
Los Beatles jamás preguntaron de qué barrio venías.
Ni cuánto dinero tenía tu padre.
Ni si el sudor que empapaba tu camisa nacía de un andamio, de la carretera húmeda de madrugada o del silencio esterilizado de un quirófano.
Quizá ahí resida el secreto más íntimo de su inmortalidad.
Compusieron canciones para casi todo lo que le ocurre a un ser humano: para el primer amor que deslumbra y para el abandono que deja helado; para la alegría urgente de un sábado por la noche y para esa tristeza silenciosa que aparece un día, frente al espejo, cuando uno comprende que la juventud pasó más deprisa de lo que imaginaba.
Pero hubo algo todavía más extraordinario que sus canciones.
Consiguieron unir mundos que normalmente no se mezclaban.
En 1963, bajo los grandes candelabros del Prince of Wales Theatre, John Lennon dejó una de esas frases que sobreviven al tiempo. Fue durante el Royal Variety Performance, actuando nada menos que ante la familia real británica. Con aquella media sonrisa insolente de muchacho de barrio que nunca terminó de sentirse cómodo entre aristócratas, dijo:
«Los de las localidades baratas pueden aplaudir… y los demás, hagan sonar sus joyas».
La sala estalló en carcajadas.
Pero detrás de la broma había algo más profundo: una elegante burla a la rígida división de clases británica. Lennon estaba diciendo, sin decirlo del todo, que la música de los Beatles ya no pertenecía únicamente a los teatros elegantes ni a los salones distinguidos. También pertenecía a los muchachos de fábrica, a las amas de casa, a los estudiantes sin dinero y a los trabajadores que apenas podían ahorrar para comprar un vinilo.
Y muchos años después, algo parecido volvió a ocurrir en Murcia, en La Huerta de Berta.
Allí coincidieron miembros del Tribunal de Justicia con veteranos del rock murciano.
Cirujanos, anestesistas, odontólogos compartiendo mesa con mozos de almacén.
Pilotos de líneas aéreas brindando con amas de casa.
Funcionarios, militares, músicos, albañiles, empresarios, jubilados —como yo— y personas sencillas que probablemente jamás se habrían sentado juntas en otro lugar.
Pero sonaron Hey Jude y Let It Be.
Y durante unas horas dejaron de importar los cargos, el dinero, los coches y los apellidos.
Solo quedaba algo profundamente humano:
gente cantando al mismo tiempo canciones que llevaban acompañándolos media vida.
Algunos ni siquiera habían nacido cuando los Beatles se separaron. Y, sin embargo, allí estaban, cantando con la misma emoción que quienes crecimos esperándolos en la radio o escuchando sus discos hasta desgastar el vinilo.
Ahí está la verdadera esencia de los mitos.
No en vender millones de discos.
Ni en llenar estadios.
Sino en conseguir que personas completamente distintas se reconozcan en una misma emoción.
Tal vez por eso los Beatles siguen resistiendo el paso del tiempo. Porque nunca fueron solamente un grupo musical. Fueron un idioma sentimental que entendieron igual los ricos y los pobres, los jóvenes y los viejos, los que vivieron aquellos años… y los que llegaron mucho después.
Y esa, sinceramente, es una hazaña que muy pocos artistas han conseguido.
(c) antonio capel riera