La absolución de la nicotina

Hoy se caza al fumador con la saña puritana de un inquisidor de nuevo cuño; se le augura una muerte lenta, asfixiada, una condena moral escrita en placas de tórax. Pero las estadísticas, esa religión de los cobardes, suelen olvidar que la vieja parca tiene un sentido del humor retorcido. Pienso en mi tío abuelo, un ingeniero de minas de la vieja guardia, de esos tipos duros, tallados en granito y silencio, que vivía perpetuamente envuelto en una neblina azulada, fumando con la parsimonia de quien sabe que la vida es una estafa y hay que disfrutar el timo.

Eran otros tiempos, o quizás éramos hombres distintos. El tío debía inspeccionar un yacimiento en el culo del mundo. Para llegar, se subió a un bimotor mediano, un cacharro de duraluminio que vibraba como un perro mojado, con capacidad para veinte almas. Iba rodeado de colegas: geólogos de título universitario y manos blandas, técnicos modernos de los que leen reglamentos y beben agua mineral, que lo miraban con esa superioridad moral que da la vida sana.

En cuanto las hélices empezaron a morder el aire, mi tío hizo sonar su Zippo. El clac metálico sonó como cargar un arma. El humo, denso y gris, fue para él un consuelo de soldado; para el resto, una ofensa. Empezaron los carraspeos, las miradas de indignación y esa presión gregaria y mediocre de quienes no soportan que alguien viva bajo sus propias reglas.

—Oiga, ingeniero —le soltó uno, con esa cortesía venenosa de quien se cree con la razón—, nos está matando a todos. Váyase al fondo.

Mi tío no discutió. Conocía las batallas que valía la pena librar y esa no era una de ellas. Con la resignación cínica de un capitán degradado, cogió sus bártulos y caminó por el pasillo hasta la cola. Allí, en el destierro, donde el fuselaje crujía más fuerte, se sentó solo. Encendió otro cigarrillo, mirando por la ventanilla con ojos cansados, mientras el paisaje se volvía una mancha borrosa bajo las nubes. Mejor solo que mal acompañado, pensaría.

Y entonces el destino, que a veces escribe la historia con renglones torcidos y sangre, decidió cobrar su peaje. Un motor reventó, el metal aulló y la gravedad hizo su trabajo sucio. El avión cayó a plomo, buscando la tierra con la violencia ciega de un misil.

El impacto convirtió la cabina y el centro del avión en un amasijo de hierro y carne. El silencio que siguió fue espeso, absoluto. De los veinte hombres que iban a comerse el mundo, diecinueve terminaron en una caja de pino. Solo quedó una parte intacta, desgajada del infierno: la cola.

De entre los escombros de la retaguardia, aturdido, sucio de aceite y polvo, salió mi tío abuelo. Se palpó el cuerpo, comprobó que seguía de una pieza y, con el pulso todavía tembloroso, buscó en su chaqueta lo único que le quedaba fiel: la cajetilla.

Se salvó por apestado. Se salvó por vicioso. Porque el destino es un cabrón impredecible, y a veces la vida te indulta precisamente por los pecados que los puritanos condenan. Mientras los de los pulmones rosados y la moral intachable yacían muertos en primera clase, él, el viejo fumador, encendió un cigarro entre los restos, aspiró hondo y soltó el humo al aire frío de la sierra, sabiendo que esa vez, la muerte había pasado de largo solo para guiñarle un ojo.

Antonio Capel Riera

Un fumador crónico llega a urgencias con dolor torácico y descubre que la absolución que buscaba no está en un diagnóstico… sino en la decisión de vivir.

LEER MÁS…