
Aquel día no aprendí medicina.
En la facultad te enseñan a curar, diagnosticar, suturar.
Pero nadie te enseña cómo debe ser tratado un ser humano cuando sabe que el tiempo ya no negocia.
Era una mañana tranquila en planta, de esas con luz aséptica y silencios largos. Entré en su habitación y me detuve en seco. Él estaba allí, sentado al borde de la cama. Vestido. Ese detalle lo cambiaba todo. En un hospital, el pijama es el uniforme de la vulnerabilidad, la bandera blanca de la rendición. Pero él llevaba su ropa de calle. No parecía un enfermo; parecía alguien que pasaba por allí y que, sobre todo, no quería molestar.
Hay pacientes que exigen, que gritan, que luchan. Es su derecho. Pero hay otros que solo quieren conservar la dignidad hasta el último minuto. Él era de esos. De los que hacen poco ruido cuando sufren. De los que piden perdón por necesitar ayuda.
Me miró con una tranquilidad que desarmaba, con esa sinceridad que solo tienen los que ya no tienen nada que perder, y me hizo una única petición. No pidió un milagro. No pidió más morfina. Me dijo, bajando la voz:
—Doctor, solo una cosa. Cuando llegue el día… dígamelo a mí antes que a mi hija.
Ahí estaba la verdad. No tenía miedo a irse; tenía miedo a que ella sufriera antes de tiempo. Quería ser el pararrayos hasta el final.
Salí de aquella habitación con el historial en la mano y un nudo en la garganta. Sentí esa frustración helada del médico que sabe que la ciencia tiene límites, y que a veces, delante de un hombre bueno, no puedes hacer nada más que acompañar. Me di cuenta de que no todos los pacientes te piden que los salves la vida. Algunos, los más valientes, solo te piden que les ayudes a proteger a los que se quedan.
Esa mañana entendí, quizá demasiado tarde, que la dignidad no se receta.
La dignidad, a veces, es un hombre vestido de calle, sentado en una cama de hospital, esperando su turno… sin querer incomodar a nadie.