
Había esperado mucho tiempo.
Cuando Elena Weld salió de Estados Unidos rumbo a Bolivia, en abril de 1929, dejaba atrás su país para reunirse con un hombre al que había conocido casi enteramente a través de las cartas.
Jorge Haight y Elena se habían visto apenas unas horas años antes. Después llegaron la distancia, las dudas, algún malentendido y una correspondencia que terminó convirtiendo aquella primera impresión en algo mucho más profundo.
Elena cruzó Brasil acompañada por otros misioneros. Viajó durante seis meses, pasó por Corumbá y finalmente llegó a Puerto Suárez. Allí estaba Jorge.
Ya no eran dos nombres escritos al final de una carta.
Estaban frente a frente.
El 29 de mayo de 1930, en Puerto Suárez, Jorge Haight y Elena Weld se casaron. La fotografía de aquel día todavía existe: los dos juntos, vestidos para una ceremonia que iba a cambiar no solo sus vidas, sino también, con el paso de los años, una pequeña parte de la historia de Santiago de Chiquitos.
Pero aquellos recién casados no tuvieron una luna de miel como las que solemos imaginar.
Su destino estaba lejos.
Los esperaba Santiago de Chiquitos.
Jorge había estado preparando la apertura de la misión en Santiago y, después de la boda, emprendieron el camino hacia el pueblo donde construirían su vida.
El viaje duró ocho días.
Fueron a caballo. Los acompañaba un muchacho, también montado, y llevaban un buey de carga.
No había hoteles, carreteras ni comodidades. Había caminos difíciles, cansancio y todas las incertidumbres propias de atravesar aquellas enormes distancias.
Aquella fue su luna de miel.
Ocho días avanzando hacia un lugar que para Elena debía de ser casi otro mundo.
Intento imaginarla.
Una mujer que había dejado Estados Unidos, atravesado medio continente y acabado montada a caballo junto al hombre con quien acababa de casarse, camino de un pequeño pueblo perdido en el oriente boliviano.
Podría haberse preguntado más de una vez dónde se había metido.
Pero siguió adelante.
Y Jorge también.
El libro que años después escribiría Elena sobre su marido resume aquel momento con una sencillez que dice mucho: los dos estaban felices porque, por fin, iban a comenzar juntos una vida dedicada al servicio de Dios. la mano guiadora de Dios.
Cuando llegaron a Santiago de Chiquitos no encontraron una obra terminada esperándolos.
Encontraron algo mucho más difícil:
un lugar donde casi todo estaba por hacer.
Y fue allí donde aquellos dos recién casados comenzaron a construir una historia cuyos efectos llegarían mucho más lejos de lo que probablemente podían imaginar mientras avanzaban, a caballo, por los caminos de la Chiquitania.
Porque dentro de poco aparecerían unos niños.
Después, unos bancos.
Y finalmente, una escuela.
Pero esa es otra historia.
Continuará.