La última vez que escuchamos Let It Be sin saber que era el final

Concierto al aire libre con público escuchando música en directo, imagen usada para ilustrar la nostalgia y el recuerdo de “Let It Be” de The Beatles.

La primera vez que escuché Let It Be no pensé que aquella canción estuviera despidiendo a nadie.

Ni siquiera sabía inglés.

A esa edad uno no entendía las letras.
Las intuía.

Y bastaba.

Recuerdo que alguien llevó el disco al instituto. O quizá fue a una casa. Ya no estoy seguro. En aquellos años las canciones viajaban más deprisa que nosotros. Pasaban de mano en mano como si fueran secretos importantes.

—Escucha esto… es lo nuevo de los Beatles.

Y uno acercaba la cabeza al tocadiscos con la misma solemnidad con que hoy se escucha una noticia grave.

Porque los Beatles no eran música solamente.

Eran una manera de estar en el mundo.

Habían crecido con nosotros.
O quizá fuimos nosotros quienes crecimos con ellos.

Cuando yo entré en el instituto todavía sonaban canciones que parecían hechas para muchachos que empezaban a descubrir la vida:
She Loves You, Help!, All My Loving

Todo era movimiento.
Risas.
Pelo largo.
Amigos que querían parecer mayores sin conseguirlo del todo.

Y de pronto apareció Let It Be.

No tenía la alegría alborotada de antes.

Sonaba distinta.

Más tranquila.
Más cansada.
Como si alguien hubiera apagado las luces después de una fiesta demasiado larga.

La canción se publicó el 6 de marzo de 1970.

Y apenas poco más de un mes después, el 10 de abril, Paul McCartney anunció oficialmente la disolución de los Beatles.

Visto hoy, cuesta no pensar que aquella canción ya llevaba dentro una despedida.

Años después supe que Paul la escribió tras soñar con su madre, Mary, fallecida cuando él era joven. En aquel sueño ella le decía algo muy simple:

—Todo irá bien. Déjalo estar.

Y quizá por eso Let It Be tenía algo extraño.
No parecía una canción para empezar cosas.
Parecía una canción para aceptar que algunas terminan.

Lo curioso es que nosotros no lo vimos venir.

Escuchábamos Let It Be creyendo que habría Beatles para siempre.

Como uno cree a los quince años que también serán eternos:

  • los amigos,
  • los veranos,
  • los primeros amores,
  • y las conversaciones en la puerta de casa cuando todavía nadie tenía prisa.

Pero no.

Poco después, tras apenas ocho años juntos, los Beatles desaparecieron.

Y recuerdo perfectamente la sensación.

No fue solo que se separara un grupo.

Fue algo más raro.

Como si una parte de nuestra juventud hubiera cerrado la puerta sin avisar.

Muchos crecimos con ellos casi al mismo tiempo que aprendíamos a vivir.

Tuvieron canciones para todo:

  • para enamorarse,
  • para bailar,
  • para sentirse incomprendido,
  • para hacer tonterías con los amigos,
  • para venirse arriba,
  • y hasta para esos días en que uno empezaba a sospechar, muy en silencio, que hacerse mayor consistía también en perder cosas.

Por eso aún siguen aquí.

Porque los Beatles no desaparecieron del todo.

Se quedaron viviendo en pequeños sitios inesperados:
en un bar,
en un coche antiguo,
en una emisora de madrugada,
o en el silencio que queda cuando termina Let It Be y nadie habla durante unos segundos.

Tal vez aquella canción sí fue una premonición.

Pero no porque anunciara el final de los Beatles.

Sino porque, sin darnos cuenta, nos estaba enseñando algo mucho más difícil:

que incluso las cosas más hermosas de la vida… un día terminan.

Y aun así merece la pena haberlas vivido.