La liturgia de los pies hinchados

madres ludópatas

Desde la ventana de mi consulta, la realidad parecía dividirse en dos mundos separados por una calle y un cristal. Dentro, el olor aséptico del alcohol y el zumbido constante de los aparatos. Fuera, el neón parpadeante del bingo, siempre encendido, siempre atento a la debilidad del barrio.

Mis tardes transcurrían entre anatomía y cansancio. A la consulta llegaban ellas: las empleadas del bingo. Entraban despacio, arrastrando los pies, con esa pesadez que trae el edema al final del día. Diez horas de pie no perdonan. El retorno venoso se rendía a la gravedad y los tobillos se convertían en territorios inflamados, surcados por venas varicosas a punto de estallar.

Yo observaba, palpaba, medía. Prescribía plantillas de descarga, seguía el protocolo conocido, intentando que pudieran seguir trabajando sin que el cuerpo se les viniera abajo antes de tiempo. Las várices, esa palabra que muchas mujeres prefieren no pronunciar, aparecían siempre, aunque nadie las nombrara.

Pero lo que me contaban no tenía que ver solo con los pies.

Mientras yo moldeaba una ortesis o revisaba una inflamación, ellas hablaban en voz baja, con la discreción de quien no quiere señalar a nadie. Así fui conociendo la verdadera enfermedad del barrio. No era vascular. Era otra cosa.

—No es solo el dinero, doctor —me dijo una tarde una de ellas, mientras yo examinaba su arco plantar—. Son los niños.

A partir de las cinco, cuando los colegios devolvían a los hijos a sus madres, algo se torcía. Algunas mujeres recogían a los niños y, en lugar de volver a casa, se detenían en el bingo. Los dejaban en el parque de enfrente “un rato”. El dinero de la merienda se iba en cartones. El tiempo también.

Los niños seguían jugando, ajenos a todo, pero con hambre. Esperaban en los columpios mientras, al otro lado de la calle, giraban los bombos y se cantaban números con una alegría que no era la suya.

Y entonces pasaba algo que aún hoy me cuesta olvidar.

Las propias empleadas del bingo, mis pacientes, mujeres cansadas y con los pies destrozados, se organizaron entre ellas. Con el dinero de las propinas hacían un fondo común. No lo usaban para medias de compresión ni para cremas milagro. Compraban pan, jamón, queso. Preparaban bocadillos y, en sus descansos, cruzaban la calle para llevárselos a los niños.

—Comen con una ansiedad que parte el alma —me confesó otra, secándose una lágrima antes de volver a calzarse—. Un niño no debería pasar hambre mientras su madre se juega la cena.

Aquella imagen se me quedó clavada. Un sistema capaz de levantar templos del juego mientras deshacía familias en silencio. Los empresarios contaban billetes. Algunas madres contaban cartones. Y aquellas mujeres, con las piernas doloridas y la humanidad intacta, contaban bocadillos para que esos niños pudieran crecer sin llevar el hambre tatuada en el cuerpo y en la memoria.

Yo seguí recetando salud para sus pies, sabiendo que, en realidad, eran ellas las que sostenían, sobre sus piernas cansadas, lo poco que quedaba de dignidad en aquella calle.