
Tengo la fortuna de conservar amigos procedentes de ámbitos muy distintos de la vida. Entre ellos hay médicos, pilotos, músicos, empresarios, profesores, investigadores, abogados, juristas y profesionales de muchas otras disciplinas.
No los menciono por sus cargos, sino porque cada uno me ha enseñado algo valioso a lo largo de los años.
Hace unas semanas recibí una llamada inesperada.
Al otro lado estaba un amigo dedicado desde hace décadas al estudio del cerebro humano. Su trayectoria profesional le ha llevado a impartir clases y conferencias en algunas de las universidades más prestigiosas del mundo, entre ellas Harvard, además de colaborar con importantes centros de investigación internacionales.
La conversación comenzó de manera sencilla.
—Tony, me han hablado de lo que estáis haciendo con los Beatles.
Pensé que se refería a nuestros encuentros, a las reuniones de amigos, a los relatos, a los vídeos o a esos tributos que hemos organizado alrededor de una música que lleva acompañándonos más de medio siglo.
Pero continuó.
—Lo que estáis haciendo es precisamente una de las mejores maneras de envejecer saludablemente.
Aquella frase captó inmediatamente mi atención.
—La música compartida, los recuerdos compartidos, la amistad, la ilusión por preparar un encuentro, volver a ver personas queridas, cantar juntos, emocionarse… Todo eso mantiene activo el cerebro. Es una magnífica forma de envejecimiento saludable.
Y añadió algo que me hizo sonreír.
—Y hacerlo con los Beatles es una excelente elección.
No pude evitar sonreír de nuevo. No porque me estuviera dando la razón a mí, sino porque estaba confirmando con argumentos científicos algo que miles de personas de mi generación habían experimentado durante décadas sin necesidad de leer un solo tratado de neurociencia.
Los Beatles crecieron con nosotros.
Y quizá por eso siguen vivos.
Compusieron canciones para enamorarse, para celebrar cumpleaños, para sentirse solo, para conducir sin rumbo, para superar una ruptura, para soñar, para equivocarse y para volver a empezar.
No fueron solamente un grupo musical.
Fueron la banda sonora de una generación entera.
Por eso continúan vigentes más de sesenta años después. Porque escribieron canciones para casi todas las situaciones que una persona puede vivir.
Le pedí permiso para compartir sus palabras.
Me autorizó con una única condición:
—No digas mi nombre.
Lo comprendí perfectamente. Hay personas cuya relevancia profesional convierte cualquier comentario en una avalancha de llamadas, entrevistas y solicitudes.
Por respeto a su deseo, así será.
Pero el mensaje merece ser compartido.
A menudo pensamos que envejecer saludablemente consiste únicamente en caminar, controlar el colesterol, comer mejor o hacerse revisiones médicas.
Todo eso es importante.
Pero no basta.
También hay que ejercitar la memoria.
Hay que mantener la curiosidad.
Hay que conservar amigos.
Hay que seguir teniendo proyectos.
Hay que reír.
Hay que emocionarse.
Hay que tener algo marcado en el calendario que nos haga pensar:
«Qué ganas tengo de que llegue ese día».
Quizá por eso nuestros encuentros beatlemaníacos funcionan tan bien.
Muchos creen que nos reunimos para escuchar canciones de hace sesenta años.
Se equivocan.
Nos reunimos para seguir teniendo ilusiones, para conservar amistades, para ejercitar la memoria y para demostrar que la edad no siempre la marca el calendario.
La música es la excusa.
La amistad es el vínculo.
La memoria es el puente.
Y la ilusión compartida es el verdadero concierto.
Si la neurociencia moderna confirma lo que muchos intuíamos desde hace tiempo, quizá podamos decir con una sonrisa:
Queridos beatlemaníacos, lo estamos haciendo bien.
Nos vemos en noviembre.
Nota: Por deseo expreso del científico mencionado, se ha preservado su anonimato. La imagen que acompaña este artículo es una recreación artística generada mediante inteligencia artificial y no representa a ninguna persona real.