
La milicia, con su rígida geometría de toques de diana y uniformes caqui, tiene una extraña manera de ablandar los huesos. Al Ejército del Aire, sección paracaidistas, llegábamos en manada los jóvenes mozalbetes. Unos, embriagados por el romanticismo temerario de saltar al vacío; otros, de un pragmatismo mucho más terrenal, simplemente porque la base lindaba con el calor de la casa materna. Yo pertenecía a esta segunda estirpe, aunque el destino posee una ironía exquisita: el roce del viento en aquellos saltos en paracaídas terminó por inocularme el veneno del cielo hasta convertirme, años después, en piloto. Pero esa es otra historia.
En aquel entonces, la supervivencia en el cuartel requería astucia. Entre las literas y el olor a betún, descubrimos que un puñado de reclutas con pasado en bandas de pop podíamos forjar un salvoconducto. Formamos un grupo musical, bautizado sin demasiadas pretensiones como En Acción, destinado a amenizar las veladas en los pabellones de oficiales y suboficiales. Para nosotros, jóvenes roqueros disfrazados de soldados, aquello era un edén clandestino: cambiábamos las gélidas guardias de madrugada por bandejas de buena comida, licores decentes y el calor de los salones nobles.
Pero el verdadero teatro de vanidades, el acontecimiento que alteraba el pulso del escalafón militar, eran las fiestas de puesta de largo. Cuando la hija de un alto mando cumplía las quince primaveras, el pabellón de oficiales se transfiguraba. Había un crujir de sedas, un aroma a laca y tabaco rubio, y un desfile de jovencitas que ensayaban, con torpeza y fascinación, sus primeros ademanes de mujer de mundo.
El repertorio en aquellas noches de iniciación tenía una ley no escrita pero inquebrantable. No había fiesta posible sin el Dúo Dinámico. «Quince años tiene mi amor» era el himno litúrgico que marcaba el tránsito oficial de la niñez a la juventud.
El incidente que nos consagró en la mitología del cuartel ocurrió durante la fiesta de la hija de un comandante. Era un hombre cincelado en la disciplina, de esos cuyos galones parecen pesarles hasta en la forma de caminar. La niña, envuelta en un vestido largo que le otorgaba un aire de fragilidad irreal, hizo su entrada en el salón. Nosotros, obedientes a la tradición, atacamos los primeros acordes de la canción de rigor.
Desde el escenario, los músicos gozábamos de una vista privilegiada del alma humana. Vi al comandante observar a su hija y, en ese instante, la armadura del oficial se resquebrajó. Sus ojos, acostumbrados a escudriñar horizontes y pasar severas revistas, se anegaron. Las lágrimas comenzaron a brotarle de forma incontrolable, traicioneras y constantes, goteando con la misma obstinación que los grifos estropeados de nuestras letrinas en el acuartelamiento de tropa. Era la imagen desnuda de un hombre dándose cuenta de que el tiempo es un ladrón silencioso y su pequeña empezaba a dejar de pertenecerle.
Pero el orgullo, ese viejo general que nunca duerme, acudió al rescate. Incapaz de admitir ante sus iguales que una simple tonadilla y una falda de tul lo habían reducido a un padre vulnerable, el comandante se secó el rostro con brusquedad, dio un paso al frente y clavó su mirada feroz en nuestra banda.
—¡Han desafinado! —bramó, con la voz quebrada disfrazada de furia cuartelera—. ¡Repitan nuevamente, se han equivocado en una nota, es una orden!
Y así, amparado en una exigencia de perfección musical que ni él mismo se creía, nos hizo tocar la canción veinte veces. Veinte veces repitió el Dúo Dinámico en aquel salón. Veinte veces pudimos ver, bajo la estricta fachada del mando, a un padre bebiéndose la estampa de su niña.
Desde aquella noche, el cuartel lo rebautizó en susurros. Perdió su apellido para convertirse, de manera irrevocable, en «El Comandante Quince». Y nosotros, soldados rasos y músicos de fortuna, acatamos su castigo con un gusto infinito, sabiendo que en cada repetición no estábamos corrigiendo un acorde, sino regalándole a aquel padre tres minutos más de la infancia de su hija.
Anton io Capel Riera