LA FIESTA DEL VIRREY

Carta VII

«Hay ciudades que se levantan con el esfuerzo de sus habitantes. Potosí, durante un tiempo, pareció construirse únicamente con plata.»

El manuscrito cambió de tono.

Hasta entonces me había hablado de silencios, de esperas interminables y de personas que parecían esconder su vida entre aquellas páginas amarillentas. Pero, de pronto, apareció ante mí una ciudad tan deslumbrante que me costaba creer que hubiera existido de verdad.

Potosí se había vestido de plata.

Continué leyendo despacio.

La llegada del virrey a la Villa Imperial no podía ser un acontecimiento cualquiera.

Era la presencia del representante del rey en una ciudad que alimentaba con las entrañas de su montaña buena parte de las ambiciones de un imperio.

Y Potosí sabía cómo recibir al poder.

Cuando el virrey visitaba la Villa Imperial y se ordenaba una gran recepción, toda la ciudad se transformaba.

Los cronistas de la época hablaban de una opulencia difícil de imaginar. Hubo momentos en los que Potosí llegó a ser una de las ciudades más ricas y extraordinarias del mundo conocido.

Los carruajes aparecían adornados con delicadas filigranas de plata. Bajo la luz de las antorchas parecían auténticas obras de orfebrería.

Los caballos lucían las crines cuidadosamente trenzadas con cintas y adornos. Las monturas, los estribos y hasta las hebillas mostraban el trabajo de los plateros de la Villa Imperial.

Nada era discreto.

Todo estaba pensado para impresionar.

Dentro de los grandes salones, la riqueza parecía haber descendido directamente del Cerro Rico.

Los cojines aparecían tachonados con pequeños clavos de plata. Sobre las mesas descansaban vajillas del preciado metal, porcelanas llegadas de Oriente y cristales venecianos que multiplicaban la luz de centenares de velas.

Las cocinas trabajaban durante días.

Llegaban vinos de Jerez, aceite de Andalucía, dulces españoles, cacao procedente de las tierras americanas, sedas de China, porcelanas orientales y especias que habían cruzado medio mundo antes de alcanzar aquella ciudad imposible levantada a más de cuatro mil metros de altura.

Sobre una misma mesa podían encontrarse un vino de Jerez servido en cristal de Venecia, una porcelana llegada desde China, una seda tejida en Oriente y una taza de chocolate americano.

Todo parecía posible en la ciudad donde la plata compraba el mundo.

Entonces encontré una frase en el manuscrito que me obligó a detenerme.

«El virrey deseaba que ninguno de sus invitados recordara de dónde salía aquella riqueza.»

Comprendí inmediatamente lo que quería decir.

Mientras unos brindaban con copas de plata y reían al son de la música, miles de hombres seguían descendiendo cada amanecer a las galerías del Cerro Rico para arrancar a la montaña el metal que hacía posible aquel esplendor.

Arriba, las velas.

Abajo, la oscuridad.

Arriba, las copas.

Abajo, el mineral.

Arriba, la música.

Abajo, hombres golpeando la montaña.

En aquellas veladas sonaban músicas llegadas de España y de otros rincones de Europa. Violines, guitarras, claves y voces acompañaban conversaciones que se prolongaban hasta bien entrada la noche.

Pero, según aquellas páginas, una de las grandes pasiones de quienes gobernaban era el teatro.

Se representaban comedias de Lope de Vega y Calderón de la Barca, y entre los actores y actrices siempre había alguno capaz de despertar más comentarios que la propia representación.

El manuscrito hablaba de una mujer.

Nunca escribió su nombre.

Solo decía que su belleza era tan comentada como su talento.

Y que, al terminar una de aquellas representaciones, desapareció discretamente por un pasillo reservado a las dependencias privadas donde se alojaba el virrey.

Nadie hizo preguntas.

Probablemente porque nadie necesitaba escuchar la respuesta.

Seguí leyendo.

Entre los asistentes encontré, por fin, un nombre que ya me resultaba familiar.

Isabel de Mendoza.

El manuscrito apenas le dedicaba unas líneas.

Solo anotaba que aquella noche volvió a vestir de negro y que, mientras todos dirigían sus ojos hacia el virrey, ella parecía buscar a otra persona entre los invitados.

No sonreía.

No conversaba.

Solo observaba.

Como si hubiera acudido a aquella fiesta por obligación y no por deseo.

Aquella breve anotación bastó para devolverme la sensación de que Isabel seguía siendo el verdadero corazón de aquellas memorias.

¿Por qué estaba allí?

¿A quién buscaba?

Continué.

Entre las autoridades eclesiásticas ocupaba un lugar preferente uno de los altos prelados llegados a la celebración.

Bendecía la mesa, participaba en las ceremonias oficiales y hablaba de virtud con la solemnidad propia de su cargo.

Sin embargo, unas líneas escritas al margen parecían sonreír con ironía.

«En Potosí, hasta algunos hombres de Dios tenían secretos que preferían confesar solo al silencio.»

No había ninguna explicación más.

Tampoco hacía falta.

Volví a cerrar unos segundos los ojos.

Aquella ciudad parecía vivir permanentemente entre dos mundos.

Uno era el de las procesiones, las iglesias, las ceremonias oficiales y las palabras solemnes.

El otro, el de los bailes, los banquetes, los amores ocultos y las ambiciones que nadie se atrevía a mencionar en voz alta.

Y por encima de todos ellos estaba la plata.

La plata que salía del Cerro Rico.

La plata que pagaba los banquetes.

La plata que adornaba las monturas.

La plata que cruzaba caminos y cordilleras antes de emprender su viaje hacia otros lugares del Imperio.

A cambio llegaban muebles, tapices, libros, sedas, porcelanas, perfumes y toda clase de objetos destinados a mantener el extraordinario lujo de aquella sociedad levantada en uno de los lugares más inhóspitos de América.

Levanté la vista del manuscrito.

Por un momento me resultó imposible reconciliar dos imágenes.

La de aquellos salones donde la plata brillaba hasta en los cojines.

Y la de miles de hombres entrando cada amanecer en la oscuridad del Cerro Rico.

Comprendí entonces que Potosí era mucho más que la ciudad de la plata.

Era el lugar donde el esplendor y la tragedia habían decidido vivir bajo el mismo techo.

Cerré lentamente el manuscrito.

Durante unos segundos permanecí en silencio.

Nunca antes había entendido que una misma ciudad pudiera representar, al mismo tiempo, la mayor riqueza del mundo… y el inmenso precio humano que hubo que pagar para conseguirla.