
Hay pueblos que nacen alrededor de un río. Otros junto a una mina, una carretera o una decisión política.
Santiago de Chiquitos nació de una manera diferente.
Sus fundadores tenían el mismo nombre: Gaspar.
Gaspar Troncoso y Gaspar Fernández de Campos.
Dos jesuitas que en 1754 llegaron hasta un rincón remoto de la Chiquitania con una misión: levantar una nueva reducción en una tierra que, para los mapas europeos de la época, todavía era casi un misterio.
Pero conviene recordar algo que la historia a veces olvida.
Aquella tierra no estaba vacía.
Antes de que aparecieran las primeras iglesias, ya existían pueblos indígenas que conocían aquellos bosques, aquellas aguas y aquellas serranías mucho mejor que cualquier explorador llegado de Europa.
Tenían sus propias lenguas, sus costumbres, sus creencias y una forma de entender el mundo que había nacido mucho antes de que los dos Gaspar caminaran por aquellos senderos.
Los jesuitas llegaron después.
Uno de ellos, Gaspar Troncoso, había nacido en Santa Fe, en la actual Argentina. Ingresó en la Compañía de Jesús siendo muy joven y fue ordenado sacerdote en 1750.
Su compañero, Gaspar Fernández de Campos, había nacido en España.
Uno americano.
Otro europeo.
Y entre ambos, la inmensidad de la Chiquitania.
La fundación de una misión no consistía simplemente en levantar una iglesia.
Era crear una comunidad.
Alrededor del templo nacían viviendas, talleres, cultivos, escuelas, espacios para la música y una nueva organización de la vida cotidiana.
Pero sería injusto pensar que aquellos pueblos fueron obra exclusiva de los sacerdotes.
Las paredes no se levantaban solas.
La madera no llegaba cortada.
Los caminos no aparecían por arte de magia.
Fueron cientos de manos indígenas las que hicieron posible que aquella idea se transformara en un pueblo.
Hombres y mujeres cuyos nombres apenas aparecen en los libros, pero sin cuyo trabajo Santiago nunca habría existido.
Los dos Gaspar pusieron la semilla.
Muchos otros hicieron crecer el árbol.
El primer asentamiento tampoco fue definitivo.
Como ocurre tantas veces en la historia, hubo que buscar el lugar adecuado: agua, tierras cultivables, madera y condiciones para que una comunidad pudiera sobrevivir.
Santiago tuvo que encontrar su sitio.
Y acabó encontrándolo en aquella serranía extraordinaria que todavía hoy parece protegerlo del paso del tiempo.
Quizá por eso alguien comenzó a llamarlo “la antesala del cielo”.
No sé quién pronunció por primera vez aquella frase.
Pero seguramente había contemplado el mismo paisaje que contemplaron aquellos jesuitas hace casi tres siglos.
Las cartas de los jesuitas cuentan que alrededor de la nueva reducción existían diferentes pueblos indígenas. Los documentos mencionan grupos como los taos, ugarones, tunachos, caypotorades e imonos.
Cada nombre representa una historia.
Cada pueblo, una memoria.
Con el paso de los años, Santiago creció.
Llegó a tener cientos de familias y más de mil seiscientos habitantes.
Ya no era una pequeña misión perdida en la selva.
Era un pueblo con niños, agricultores, artesanos, músicos, familias y una vida propia.
Y allí ocurrió algo extraordinario.
Los jesuitas comprendieron que la música podía ser un puente entre culturas.
Los sonidos europeos comenzaron a mezclarse con aquella tierra americana.
Los instrumentos, las voces y los coros llenaron un espacio donde antes solo estaban el viento, los animales y el silencio de la naturaleza.
Quizá alguna tarde Gaspar Troncoso escuchó aquella música mientras el sol desaparecía detrás de la serranía.
No lo sabemos.
Los documentos cuentan muchas cosas.
Pero nunca cuentan todas.
En 1767 llegó la orden que cambiaría la historia.
El rey Carlos III expulsó a los jesuitas de los territorios españoles.
Después de haber dedicado sus vidas a levantar misiones, escuelas y comunidades, tuvieron que abandonar América.
Gaspar Troncoso se marchó.
Terminó sus días lejos de aquella tierra que había ayudado a construir.
Murió en Roma en 1780.
A miles de kilómetros de Santiago.
Pero seguramente nunca olvidó aquellos años.
Quizá alguna tarde, lejos de la Chiquitania, recordó el sonido de los árboles, las voces indígenas, el olor de la tierra después de la lluvia y aquella serranía que parecía no terminar nunca.
Los siglos pasaron.
Los jesuitas desaparecieron.
Llegaron nuevas generaciones.
Cambió el mundo.
Pero Santiago permaneció.
Y aquí aparece otra historia que forma parte de mi propia vida.
Yo no nací en Santiago de Chiquitos.
Mi nacimiento ocurrió en otra tierra de Bolivia, pero Santiago fue el lugar donde aprendí a mirar el mundo.
Allí pasé mis primeros años de formación, mi educación primaria, en una comunidad marcada por la sencillez, el esfuerzo y la convivencia entre culturas.
Mis padres, españoles, eran profesores.
Habían llegado a aquellas tierras con la misma vocación que tantos hombres y mujeres que entendieron que enseñar era una de las formas más profundas de transformar una sociedad.
Mi padre fundó la enseñanza secundaria en el colegio Jorge Haight, vinculado a la misión canadiense, y mi madre compartió también aquella tarea educativa.
Para ellos, una escuela no era solamente un edificio.
Era una puerta abierta al futuro.
Siglos antes, los jesuitas habían llegado a la Chiquitania para fundar una misión.
Mucho tiempo después, otros educadores continuaban, desde otro momento histórico, una idea parecida: llevar conocimiento, cultura y oportunidades a quienes vivían lejos de los grandes centros.
Quizá por eso, después de toda una vida lejos de Santiago de Chiquitos, siento ahora la necesidad de regresar.
No vuelvo solamente a un pueblo.
Vuelvo al lugar donde comenzaron muchas de las preguntas que todavía hoy intento responder escribiendo historias.
Porque algunos lugares no desaparecen nunca.
Simplemente esperan.
Esperan a que alguien vuelva para contar lo que ocurrió allí.