La prescripción del silencio

 

En un mundo que presume de proteger a los mayores mientras los aparta en silencio, este relato habla de la violencia suave del edadismo, de la dignidad invisible de quienes han llegado lejos, y de una medicina que no se enseña en los manuales: la de la mirada, la palabra y el respeto.
“La prescripción del silencio” es una historia sobre lo que no se receta, pero cura; sobre la vejez como territorio de lucidez, no de descarte; y sobre la última forma de rebeldía: seguir viendo personas donde otros solo ven edad.

No hubo un portazo, ni una carta de despido sobre el escritorio de caoba. Fue algo más sutil, una coreografía de silencios y sonrisas heladas, como quien retira un mueble que, aunque todavía firme, desentona con la nueva decoración minimalista del pasillo. Nos fueron apartando con esa delicadeza administrativa que es más cruel que el insulto. “Ya no es el momento”, sugerían, “hay que dejar paso”. Y nosotros, que caminábamos con la memoria llena de mapas y cicatrices, asentimos.

Ahora estoy sentado en la fila seis de este auditorio inmaculado. La iluminación es perfecta, diseñada para no crear sombras, y el aire acondicionado huele a lavanda sintética. En el escenario, bajo el letrero de “I Congreso sobre el Futuro de la Longevidad”, tres expertos debaten con fervor. Ninguno supera los cuarenta y cinco años. Tienen la piel tersa y trajes cortados a medida. Hablan de nosotros, los mayores, con la misma distancia clínica con la que un biólogo describiría el comportamiento de una colonia de hormigas. Describen un paisaje —el de la vejez— que jamás han pisado.
A mi lado, un antiguo colega de la facultad, ahora con un bastón de empuñadura de plata, resopla.
—Hablan de protegernos —susurra—, pero nos tratan como si el calendario fuera una enfermedad venérea.
Tiene razón. Es el nuevo teatro de las instituciones. Organizan mesas redondas donde la experiencia es el tema, pero nunca el ponente. Ignoran el secreto a voces, el único dato que importa: el verdadero privilegio no es haber acumulado trienios ni sufrimientos. El privilegio es haber llegado. Estar aquí. Viejos, sí, pero con la conciencia afilada como un bisturí. Ese es un contrato que no se firma con tinta.
Miro al ponente principal, un sociólogo brillante que mueve las manos con exceso de energía. Me pregunto qué sabrá él de la furia creativa de Goya, sordo y aislado en la Quinta, pintando a Saturno devorando a su hijo no por encargo, sino por necesidad visceral. ¿Qué sabrá de Cervantes, que escribió su mejor página cuando ya conocía el sabor del fracaso? ¿O de Saramago, encontrando su voz universal cuando el mundo ya le preparaba la jubilación? La lucidez no entiende de la tiranía del reloj biológico.

Pero ahí fuera, en el mundo real, lejos de estos focos, opera la otra violencia. La del consultorio.
Recuerdo, con una nitidez que duele, mis últimos años ejerciendo la medicina. La medicina de verdad, no la de las estadísticas. Recuerdo a aquellos pacientes que llegaban con un dolor en la rodilla, un pinchazo en el alma, y se encontraban con el muro del edadismo institucional. “¿Qué quiere usted, abuelo? Son cosas de la edad”. Esa frase, repetida por residentes exhaustos, no era un diagnóstico; era una sentencia moral. Como si el dolor tuviera fecha de caducidad. Como si tener ochenta años te despojara del derecho a la queja, o peor, a la esperanza.
Yo tenía un paciente. Don Anselmo. Venía cada quince días, puntual como un reloj suizo, con su chaqueta de tweed raída pero impoluta. No tenía nada grave. Y lo tenía todo. La soledad, el cuerpo que cruje, el miedo.
Yo lo veía entrar y, antes de mirar su historial, antes de tocarle el pulso, le lanzaba la prescripción más potente de mi vademécum:
—Don Anselmo, ¡qué bien lo veo hoy! Tiene usted mejor color que yo.
Él se detenía en seco. Se erguía. Sus ojos, nublados por las cataratas, brillaban con una luz infantil.
—¿De verdad, doctor? —preguntaba, aferrando su sombrero.
—De verdad.
Y entonces ocurría el milagro fisiológico. No era magia, era biología pura. La dopamina inundaba su sistema, nacida simplemente de sentirse visto, de sentirse atendido. Todo se somatiza, incluso el respeto.
—Es que nada más entrar aquí, con lo que usted me dice, ya me pongo bueno —decía al salir.
En el auditorio estallan los aplausos. La mesa redonda ha terminado. Los expertos se levantan, sonrientes, satisfechos de su defensa teórica de la vejez. Yo me incorporo con dificultad; la rodilla izquierda me recuerda que va a llover.
Salgo despacio, arrastrando los pies lo justo para no hacer ruido, pensando que quizás la revolución no sea quemar las calles, sino simplemente mirar a un viejo a los ojos y no ver un mueble, sino a un superviviente que acaba de llegar a la meta.

antonio capel riera