera. Ponía inyecciones, administraba la escasa penicilina que conseguía y hacía pequeñas intervenciones cuando estaban a su alcance.

Yo era un niño y no comprendía del todo lo que ocurría. Sabía que aquellos hombres y mujeres acudían a mi padre y que él los atendía con la misma seriedad que a cualquier vecino.

Algunas escenas, sin embargo, se me quedaron grabadas.

Recuerdo que, en ocasiones, machacaban las pastillas para el dolor y se aplicaban el polvo sobre el abdomen. También recuerdo a algunos con los ojos enrojecidos y las pestañas arrancadas. Entonces no sabía explicar lo que veía. Solo me llamaba la atención.

La dentadura de mi padre les causaba todavía más asombro.

Cuando se la quitaba y volvía a ponérsela, lo miraban como si acabaran de presenciar un truco de magia. Y no eran los únicos: hasta Cecilio se lo creía. Mi padre se quitaba los dientes, los hacía desaparecer y, al poco, los devolvía a su sitio. Yo guardaba el secreto. ¿Quién iba a querer estropear un espectáculo así?

En Santiago no teníamos dentista. Cuando un diente se cariaba, lo habitual era extraerlo. Don Jorge hizo muchísimas extracciones y también se desplazaba a algunos poblados para atender a quienes no podían acercarse hasta el pueblo. En aquellos años, un diente con problemas no tenía demasiadas posibilidades de negociación.

Pero nuestra infancia no transcurría únicamente alrededor de la casa.

También estaban las escapadas a las pozas de agua cristalina. El camino se convertía en parte de la aventura. Allí nos esperaba el agua entre las piedras y el monte, y nosotros disfrutábamos de aquel rincón que parecía hecho para pasar el día.

Y estaba la cueva de Miserandino.

Para nosotros, los niños, llegar hasta allí era una excursión distinta. La cueva tenía algo de misterio. Al ver las pinturas, Cecilio y yo llegamos a una conclusión que entonces nos pareció irrefutable: los ayoreos las habían pintarrajeado. Así que pensamos que, subiéndose en Chico, podríamos alcanzar las figuras y limpiarlas.

Lo intentamos. Nos pusimos de pie sobre el lomo del burro y estiramos los brazos cuanto pudimos. Pero las pinturas seguían fuera de nuestro alcance. ¡Menos mal! Porque hoy pienso en nosotros, dos críos dispuestos a borrar unas figuras que llevaban allí muchísimo antes de que naciéramos, y en el pobre Chico, convertido sin saberlo en escalera.

Años después supe que eran pinturas rupestres antiguas y que el lugar estaba ligado a historias sobre un hombre llamado Juan Miserandino. La cueva tenía misterio; nosotros, por lo visto, teníamos más entusiasmo que conocimientos.

En aquellas escapadas nos acompañaba Chico, el burro de don Carlos Ragone, un italiano que conocía muy bien las costumbres del pueblo… y las nuestras.

A veces nos entreteníamos tanto que tardábamos en volver. Santiago empezaba a alarmarse y, cuando por fin aparecíamos, el alivio duraba poco: enseguida llegaba el tirón de orejas y de patillas. Por lo visto, nuestras excursiones tenían una segunda parte menos aventurera.

El único que conocía el secreto para hacernos aparecer era don Carlos. Soltaba un grito llamando a Chico y el burro acudía. Entonces se ponía en marcha y nosotros, que hasta ese momento no habíamos obedecido a nadie, acabábamos siguiéndolo.

Chico conocía mejor que nosotros el camino de vuelta. El burro no era tan burro.

Pero lo que más atraía a los ayoreos era la pelota de fútbol. Cecilio y yo los mareábamos con nuestros regates: corrían detrás de nosotros, no conseguían quitarnos el balón y acababan enfadándose. Nosotros, claro, nos veníamos arriba. A esa edad, uno confunde fácilmente un buen regate con una carrera deportiva prometedora.

Una vez, uno de ellos hizo ademán de sacar el arco y la flecha. Menos mal que enfrente vivía el profesor don Humberto, que puso orden. La cosa terminó amistosamente. Uno de los ayoreos colocó una toronja sobre el poste de madera de la valla de la casa y disparó la flecha. La atravesó de lado a lado.

Nunca supe si quería advertirnos para la próxima partida o demostrar su puntería. Lo cierto es que Cecilio y yo aprendimos que podíamos marearlos con la pelota, pero ellos sabían dar en el blanco.

En otra visita les regalamos un espejito redondo, pequeño y de plástico. Para ellos fue algo espectacular. A cambio, me regalaron un mono.

¡Qué maravilla! Yo estaba encantado. Pero el mono me duró poco. En la siguiente visita de los ayoreos, un niño de unos cuatro años empezó a llorar. Parecía que aquel animal era suyo, así que se lo llevaron de vuelta.

Me explicaron que, cuando mataban a la madre para alimentarse, respetaban al monito y lo criaban como mascota. Era uno más de la familia. Entonces comprendí que no me estaban quitando un regalo: estaban devolviendo a casa a uno de los suyos.

Hubo también una ocasión en que tuve la impresión de que querían llevarme hacia la selva. Mi madre, Isabel, se alarmó y gritó para que volviera. No pasó nada, pero aquella escena se me quedó dentro: la llamada de mi madre, el monte tan cerca y yo, que todavía no sabía medir la distancia entre la aventura y el peligro.

Con los años he vuelto muchas veces a aquellos recuerdos. Mi padre atendía a quienes llegaban desde el monte; nosotros compartíamos juegos y caminatas con quienes venían de un mundo que apenas conocíamos. Las pozas, la cueva y Chico formaban parte de nuestras excursiones, igual que la consulta y la dentadura de mi padre formaban parte de las visitas a casa.

En Santiago, la infancia podía llevarnos del cuidado de un enfermo al agua transparente de una poza, y de allí a una cueva llena de pinturas antiguas. Todo cabía en el mismo día: la aventura, alguna travesura y, al regresar, el inevitable tirón de orejas.

Mi padre intentaba aliviar el dolor de quienes llamaban a nuestra puerta. Nosotros, sin saberlo, íbamos aprendiendo que el mundo era mucho más amplio que el pueblo.

Y en cada escapada, detrás de nosotros, venía Chico. El burro no era tan burro; los que todavía teníamos mucho que aprender éramos nosotros.

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