
Toda la vida los habían visto salir del portal de la mano.
Durante más de sesenta años, aquel gesto se había convertido en una pequeña ceremonia para los vecinos del barrio. A las nueve de la mañana, si hacía buen tiempo, aparecían juntos en la acera: él con su paso lento y ella agarrada a su brazo con la naturalidad de quien ya no sabe dónde termina uno y empieza el otro.
Muchos pensaban que aquel amor de juventud había conseguido sobrevivir intacto al paso del tiempo.
Se equivocaban.
La verdad era mucho más hermosa.
Aquello no era un amor de película.
Era algo mucho más difícil.
Era un amor de todos los días.
Él había empezado a caminar de forma extraña. Sus piernas ya no obedecían como antes y a veces avanzaba haciendo pequeños zigzags, como si el suelo se moviera bajo sus pies. Algunos vecinos pensaban que estaba enfermo de gravedad.
Pero ella sabía lo que ocurría.
Simplemente, los años habían empezado a cobrar su precio.
Su esposa, aquella mujer de carácter fuerte que en ocasiones parecía enfadada con el mundo entero, se había convertido en su bastón invisible. Le corregía el paso, le recordaba las pastillas, le decía dónde había dejado las gafas y protestaba cuando él se empeñaba en hacer cosas que ya no podía hacer.
—Déjame a mí, que tú ya no estás para esos trotes —le decía.
Y él fingía molestarse.
—Todavía puedo hacer muchas cosas.
Ella levantaba una ceja.
—Sí, claro. Sobre todo equivocarte.
Y los dos sonreían.
Porque después de tantos años juntos habían aprendido que el cariño también podía esconderse detrás de una pequeña discusión.
En sus rostros no quedaba la pasión de los primeros años. Esa ya había sido sustituida por algo más profundo.
Había ternura.
Había agradecimiento.
Ella le agradecía haber sido un buen hombre y un buen padre. Alguien que había trabajado sin descanso, que había estado a su lado cuando llegaron los problemas y que nunca había olvidado que una familia se construía con pequeños sacrificios.
Él, por su parte, sabía que detrás de algunos enfados de su esposa había una mujer que había cargado con mucho peso durante toda una vida. Una mujer que tenía sus manías, sus días malos y sus pequeños exabruptos, pero que siempre había estado allí.
Porque el tiempo cambia muchas cosas.
Cambia el cabello.
Cambia la piel.
Cambia la fuerza de las manos.
A partir de cierta edad aparecen los achaques: la artrosis, los mareos, el cansancio, las visitas al médico que antes parecían lejanas y de repente se convierten en parte de la rutina.
Pero hay algo maravilloso en hacerse viejo junto a alguien.
La tranquilidad de saber que, si un día uno tropieza, habrá otra mano esperando para levantarlo.
Los vecinos los saludaban al pasar.
Ellos respondían con amabilidad.
Desde fuera parecían una pareja perfecta.
Pero nadie sabía que, en realidad, no se sostenían por costumbre.
Se sostenían porque cada uno era la parte que le faltaba al otro.
Hasta que un día llegó lo inevitable.
Ella murió.
Y entonces aquel hombre que durante sesenta años había caminado agarrado a su brazo descubrió una verdad que nunca había querido reconocer:
No sabía vivir sin ella.
Al principio todos pensaron que sería cuestión de tiempo.
—Tiene que acostumbrarse —decían los hijos.
Pero hay ausencias a las que uno no se acostumbra.
Simplemente aprende a caminar con un hueco dentro.
Cada noche, al llegar la hora de la cena, aquel hombre colocaba dos platos sobre la mesa.
Uno para él.
Otro para ella.
Sus hijos pensaban que era un despiste provocado por la tristeza.
No lo era.
Él sabía perfectamente lo que hacía.
A veces se quedaba mirando aquel plato vacío durante varios minutos, como si esperara que ella apareciera desde la cocina protestando porque la sopa se había enfriado.
El problema fue que, poco a poco, dejó de cuidarse.
Nunca había sido un gran cocinero. Durante toda la vida ella había llevado la cocina y él había llevado otras responsabilidades. Ahora se enfrentaba a una nevera llena de cosas que no sabía preparar y a recetas que parecían escritas en un idioma desconocido.
Comía poco.
Cada día menos.
Los vecinos empezaron a notar que ya no salía a comprar.
—Hace tiempo que no lo vemos —comentó una mujer del edificio.
Otro vecino llamó a la puerta.
Nadie respondió.
Tuvieron que entrar.
Lo encontraron sentado en su sillón, en silencio, como si simplemente se hubiera quedado dormido esperando que alguien regresara.
Sobre la mesa había dos platos.
Uno estaba vacío.
El otro también.
Porque quizá, en el fondo, llevaba mucho tiempo cenando solamente recuerdos.
Dicen que cuando muere uno de los dos después de una vida entera juntos, el que queda atrás suele marcharse poco después. No siempre ocurre, pero hay parejas que parecen haber firmado un pacto invisible con el tiempo.
La explicación está en los médicos, en la psicología, en la costumbre de una vida compartida.
Pero quizá también haya algo que la ciencia no sabe explicar.
Quizá después de sesenta años caminando junto a alguien, el corazón no entiende que debe seguir andando solo.
Y aquella noche, en aquella casa silenciosa, alguien retiró de la mesa dos platos.
Porque ya no quedaba nadie para ponerlos.