
La madrugada tenía ese olor particular a yodo y cansancio acumulado, un aroma metálico que se te pega al paladar cuando el cuerpo exige dormir y la muerte insiste en trabajar. El quirófano estaba sumido en ese silencio engañoso, roto solo por el pitido rítmico del monitor y un reloj de pared cuyas manecillas parecían tener prisa, devorando los segundos con una voracidad impropia de las tres de la mañana.
Se daba la circunstancia —esa frase que usamos para justificar nuestras pequeñas cobardías— de que, cuando coincidíamos varios médicos de guardia, trazábamos mapas invisibles por los pasillos para evitar al doctor Monte de la Villa.
Tenía varios apodos y casi ninguno era bonito. Para los residentes jóvenes, era «el Sabelotodo»; para los adjuntos de su edad, un «frustrado» que necesitaba demostrar su superioridad intelectual para compensar una vida personal vacía; para otros, simplemente un hombre resentido. Era una figura solitaria, de esas que caminan por el hospital con la bata demasiado blanca y la mirada demasiado crítica.
Sin embargo, existía una hipocresía tácita, un secreto a voces en la cafetería: cuando el caso se torcía, cuando la anatomía se rebelaba y los manuales dejaban de tener sentido, todos mirábamos hacia la puerta esperando que él apareciera. Peor aún: si el paciente en la camilla era nuestro padre, o nuestro hijo, y entre compañeros dudábamos del diagnóstico, al final alguien murmuraba con la cabeza baja:
—Venga, vamos a hablar con el doctor Sabelotodo.
En el mundillo hospitalario, esa pequeña ciudad de egos y desinfectante, todos sabemos quién es quién. Sabemos quién es realmente un excelente médico y quién es pura fachada. Lamentablemente, esa fachada —con su sonrisa fácil y su palmada en la espalda— a veces inspira más confianza en los pacientes. Pero, científicamente, esa sonrisa estaba aplicando el tratamiento inadecuado.
Aquella noche la guardia se complicó. No fue un deterioro gradual, sino un colapso abrupto. Un paciente posquirúrgico, una arteria que no debía sangrar y que, de pronto, decidió inundar el campo.
El miedo tiene un olor distinto al de la sangre; huele a sudor frío y a decisiones temblorosas. Mis compañeros, médicos competentes, «buena gente», empezaron a dudar. Las manos que antes parecían firmes ahora vacilaban. Se cruzaban miradas de pánico disfrazadas de prudencia.
Tuvimos que llamarlo.
Monte de la Villa entró sin correr. Esa fue la primera lección. Donde otros traían prisa y caos, él trajo una quietud aterradora. Ni siquiera nos saludó. Se lavó las manos con la meticulosidad de un rito religioso, se calzó los guantes con un chasquido seco y se acercó a la mesa.
No hubo gritos. No hubo reproches sobre nuestra incompetencia, aunque quizá los mereciéramos. Solo hubo instrucciones. Precisas. Cortantes. Quirúrgicas.
—Separa ahí. Aspira. No, así no. Dame eso.
Observé sus manos. No eran las manos de un hombre arrogante; eran las manos de un artesano que conoce la textura de la vida. Movía el instrumental con una economía de gestos que rozaba la danza. Donde nosotros veíamos un desastre rojo y confuso, él veía una estructura, un problema lógico con una solución mecánica.
En diez minutos, el monitor recuperó su ritmo pausado. La hemorragia cesó. El paciente, que minutos antes se nos escapaba entre los dedos, volvía a estar anclado a este mundo.
Monte de la Villa se quitó los guantes, miró el monitor una última vez y, sin esperar agradecimientos, se dirigió a la salida. Antes de empujar la puerta, se detuvo y nos miró. No había triunfo en sus ojos, solo un cansancio infinito.
Fue en ese instante, bajo la luz fría del quirófano, cuando se despejó mi criterio hacia él. Recordé esa frase conciliadora que usamos para enmendar la plana cuando hay una discusión, esa mentira piadosa que nos decimos para sentirnos parte de un gremio igualitario:
«Bueno, todos somos médicos…»
Pero no. Miré a mis compañeros, aliviados pero empequeñecidos, y luego a la espalda del hombre que se alejaba por el pasillo oscuro.
No todos somos lo mismo cuando llega la hora crítica.
Entendí entonces que lo que confundíamos con altivez no era más que la soledad del que sabe qué puede pasar si se equivoca.
La experiencia no es soberbia.
Es memoria del oficio.
Es responsabilidad.
Antonio Capel Riera