El día que todos nos quedamos sin apellido

En mis tiempos, la mili era obligatoria.

A los veintiún años había que cumplir con la patria, aunque uno podía adelantarse y presentarse voluntario a los dieciocho. Yo elegí esa segunda opción por una razón bastante menos heroica de lo que pudiera parecer: podía acogerme al permiso de estudiante y continuar con mis estudios.

Así que, con dieciocho años recién estrenados, me presenté en el cuartel convencido de que iba a cumplir con España. No sabía que, antes de enseñarme nada sobre la patria, el Ejército iba a enseñarme algo mucho más sencillo.

Que debajo de la ropa todos nos parecíamos bastante.

Éramos unos veinte muchachos esperando fuera del puesto de guardia. Aquello parecía un muestrario de la España de entonces.

A mi derecha, un chaval con el pelo por los hombros y aspecto de haber llegado directamente de un concierto liaba un pitillo de tabaco negro con los dedos amarillentos. A mi izquierda, un chico de chaqueta cruzada y zapatos impecables se sacudía el polvo de la solapa con gesto de evidente fastidio.

—Menudo secarral. Ya me dirás tú dónde vamos a dormir aquí —se quejó el de la chaqueta, con una dicción redonda que olía a barrio caro y colegio de pago.

El del pitillo lo miró de reojo, soltó el humo por la nariz y dibujó una media sonrisa.

—En el suelo, jefe. Como todos.

Estaban también los de vaqueros desgastados, uno con unos rizos que parecían haber sobrevivido a todas las peluquerías de España, los tímidos que miraban a la gravilla y los dicharacheros que, sin conocer a nadie, ya habían contado media vida. Algunos fumaban con la suficiencia de quien creía haber alcanzado la edad adulta porque sabía expulsar el humo por la nariz.

Y también estaban los que intentaban aparentar que aquello no les preocupaba.

Esos, con las manos tensas en los bolsillos, eran probablemente los más asustados.

Yo los miraba y trataba de imaginar quién sería quién cuando empezáramos aquella aventura.

No hizo falta esperar mucho.

Cruzamos la barrera del cuartel.

Tres horas después, habíamos desaparecido todos.

El de la melena ya no tenía melena. El de los rizos había perdido los rizos. El del barrio caro se había quedado sin chaqueta cruzada y sin zapatos impecables. Las camisas elegidas por nuestras madres, los pantalones vaqueros y cualquier otro vestigio de personalidad habían sido sustituidos por el mismo uniforme áspero.

Y todos estábamos pelados.

Pelados de verdad.

Miré alrededor intentando reconocer al muchacho del tabaco negro que había visto unas horas antes.

No pude.

Tampoco encontré al de los zapatos impecables.

Ni al elegante.

Ni al rebelde.

Nos habían enrasado.

Aquella fue probablemente la primera lección de la mili, y nunca la olvidé. Al otro lado de la barrera podían existir ricos, pobres, estudiantes, trabajadores, hijos de buena familia y muchachos que apenas habían salido de su pueblo.

Dentro éramos todos iguales.

Igual de pelados.

Igual de torpes.

Y, sobre todo, igual de hambrientos.

Porque si algo recuerdo de aquellos primeros tiempos de instrucción no son las órdenes, ni los uniformes, ni siquiera las marchas.

Recuerdo el hambre.

Éramos jovenzuelos de dieciocho años sometidos durante horas a una actividad física a la que nuestros cuerpos no estaban acostumbrados. Cuando llegaba el descanso del bocadillo, aquello no era una merienda.

Era una operación militar.

Nos lanzábamos sobre el salchichón como si el enemigo hubiera decidido esconderse dentro. Nos comíamos hasta la piel. Y alguno, en el entusiasmo, arrancaba también un pedazo del papel que lo envolvía.

—Eso es papel —le advertía uno.

—Ya lo sé —respondía el otro.

Y seguía masticando.

Nunca supimos si tenía algún valor nutritivo, pero llenaba.

Luego llegaba la comida.

El día de las lentejas había que dominar una estrategia que ninguna academia militar enseñaba.

Nunca ponerse el primero.

Pero tampoco el último.

Había que colocarse en medio.

Los primeros recibían los bichos que flotaban en la superficie. Los últimos, las piedras que habían decidido establecerse en el fondo.

Los del centro teníamos alguna posibilidad de encontrar lentejas.

Y sobrevivimos.

Vaya si sobrevivimos.

Hoy cualquier madre habría exigido una investigación, tres certificados sanitarios y probablemente la dimisión de algún ministro. Nosotros apartábamos lo que se movía demasiado y seguíamos comiendo.

Y si alguno enfermaba, tampoco había demasiado tiempo para recrearse en la enfermedad. El botiquín militar poseía una medicina de extraordinario espectro terapéutico:

el guantazo.

Servía prácticamente para todo.

¿Dolor de cabeza?

Guantazo.

¿Anginas?

Guantazo.

¿Mareo?

Otro guantazo, por si el primero no había hecho efecto.

Aquella medicina tenía una clara ventaja: uno procuraba ponerse bueno antes de llegar al botiquín.

Han pasado muchos años desde entonces y, naturalmente, sé que algunas de aquellas cosas hoy serían inconcebibles.

Y probablemente está bien que lo sean.

Pero sería injusto recordar únicamente la dureza, porque la mili nos enseñó cosas que entonces no sabíamos que estábamos aprendiendo.

Aprendimos a convivir con personas que jamás habríamos elegido.

A compartir.

A esperar.

A obedecer alguna orden que nos parecía absurda.

A resolver problemas sin llamar a nuestros padres.

Y, sobre todo, aprendimos que las primeras impresiones suelen equivocarse.

Aquel muchacho de la chaqueta cruzada que el primer día podía parecernos un señorito insoportable era capaz, semanas después, de quedarse unos minutos más contigo durante una guardia de madrugada porque estabas agotado. Y el melenudo del tabaco negro podía ser el primero en partir su bocadillo por la mitad si veía que tú te habías quedado sin él.

Ya no importaba de qué barrio veníamos.

A las cuatro de la madrugada, muertos de frío y sueño, éramos simplemente dos muchachos deseando que amaneciera.

Y aprendimos algo todavía más extraño.

A hacer amigos.

Amigos de esos que los años no consiguen borrar.

Con el tiempo he llegado a una conclusión muy personal: hay dos clases de amigos que uno difícilmente olvida.

Los del colegio y los de la mili.

Los primeros conocieron al niño que fuimos.

Los segundos conocieron al muchacho que empezaba a convertirse en hombre.

La universidad fue diferente. Allí cada uno llegaba de cada madre, con su carrera, sus preocupaciones, sus horarios y su vida. Naturalmente hice amigos, pero ya no existía aquella convivencia obligatoria y brutalmente igualadora.

En el cuartel no podías elegir con quién dormir, con quién comer, con quién hacer una guardia o con quién pasar frío.

Y precisamente por eso terminabas conociendo al otro de una manera distinta.

Después llegó el día de licenciarnos.

Regresamos a nuestras casas creyendo que éramos exactamente los mismos muchachos que se habían marchado meses atrás.

Pero nuestras madres descubrieron inmediatamente que algo raro había ocurrido.

Entrábamos y llamábamos antes a la puerta.

Nos levantábamos y hacíamos la cama.

Terminábamos de comer y recogíamos el plato.

Veíamos la bolsa llena y sacábamos la basura.

Aquello sí que alarmó a las familias.

—¿Pero qué te han hecho allí?

Nada.

O quizá mucho.

La mili tuvo innumerables defectos. Hubo abusos, absurdos y situaciones que no merecen ninguna nostalgia. No pretendo convertirla en algo que no fue.

Pero para muchos de aquellos muchachos de dieciocho años constituyó también el primer lugar donde nadie preguntaba quién era nuestro padre antes de entregarnos una escoba.

Entramos con nuestras melenas, nuestros vaqueros, nuestras diferencias y aquella arrogancia maravillosa de los dieciocho años.

Y unas horas después estábamos todos delante del mismo espejo.

Pelados.

Uniformados.

Hambrientos.

Iguales.

Muchos años después he olvidado órdenes, nombres de mandos, números y fechas.

Pero todavía recuerdo algunas caras.

Y quizá esa sea la última broma que nos gastó la mili.

Primero nos quitó todo aquello que nos hacía diferentes para que, precisamente entonces, empezáramos a descubrir quién era cada uno.