La música que nos devolvió el tiempo

Una vez más nos reunimos los viejos fans de los Beatles en La Huerta de Berta.

No sabría decir si aquello era un concierto o una excusa.

A cierta edad, las personas aprendemos que muchas de las cosas importantes de la vida se disfrazan de otras cosas. Decimos que vamos a escuchar música, cuando en realidad vamos a buscar recuerdos. Decimos que asistimos a un evento, cuando lo que de verdad deseamos es volver a encontrarnos con quienes compartieron una parte de nuestra historia.

Aquella noche había médicos, profesores, abogados, empresarios, funcionarios, pilotos, amas de casa y jubilados. Cada uno había recorrido un camino distinto. Algunos habían conocido el éxito. Otros habían tenido que enfrentarse a derrotas que nunca aparecen en los currículums. Todos llevaban encima los años, las alegrías, las ausencias y las cicatrices inevitables de la vida.

Sin embargo, bastó una canción de los Beatles para que desaparecieran cuatro décadas.

De pronto, aquellos hombres y mujeres volvieron a ser los muchachos del instituto y de la universidad. Los mismos que soñaban con cambiar el mundo. Los mismos que escuchaban discos hasta desgastarlos. Los mismos que creían que el futuro era un lugar lejano al que jamás llegarían.

Hubo abrazos largos.

De esos abrazos que no necesitan palabras.

Hubo miradas de sorpresa al reconocer en un rostro envejecido al amigo que no se veía desde hacía cuarenta años. Hubo preguntas atropelladas. «¿Y tú qué fue de tu vida?». «¿Dónde acabaste trabajando?». «¿Te acuerdas de aquel verano?». «¿Y de aquel profesor?».

La conversación parecía no tener fin porque cuarenta años son demasiadas historias para resumirlas en una noche.

Mientras tanto, sonaban los Beatles.

Y quizás ahí residía el verdadero milagro.

Porque los Beatles no compusieron únicamente canciones. Compusieron la banda sonora de nuestras vidas. Hay una canción para la ilusión, otra para el primer amor, otra para la despedida, otra para la amistad y otra para la nostalgia. Sin saberlo, escribieron música para acompañarnos en casi todas las estaciones del alma.

La Huerta de Berta se convirtió durante unas horas en un pequeño territorio donde el tiempo dejó de mandar.

Las risas se mezclaban con los recuerdos.

La alegría se mezclaba con la nostalgia.

Y más de una lágrima apareció discretamente en algún rincón, intentando pasar desapercibida.

No era tristeza.

Era gratitud.

La gratitud de quienes descubren que los años han pasado muy deprisa, pero que todavía conservan intacto algo esencial: la capacidad de emocionarse al escuchar una canción y al reencontrarse con las personas que un día formaron parte de su juventud.

Aquella noche comprendimos que quizá los Beatles eran solamente el pretexto.

Lo verdaderamente importante éramos nosotros.

Y el inmenso privilegio de seguir estando aquí para contarlo.

Porque al final, los Beatles nos enseñaron algo que ningún profesor pudo explicarnos: que el tiempo pasa para todos, pero los recuerdos siempre encuentran la forma de volver a casa.




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