
Durante años pensé que lo peor de mi infancia había sido la correa.
Me equivocaba.
En aquella España de los años sesenta, el aire todavía pesaba, cargado con los silencios heredados de una guerra civil y el rigor de una posguerra que había endurecido el alma de nuestros padres. El afecto en las casas no se pronunciaba, se suponía; la disciplina, en cambio, tenía el tacto frío y conocido del cuero. Recuerdo a mi padre desabrochándose el cinturón con la misma resignación metódica con la que, años atrás, su propio padre lo había hecho con él. No dudábamos de su amor, pero era un amor áspero, forjado en la escasez y el miedo de una época sombría.
Sin embargo, la verdadera brutalidad no habitaba en el interior de nuestras casas, sino en el patio contiguo. Teníamos un compañero que a menudo se ausentaba de las calles polvorientas donde jugábamos hasta el anochecer. «No sale porque su padre lo tiene encadenado», susurró un día otro amigo, con esa crueldad casual y desapasionada de la infancia.
-¿Encadenado?- pregunté, sintiendo un vacío repentino en el estómago.
-Sí, como a un perro. A un árbol-.
La incredulidad nos empujó a trepar la tapia del vecino. Y allí estaba. La imagen se grabó en mi memoria con una nitidez perturbadora, casi fotográfica: el grillete oscuro mordiendo el tobillo infantil, la cadena metálica tensa, el niño sentado en la tierra bajo la sombra proyectada por el tronco.
Cuando el padre regresaba, el tintineo metálico cesaba. Lo liberaba de su anclaje y, durante un rato efímero, le permitía correr con nosotros en la calle. Nunca supimos si al hombre lo movía el temor al qué dirán, la necesidad de mantener una frágil fachada de normalidad ante el vecindario, o si, en el fondo de su propia oscuridad, latía un arrepentimiento fugaz que lo obligaba a soltarlo.
Pero lo que más me atormenta, la duda que nos persiguió a través de los pasillos del instituto y hasta las aulas de la universidad, fue nuestro propio estatismo. Éramos testigos mudos. Nunca le ofrecimos consuelo, ni una palabra de aliento; jamás nos atrevimos a delatar a aquel hombre ante nuestros duros padres. El miedo nos paralizó, dejándonos en una inacción dolorosa, convirtiéndonos en cómplices silenciosos de una tragedia doméstica.
Años después, la vida nos concedió la piedad de verlo caminar libre por el campus. Estudiaba ingeniería. A veces cruzábamos miradas en los patios universitarios y, cuando nuestro antiguo grupo de la infancia se reunía y el recuerdo del niño encadenado emergía como un fantasma en la conversación, bajábamos la voz. Compartíamos la culpa crónica, la pesadumbre de no haber sabido actuar. Éramos ya universitarios, hombres a punto de enfrentarse al mundo, pero en el fondo de aquellas miradas arrepentidas seguíamos siendo exactamente los mismos: unos críos asustados asomados a una tapia, incapaces de romper una cadena.