
Carta VIII
«Las ciudades más ricas no suelen esconder sus tesoros. Lo que esconden son sus crímenes.»
Hasta aquella página, el manuscrito me había dibujado un Potosí deslumbrante.
Una ciudad donde la plata parecía brotar de las entrañas del Cerro Rico con la misma facilidad con la que el vino corría por las mesas de los grandes banquetes.
El lujo se había convertido en una forma de vida.
Los tablados representaban las comedias llegadas de Madrid; las procesiones competían en solemnidad con los bailes nocturnos, y la música de las vihuelas se mezclaba cada noche con las risas, el tintinear de las copas y el incesante ir y venir de los criados.
Pero entre aquellas páginas comenzaba a aparecer otra ciudad.
Una ciudad que vivía de la plata…
…y de los rumores.
Se murmuraba sobre esposas de ilustres caballeros, aburridas de matrimonios impuestos, que buscaban consuelo donde no debían; sobre jóvenes doncellas llegadas desde Sevilla, Cádiz o Jerez para servir en las casas principales y que terminaban despertando pasiones capaces de enfrentar a familias enteras; sobre hijas de hidalgos comprometidas por conveniencia que se enamoraban del hombre equivocado.
Y sobre caballeros dispuestos a defender con la espada un honor que ellos mismos habían mancillado.
Ni siquiera los hombres de Iglesia escapaban a las habladurías.
El cronista escribía con una prudencia admirable. Nunca acusaba de frente. Dejaba caer las palabras y permitía que fuera el lector quien sacara sus conclusiones.
«Muchos aseguraban que Su Ilustrísima mostraba un afecto excesivo por algunas mujeres de su servicio.»
Unas páginas después aparecía una observación todavía más inquietante.
«Había quienes encontraban extraordinario parecido entre ciertos muchachos de la Villa y personas cuyo nombre era más prudente callar. Pero en Potosí había preguntas que nadie se atrevía a formular en voz alta.»
Cerré el manuscrito durante unos segundos.
Ignoraba cuánto había de verdad en aquellas afirmaciones y cuánto pertenecía al terreno de la maledicencia.
Pero empezaba a comprender el verdadero funcionamiento de aquella ciudad.
En un lugar donde convivían fortunas inmensas, poder político y autoridad religiosa, un comentario pronunciado en el salón adecuado podía destruir una reputación con la misma rapidez que una espada.
Mientras tanto, el prestigio del andaluz no dejaba de crecer.
La Casa de los Balcones se había convertido en el lugar donde todos deseaban ser invitados.
Magistrados, comerciantes, propietarios de minas, militares, clérigos y viajeros ilustres buscaban compartir su mesa. El propio virrey lo recibía con frecuencia, fascinado por la inteligencia de aquel hombre capaz de hablar de leyes, economía, poesía o música con la misma naturalidad. Incluso altas dignidades eclesiásticas frecuentaban aquellas tertulias donde se discutía de filosofía, teología y de los acontecimientos de la Corte.
Aquello empezó a despertar un resentimiento silencioso.
El manuscrito recogía un diálogo escuchado al otro lado de unos gruesos cortinajes durante una recepción.
—Hace apenas un año que pisa esta Villa Imperial —dijo un rico propietario de minas— y ya ocupa el lugar que otros llevamos décadas intentando alcanzar.
Otro respondió sin levantar la vista de la copa.
—Es porque todavía no le han encontrado la herida.
No hubo más.
Pero el cronista escribió al margen una frase que parecía una sentencia:
«Cuando los mediocres no consiguen alcanzar la estatura de un hombre, empiezan a cavar el hoyo donde esperan enterrarlo.»
Fue entonces cuando apareció por primera vez el nombre de don Lope de Alvarado.
Veterano capitán, propietario de varias explotaciones mineras y hombre de temperamento violento. Había hecho fortuna con la plata, pero jamás había conseguido el respeto que despertaba el recién llegado.
No soportaba verlo sentado junto al virrey.
Ni escuchar los elogios que recibía.
Ni contemplar el interés con que las damas seguían cada una de sus palabras.
El manuscrito no afirmaba que don Lope fuera responsable de lo que ocurrió aquella noche.
Solo dejaba entrever que era uno de los hombres que más deseaban verlo caer.
La ocasión llegó una fría noche de otoño.
El andaluz regresaba caminando desde la casa de un oidor. Las calles estaban casi desiertas y una niebla espesa descendía lentamente desde el Cerro Rico.
Al doblar una esquina escuchó un ruido.
Se detuvo.
Tres hombres surgieron de la oscuridad.
No pronunciaron una sola palabra.
Desenvainaron.
El cronista apenas dedicaba unas líneas al enfrentamiento.
No hacían falta más.
El andaluz no solo había estudiado leyes ni pertenecía a una ilustre familia de juristas. Como correspondía a un caballero de su tiempo, también había aprendido desde joven el manejo de la espada.
Recordó entonces una frase que su padre repetía con frecuencia:
—Las leyes sostienen el Reino… pero una espada puede salvar la vida cuando la justicia llega demasiado tarde.
Esquivó la primera estocada.
Al segundo atacante le alcanzó el brazo con un golpe rápido.
El tercero se lanzó sobre él.
Hubo un forcejeo.
Un resbalón sobre el empedrado húmedo.
El sonido del acero.
Y después…
silencio.
Cuando aparecieron los primeros vecinos con faroles, uno de los agresores yacía inmóvil sobre las piedras.
Los otros dos habían desaparecido.
La noticia recorrió Potosí antes de amanecer.
Durante días no se habló de otra cosa.
La investigación reunió suficientes testimonios. Algunos vecinos habían presenciado el comienzo del ataque y, con el paso de los días, comenzó a saberse que los agresores no habían actuado por iniciativa propia.
Alguien había pagado.
El andaluz quedó libre de culpa.
Había defendido su vida.
Pero aquello no cerró el asunto.
Lo abrió.
El virrey procuró que la muerte no alterase todavía más la vida de la Villa. Desde los púlpitos se pidió concordia y se rezó por el alma del difunto.
Sin embargo, todos comprendieron que algo había cambiado.
Desde aquella noche, el andaluz dejó de ser únicamente el hombre al que buena parte de la ciudad admiraba.
Ahora también era el hombre al que alguien había intentado matar.
Porque en la Villa Imperial la plata podía comprar casi todo.
Lealtades.
Silencios.
Testigos.
Incluso hombres dispuestos a empuñar una espada.
El manuscrito añadía una última frase, escrita con una caligrafía más lenta, como si el propio cronista hubiera comprendido la trascendencia de lo ocurrido:
«La justicia limpió de culpa su espada. La envidia dictó su sentencia.»
Permanecí unos segundos inmóvil.
Hasta entonces había creído que aquellas cartas hablaban únicamente de una familia, de una vieja casa con balcones de madera y de un pasado cubierto por el polvo del tiempo.
Me equivocaba.
Aquella era la primera muerte que aparecía en el manuscrito.
Y comprendí, con una inquietud difícil de explicar, que el hombre tendido sobre el empedrado no era la verdadera víctima.
La verdadera víctima seguía viva.
Y sus enemigos acababan de descubrir algo mucho más peligroso que su prestigio:
que para destruirlo ya no bastaban los rumores.
La siguiente vez tendrían que acercarse más.
Mucho más.
Continuará…