Mi amigo de Harvard volvió a llamarme

Hace unos días publiqué un artículo titulado «El profesor de Harvard que me dio la razón».

No esperaba la repercusión que tuvo. Muchas personas me escribieron para decirme que también ellas habían descubierto que la música no solo despierta recuerdos, sino que les devuelve emociones que creían olvidadas.

Pocos días después, volvió a sonar el teléfono.

Era mi amigo.

El mismo científico que lleva décadas investigando el cerebro humano y que ha impartido clases y conferencias en universidades de prestigio internacional, entre ellas Harvard.

Después de saludarnos me dijo:

—Tony, el otro día se me quedó una cosa importante en el tintero.

Presté toda mi atención.

—Nunca digas que la música es solo entretenimiento. La música es uno de los estímulos más potentes que conocemos para activar el cerebro. No podemos afirmar que prevenga el Alzheimer, pero sabemos que estimula la memoria, favorece la reserva cognitiva y, en muchas personas que ya padecen la enfermedad, es capaz de despertar recuerdos y emociones que parecían perdidos.

Aquellas palabras me hicieron pensar.

Entonces añadió:

—¿Conoces el caso de Marta González?

Claro que lo conocía.

Marta González Saldaña fue una bailarina española que desarrolló parte de su carrera artística en Nueva York. Ya anciana, enferma de Alzheimer y residente en un centro de mayores de Alicante, apenas reaccionaba al mundo que la rodeaba.

Hasta que un día ocurrió algo extraordinario.

Alguien puso El lago de los cisnes.

Y, de pronto, sus brazos comenzaron a moverse.

Sus manos dibujaban en el aire una coreografía que su memoria consciente parecía haber olvidado, pero que permanecía intacta en algún rincón profundo de su cerebro.

Durante unos minutos volvió a ser la bailarina que había sido toda su vida.

Aquellas imágenes dieron la vuelta al mundo porque demostraban algo que la ciencia lleva años estudiando: los recuerdos musicales y emocionales pueden permanecer vivos incluso cuando otras capacidades cognitivas se deterioran.

Mi amigo guardó unos segundos de silencio.

Después añadió una frase que no he olvidado.

—Por eso os digo que sigáis haciendo lo que hacéis.

No entendí inmediatamente a qué se refería.

Él mismo lo explicó.

—Cada vez que reunís a personas de vuestra generación para cantar canciones de los Beatles, no solo estáis organizando un concierto o una comida entre amigos. Estáis estimulando la memoria, las emociones, la conversación, la ilusión y las relaciones sociales. Todo eso mantiene activo el cerebro.

Me quedé pensando.

Quizá llevábamos años creyendo que organizábamos encuentros musicales.

Y resulta que, sin saberlo, también estábamos organizando encuentros para la memoria.

Los Beatles tuvieron una virtud extraordinaria.

Compusieron canciones para casi todas las etapas de la vida.

Para enamorarse.

Para celebrar.

Para despedirse.

Para conducir sin rumbo.

Para levantarse después de una derrota.

Para creer que mañana será mejor.

Por eso siguen emocionándonos más de sesenta años después.

No pertenecen únicamente a una época.

Pertenecen a las emociones humanas.

Antes de despedirse, mi amigo volvió a insistir.

—Seguid reuniéndoos. Seguid cantando. Seguid emocionándoos. Nunca sabremos cuánto bien hace una canción al cerebro de una persona, pero sabemos con certeza que una vida sin emociones siempre será una vida más pobre.

Colgué el teléfono con la sensación de que aquella conversación no había terminado.

Quizá solo acababa de empezar.

Porque sospecho que todavía me quedan muchas cosas por aprender de mi amigo.

Y, si él me lo permite, prometo seguir compartiéndolas con vosotros.

Nota: Este artículo se inspira en una conversación mantenida con un prestigioso investigador en neurociencia que ha solicitado permanecer en el anonimato. El caso de Marta González Saldaña, difundido internacionalmente, constituye uno de los ejemplos más conmovedores del poder evocador de la música en personas con deterioro cognitivo.


VOLVER A RELATOS